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Robertito, hijo, estudia unas oposiciones, que mira Antoñito, dos años ya en el Ayuntamiento y lo bien mirado que está

03.02.2017 | 05:00

Se están comenzando a convocar oposiciones en toda España. Diputaciones, servicios de salud, Gobierno central, bomberos, policías, jueces. A lo mejor hasta notarios y registradores de la propiedad o vigilantes de tórtolas. Comienza de nuevo la alegría en las academias que preparan a los mozos y mozas. De nuevo los aspirantes con posibles, inteligencia y capacidad de sacrificio se encerrarán meses o años a empollar y memorizar. Sin fines de semana, ni aperitivo dominical, ni fornicio a deshora, ni quedada con amigos, ni cine, ni nada que no sean libros o apuntes. Estudiar y estudiar para ser funcionario y vivir ajenos a los vaivenes de la economía, los ERE, las crisis o los caprichos de un jefe, que por muy majarón que esté o sea (¿es la majaronez un estado transitorio o por el contrario se adquiere y no se va?) te podrá hacer la vida imposible pero no largarte ni echarte ni desalojarte. Nada.

Estudiar. Cada minuto cuenta. Un minuto menos en la ducha es un minuto más estudiando. En mi colegio mayor había alguna gente que tomaba esto demasiado al pie de la letra. Habrán llegado a subsecretarios o a jefes de negociado, pero cualquiera se arrima a ellos. En este mismo momento en algún lugar de nuestra nunca bien ponderada y acaso algo desconocida geografía nacional, hay un madre instando a su vástago, incluso a su hijo, a que por Dios Robertito haz unas oposiciones, hijo, que mira lo bien que le ha ido al hijo de Antoñita, que ya lleva dos años en el Ayuntamiento de Utrera y está muy bien mirado.

Puede que hasta haya una feliz joven, aún temerosa de los designios que le tenga preparada la vida, que esté adquiriendo en una céntrica papelería-librería el temario de unas oposiciones. Un temario aún no gastado por los dedos que pasarán sus páginas una y otra vez. Dedos que no obstante, para celebrar este nuevo afán vital de opositar, lo que cogen ahora es un botellín de cerveza y unas aceitunas pedidas en una tasca de inusual limpieza situada junto a la papelería-librería, propiedad de la viuda de Estébanez, ciudadano ejemplar aunque algo miope que murió a resultas del atropello de un Renault azul que aún sigue circulando por la zona. El conductor era un opositor que quedó traumatizado y que en lugar de llegar a funcionario de prisiones ocupó una celda en una de ellas. La feliz y cervecera joven, hoy ya opositora, aún está enamorada de tan insensato jovenzuelo.

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