Entre el sol y la sal

Aunque parezca mentira

06.12.2016 | 22:54

Nadia Nerea es una niña de 11 años que sufre tricotiodistrofia, una de esas enfermedades que se pasan de raras y casi rozan la inexistencia. Su síndrome es auténtico, su drama es real, pero la historia orquestada por sus padres para recaudar dinero a cuenta del sufrimiento de la menor es de todo, menos verdad. Los padres han paseado a la niña por platós, redacciones y emisoras de casi toda España, todo un periplo mediático digno del mayor dolor humano si no fuera porque la peregrinación no buscaba la cura, sino la ganancia y el mercadeo. Llegaron a ganar más de 300.000 euros.

El precursor de la noticia fue el prestigioso redactor Pedro Simón. Este ganador del premio de la APM al mejor periodista en el año 2016 picó el anzuelo y se creyó la historia dándole voz, poniendo cara y sirviendo de instrumento involuntario al fraude de un padre sin escrúpulos. Lejos de contrastar la información decidió publicar la noticia, y artistas como Alejandro Sanz se sumaron de buena fe a la causa. Al resto de periodistas como Susanna Griso, Jordi Évole o Ana Pastor, entre otros, les bastó con hacerse eco sin ni siquiera preguntarse por la realidad de aquello. Qué más les daba, si el tema era tendencia había que sumarse. Lo de la verdad, ya si eso, lo dejaron para otro día.

Ahora, una vez que sus colegas han desvelado la falta de veracidad del drama, Simón ha pedido perdón por haberse dejado engañar, lo que le honra y ennoblece la profesión, pero el daño ya está hecho.

Este asunto me ha recordado aquél bulo de Ricky Martin, el programa Sorpresa Sorpresa, una niña, su perro, y la mermelada, ¿o era paté? (lo que llega uno a escribir por no jugarse una falta ortográfica en fuagrás). Por sentido común había que ser bastante inepto y advenedizo para creerse semejante patochada, pero en fin, hubo quien juró haberlo visto, incluso quien dijo conocer a la pequeña y arrojaba detalles del episodio. Todo muy jocoso y lamentable.

Pero no importó el desmentido de la cadena, la nota de prensa de la productora ni las manifestaciones del propio cantante portorriqueño. Aún hoy, diecisiete años después, se puede encontrar gente que afirma haber visto el incidente. La mala hierba es así, es la más difícil de arrancar.

Existen muchos ejemplos, demasiados, en los que disculparse no roza, ni de lejos, la redención por el daño causado, porque se tardan segundos en inocular una convicción y años en desterrar un pensamiento. A nadie le gusta descubrir que le han tomado por tonto o que ha participado en un engaño de una forma más o menos voluntaria. A nadie le agrada concluir que ha sido usado por un interés bastardo y se ha convertido en pieza del puzle de la falsedad y la calumnia, pero hay personas que dicen basta, y otras no. Esas son las peores, las que lejos de admitir su error prefieren alimentar y alargar la sombra de la duda por más que la razón, la justicia, y el sentido común les demuestren lo contrario. Se abanderarán en la causa, se convertirán en comparsa activa, harán de todo menos pedir perdón, dar su brazo a torcer y aceptar las consecuencias. Cualquier cosa antes que reconocer que su inteligencia particular o la institución que representan fueron mancilladas.

El problema surge cuando eso lo hacen algunos comunicadores, fiscales, jueces instructores, policías, y el resto de entes que, aún teniendo la credibilidad como lema, lejos de cumplir con la obligación de buscar y defender la verdad, se abandonan a la dolorosa lapidación popular, al abuso gratuito del acusa que algo queda, y a la promoción injustificada del mentiroso.

En esta historia hemos perdido todos: El periodismo, por desahogado. Nadia, por utilizada. Los niños enfermos, por la expectación generada. La confianza pública, por traicionada. El perdón, por manoseado. Y sobre todo, la verdad, por pisoteada.

No tenemos remedio. Pasará el tiempo, alguien recordará una historia desmentida hace más de 20 años, y aún así, siempre habrá alguien que defienda la falsedad porque, aunque parezca mentira, la verdad no le bastó para cambiar de opinión.

Y no sé a ustedes, pero a mí me asalta una duda. Esta vez se ha descubierto la patraña, pero en qué más asuntos se nos vendió una gran mentira.

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