Las cuentas de la vida

Los autómatas

25.09.2016 | 05:00

Se cuenta que, a mediados del siglo XIII, el fraile dominico san Alberto Magno fabricó un mayordomo de hierro que era capaz de abrir la puerta del convento y saludar a los visitantes. Aterrorizado por la vida aparente del autómata, un joven novicio llamado Tomás de Aquino agarró su bastón y destruyó a golpes la máquina creada por su maestro. El futuro santo estaba convencido de que, en aquellos misteriosos aparatos capaces de hablar y de moverse, actuaban fuerzas diabólicas sin conexión con lo humano ni con la naturaleza; algo, en definitiva, de lo que los hombres debíamos protegernos.

Ocho siglos después, podemos entender esta escena como una metáfora antimoderna: el fraile furioso que empuña su cayado para terminar con cualquier atisbo de innovación. De hecho, para nuestra época, el bienestar se asocia siempre con la Revolución Industrial, que facilitó el gran salto en la calidad de vida de las personas. La máquina incrementó nuestra capacidad productiva, a la vez que permitiría con el tiempo alargar la esperanza de vida, crear un gran mercado de consumo y disfrutar de un sinfín de comodidades y de prosperidad material. Se ha dicho, quizás con alguna exageración, que nuestros abuelos y bisabuelos conocieron, en el espacio de dos o tres generaciones, cambios mayores que los acaecidos en todo el último milenio. Es posible que haya sido así. De un país católico y rural definido por unos estamentos seculares a la España actual, las transformaciones han sido radicales. Hace apenas ochenta años, la mayoría de los españoles eran analfabetos y la penetración de avances como el teléfono o el automóvil, todavía precaria. La modernización del país pasó necesariamente por la asunción de la técnica y por los cambios de índole social que acarrean estas innovaciones.

Sin embargo, más útil que interpretar el bastonazo de santo Tomás de Aquino como un acto reflejo contra la modernidad es tener en cuenta que las máquinas imponen una lógica peculiar que no responde exactamente a los parámetros humanos. Junto a los grandes beneficios que aportan, aparece como efecto colateral una cara B extraña y no siempre inocua. Pensemos en la acumulación industrial de basura que, de forma progresiva, ha ido infestando el medio ambiente del planeta y su correlato –en palabras del sociólogo Zygmunt Bauman– en forma de detritus humanos: parados de larga duración, trabajadores esclavizados, barrios degradados y ciudadanos sin esperanza de futuro. Hace unos días leíamos la noticia de que los grandes cetáceos de los océanos se encuentran al borde de la extinción también a causa de las técnicas industriales de pesca. La revolución de Internet ha democratizado la información hasta extremos nunca antes concebibles, pero al mismo tiempo genera enormes cantidades de ruido no siempre fáciles de manejar. Industrias tradicionales han entrado en decadencia al no poder competir con las grandes multinacionales a la hora de sacar provecho de los nuevos recursos. Piensen en el efecto de Amazon sobre las pequeñas librerías de barrio o el modo en que la robotización puede afectar al empleo, y no sólo en las fábricas.

La paradoja de la tecnología radica en este doble rostro. Nadie viviría sin sus autómatas particulares: sin el smartphone, los coches, el ordenador portátil o la conexión rápida a Internet. Como tampoco nadie querría pasar sin acceso a los grandes beneficios de la industrialización: de la sanidad a los supermercados bien surtidos, de los aeropuertos a las tiendas de moda. Sin embargo, a la vez, como un nubarrón en el horizonte, se percibe que la fuerza de la tecnología crea un mundo menos humano, saturado de incertidumbres y difícilmente controlable por la persona singular. Las distopías literarias que se escribieron a lo largo del siglo XX –de Orwell a Huxley– apuntaban en esa dirección. ¿Podrá la técnica resolver todos los males, incluso la muerte como augura el historiador israelí Yuval Noah Harari? ¿O se trata acaso de un mito más? El tiempo lo dirá. Pero el peso de la Historia nos enseña que ningún camino es totalmente rectilíneo. Y, si romper a bastonazos el ensueño de la técnica como hicieron aquellos frailes medievales carece de sentido, la postura contraria de abrazar acríticamente cualquier innovación no deja de ser también una puerilidad. Y es que, a veces, ser moderno exige saber mirar lo nuevo con los ojos antiguos.

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