12 de noviembre de 2016
Sol y sombra

El populismo adquiere distintos disfraces en la búsqueda de culpables

11.11.2016 | 22:40

Nadie ni nada es perfecto, sin embargo la democracia moderna es intrínsecamente aceptable. Incluso más que en ningún otro momento de la historia es el menos malo de los sistemas. David Runciman nos recuerda en su útil manual de política cómo a las democracias se les da bien evitar los peores desenlaces porque sus ciudadanos son más impacientes e irritables que otros y siempre andan detrás de algo mejor de lo que ya tienen. La política de moderación, aunque a simple vista no lo parezca, precisamente por causa de las urgencias, ha demostrado ser eficaz corrigiendo errores. Lenta y dolorosamente, como dice Runciman, el sistema se corrige a sí mismo por encima de los dirigentes políticos que se tuercen y empeñan en mantenerse aferrados a sus privilegios. El problema es que las prisas, también la desigualdad por motivos de la crisis, han encontrado un interlocutor explosivo en el populismo que se apropia de la idea de revuelta como sucedió en Europa en las primeras décadas del siglo pasado. Después de aquello se impuso un nuevo orden mundial que redujo el aventurerismo político a dos tres ejemplos en el planeta. La Guerra Fría, hay que reconocerlo, fue un seguro corsé para gran parte de los intereses occidentales. El mundo está ahora interconectado. Igualmente los movimientos populistas epidémicos que tienden a centrarse en la acusación. En Europa, la señalada es la UE. El populismo adquiere diferentes disfraces en la búsqueda de culpables. La democracia representativa y tradicional ha empezado a ser aburrida o inútil para un ejército variopinto intransigente que explota la frustración, la rabia y el resentimiento. El móvil es el establishment, la casta: lo mismo para Donald Trump que para Pablo Iglesias. A cambio ofrece el abismo.

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