Tribuna

Agresiones

24.09.2016 | 05:00

Hillary Clinton ha insultado a la parroquia de Donald Trump al afirmar que la mayoría de los que se proponen votar por él son unos descerebrados. Ha tenido que disculparse, claro (en el mundo anglosajón el respeto por las formas suele ser absoluto a menos de que se sea Trump), pero la afirmación queda en el aire. Y la pregunta también: ¿cómo es posible que alguien vote por un ignorante analfabeto de extrema derecha (también los hay de extrema izquierda)? Hay seguramente más razones para votarle que las de ser también un ignorante analfabeto. Si las encuestas en Estados Unidos son mínimamente fiables, medio país está al borde de votar por Trump. El candidato republicano es un grosero ignorante, eso no está en discusión. Pero es posible que una parte del electorado se proponga votar a este hombre por razones de distinto calado social: porque tiene manía al establishment WASP del oeste del país, porque le cae fatal Hillary Clinton (cosa en la que no les falta razón, porque es una liante pesada), porque siendo el estamento más pobre del centro de EE UU, es el menos protegido y el de menor educación, porque es la extrema derecha de Florida y el sur, Texas incluido. Y porque es fundamentalmente racista: le molestan el negro y el latino, uno por tener distinto color de piel y ser hijo de esclavos que se ha aprovechado de la mala conciencia beatona de los intelectuales; y otro porque en palabras de Trump es un violador y un asesino.

La repetición de mentiras acaba siendo convincente: Obama nació en África, los inmigrantes les quitan el trabajo a los americanos, los latinos van a la cárcel mucho más que los americanos, la inmigración fomenta el crimen callejero. Todas invenciones, todo falso. Pero, amigo, creído a pies juntillas por los partidarios de Trump. Tan falso como que los marroquíes les quitan el trabajo a los españoles de menores recursos.

La consecuencia principal de esta división de la sociedad americana en dos es la exacerbación del racismo desde que Obama es presidente. Parece absurdo pero es lo que ha provocado la sospecha de que, con un negro en la Casa Blanca, todos los recursos del país han sido volcados en promocionar abusivamente al diferente en detrimento del americano blanco de pura cepa (como si eso existiera). Falso pero así estamos.

Nuevamente, la pregunta es: ¿cómo es posible que medio país se disponga a votar por un tipo que les ha contado mentiras sin parar y que ha demostrado una y otra vez no enterarse de nada? Pues puede ocurrir. Los ingleses se creyeron las mentiras que les contaba Farage, líder del UKIP, y votaron a favor del Brexit (solo la mitad, como en Estados Unidos).

Lo que es más: se diría que los partidarios de uno u otro partido político, de una u otra opción, comulgan todas las mañanas con la consabida rueda de molino. No solo se lo creen todo, incluso las apologías por los escándalos más aberrantes, sino que parece no importarles. Por poner un ejemplo: en España, el partido conservador, el PP, vive desde hace años inmerso en una escandalosa cadena de corruptelas. Pues sigue siendo el más votado (y como nos descuidemos, a las cuartas elecciones generales volverán a la mayoría absoluta). Cada mañana, el líder promete una regeneración, desmentida al momento por un nuevo caso delictivo. ¿Importa eso a sus votantes? Pues no. Es por tanto necesario buscar las raíces de tan absurdo comportamiento. Es posible que se deba a que a la parroquia conservadora española le aterra ver que Podemos llega al poder; un partido que, luchando a brazo partido contra la casta, se ha convertido en ella, amamanten libremente o no sus congresistas. Es posible que las recetas económicas del PSOE no convenzan a nadie, porque habiendo fagocitado a sus expertos, nadie se las explica razonablemente. Es posible que los votantes perciban que solo el PP defiende la unidad de España y, en esas condiciones, les importe poco quién se lleva la caja. Es posible que el pueril espectáculo de la CUP les haga temblar ante la posibilidad de que triunfen sus tesis, como si el país estuviera para estas juergas de un grupito de bobos revolucionarios de la primera hora.

Ya ven. Sugiero que sea de obligada lectura y reflexión en toda España y no solo en Cataluña, el artículo de Juan Claudio de Ramón, Tres vías canadienses, publicado en El País el pasado lunes. Reflexionemos con sensatez y mesura sobre lo que implica el empecinamiento mutuo en relación con esta historia de la independencia de Cataluña.

Y para terminar: un sencillo cambio en la legislación electoral española nos habría ahorrado el año que llevamos. Bastaría con establecer una segunda vuelta entre los candidatos a jefe de gobierno limitada a solo los dos partidos más votados. Hombre ganaría el PP, pero tendría enfrente una brutal oposición que les obligaría a andar de puntillas toda la legislatura.

Compartir en Twitter
Compartir en Facebook
Crea tu propio Blog
Enlaces recomendados: Premios Cine