Al azar

Obama se despide de ustedes

El segundo presidente negro de Estados Unidos deja el cargo con la incógnita sobre los logros que hubiera amasado de haberse dedicado por entero a la presidencia

07.01.2017 | 05:00

El primer presidente negro de Estados Unidos fue Bill Clinton. En cuanto a su odiado Obama, ha sido el primero en que la Casa Blanca se hallaba por debajo de sus capacidades. De ahí que haya llegado a aburrirse en el cargo. Le costó mentalizarse para la reelección ante Mitt Romney, el muñeco del pastel de bodas que llegó a derrotarle en un debate preelectoral. Obama ha sido un buen estadista, un gran estadista para sus devotos, pero se despide de ustedes con la incógnita sobre los logros que hubiera amasado de haberse dedicado por entero a la presidencia. La NBA es una poderosa distracción.

La revista satírica The Onion recibió la proclamación de Obama en 2008 con el titular "Dan el trabajo más duro de Estados Unidos a un negro". Ocho años después, la misma publicación señala que "Obama decide quedarse en la Casa Blanca hasta que sus hijas acaben el bachillerato". Del desafío a la placidez familiar, no es una mal compendio de los dos mandatos del presidente a punto de la mudanza. El descenso a los detalles de un líder planetario, que ha contemplado a Washington como un retiro dorado, debe contraponerse a la máxima de Víctor Hugo, "no se buscan pulgas en la melena de un león". El emperador debe ser juzgado respecto a la altura olímpica de su desempeño, la caída desde la cima que Nietzsche exploraba en Wágner.

Refiriéndose pues a los dogmas de Obama, aterrizó en Washington desde Chicago, con la intención de resistirse a los atributos de la capital. Es una constante en los presidentes estadounidenses, perennemente incumplida. Llegó para aserrar el pedestal de Wall Street, pero entregó todos los miles de millones que fueron necesarios. "Odio rescatar a los bancos", proclamaba mientras derramaba su cornucopia. En la campaña para la reelección, no desdeñaba la constatación de que "los ricos juegan con otras reglas". Sin embargo, no cambió las reglas. Tampoco modificó el crimen sin castigo, eximiendo del banquillo a los dirigentes de las grandes entidades financieras, demasiado grandes para cumplir la ley.

Hay que colocar a Obama al contraluz de su predecesor, el George Bush que sostenía que "el futuro será mejor mañana". Antes de reír, recuerde que el saliente consolidó el retroceso en los Derechos Humanos iniciado por el invasor de Irak. Contraviniendo las promesas de 2008, Guantánamo sigue abierto. Del banquillo también han sido excusados los secuestradores y torturadores de la CIA, refugiados bajo el manto de la Casa Blanca. El presidente que se mueve con la agilidad de Fred Astaire ejecutaba a Osama bin Laden sin contemplaciones, en una versión televisada de los GAL. Frente a quienes le acusaban de indeciso y vacilante, fulminaba por medio de los drones a ciudadanos norteamericanos en Yemen. Por no hablar de los daños colaterales, bajo el formato de víctimas civiles.

Obama significó un revulsivo comparable a Tony Blair para el Reino Unido. Sin embargo, sobre el apóstol del nuevo laborismo pesan hoy las acusaciones de criminal de guerra. No puede descartarse que los drones acaben funcionando como un bumerán, que lastre también al presidente de Estados Unidos. No es necesario llegar al radical Chomsky, cuando dictamina que la aplicación de los criterios de Nurenberg obliga a colgar a todos los presidentes estadounidenses posteriores a la Segunda Guerra Mundial, incluido Carter. Y al desembocar en el peor presidente y mejor expresidente de Estados Unidos, conviene recordar que al cincuentón Obama le queda media vida por delante. Con dos libros autobiográficos publicados antes de alcanzar la presidencia, lleva muy avanzadas sus memorias en la Casa Blanca.

La flema resulta más manejable a la entrada que a la salida del cargo, tras los alfileretazos de millones de páginas y tuits acusadores. Sin embargo, se mantiene vigente el eslogan inaugural "No drama Obama", aunque el presidente ha reconocido que redacta réplicas incendiarias contra sus críticos. Todas ellas acaban en la papelera electrónica. El primer Premio Nobel de la Paz que predicó la guerra no mantiene el carisma luminoso de sus discursos en Berlín o El Cairo, pero ha reconducido las relaciones con Irán y Cuba sin despeinarse. Nos obligó a volver a escuchar a los políticos. El pícaro Putin ha sido su talón de Aquiles, pero Obama dice adiós compartiendo con el papa Francisco la estatura de líder muy difícil de contradecir. Ambos se quedan un peldaño por debajo de la canonización en vida obtenida por Mandela.

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