Crónica política

Perdimos Cuba y no queremos recuperarla

04.12.2016 | 05:00

Aunque Fidel Castro no tenía ya poderes ejecutivos desde 2006 nadie duda de que su desaparición física acelerará los cambios en Cuba. Es el gran momento de los cubanos pero también lo es para las inversiones extranjeras que entiendan el país y su proceso de transición. Nadie mejor situado que España para un desembarco ordenado y respetuoso. El problema es que España no está, aunque se le espera. El Gobierno de Rajoy se limitó a enviar al rey Juan Carlos a las exequias, por cierto más discretas que las de Hugo Chávez en Venezuela. Curioso resulta que la otra representación política procedente de España era una delegación de la CUP independentista catalana y Arnaldo Otegui que no pudo llegar porque los norteamericanos no permitieron que sobrevolara su país, camino de La Habana. El currículo de militante de ETA y después de mentor de Batasuna no prescribe en algunos archivos. Todo eso sumado transmitió una impresión más bien pobre: a España no le interesa Cuba, ex colonia perdida en 1898, junto con Filipinas, generando una larga década de pesimismo en el país.

«Es un asunto en el que España tiene que manifestar su audacia y su capacidad de política exterior porque nuestro país no puede renunciar a Cuba sin más; lo que pasa es que aquí la política exterior cuenta muy poco», declaró Antonio Garrigues Walker en la escuela de negocios Next IBS. «Para mí, España es, después de Gran Bretaña, el país que debería tener más derechos y posibilidades de ejercer una política exterior con Estados Unidos», añadió Garrigues.

Hombre bicultural, como indican sus apellidos, y patrono de honor de la Fundación España- Estados Unidos, Garrigues Walker estima que «Trump, que llegaba con imagen revolucionaria y radical, ya se ha dado cuenta que el poder educa y modera mucho. Y por lo tanto no podrá hacer ni la mitad de lo que ha dicho».

Puede ser la hora de España en Cuba pero, tan cierto es que se perdió aquel territorio, como que no parece haber demasiado interés por recuperarlo comercial y económicamente. Los dirigentes de segundo nivel en el gobierno de la Habana preguntan a los españoles que entran en la isla si desembarcarán para tomar posiciones. «Preferimos que la modernización venga de la mano de España que de los Estados Unidos», confesaba hace tres semanas una responsable de area ministerial a unos profesores de la Universidad de Córdoba que llevan algunos años de cooperación.

El problema de fondo es que los gobiernos españoles desde Felipe González, o se desentendieron de la política exterior, o simplemente se alinearon con todas las consecuencias: Aznar a lo que dijera Bush y Zapatero a cualquier cosa al revés de lo que hizo Aznar. No es un secreto que Rajoy no se apasiona por la vida internacional –más allá de su relación con Ángela Merkel, que, visto lo visto, casi hay que rogar a Dios que nos la conserve– y su ministro de Exteriores, García Margallo, pareció más interesado por los asuntos catalanes y gibraltareños que por revitalizar la presencia de España en el mundo. Desde que Javier Solana dejó la secretaria general de la OTAN no hemos dado ni una: se consiguió situar a Rodrigo Rato al frente del Fondo Monetario Internacional y se marchó a los tres años justos con prisas por enriquecerse, como después se vio. Cesó González Páramo en el Banco Europeo pero no se pudo encontrar el sustituto adecuado. Más recientemente la agencia de noticias económica Bloomberg tituló que «España quiere colocar al ministro de los papeles de Panamá como director del Banco Mundial», en alusión a Soria, por no seguir con la lista de despropósitos.

Que el Gobierno de Rajoy en esta legislatura haya comenzado a dialogar y a alcanzar acuerdos con socialistas y Ciudadanos es una buena noticia. Algo se mueve positivamente porque el bloqueo no conduce más que a la parálisis. Pero sería deseable que también se ocupara de materias como la exterior y no dejará de aprovechar oportunidades. Cuba es solo un ejemplo gráfico con resonancias emocionales.

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