Porque hoy es sábado

La voracidad de los atunes

04.02.2017 | 05:00

Qué pequeñas son mis manos en relación con todo lo que la vida ha querido darme». Tal día como ayer de 1901 nacía el escritor y muchas más cosas Ramón J. Sender. De la profundidad humana de una de sus frases, la que inicia esta página, no hace falta explicar demasiado. Pero el contexto político de nuestro tiempo permite juguetear con ella en alusión a quienes caricaturizan los dedos pequeños de Donald Trump, suficientes, en todo caso, para apretar el botón rojo de nuestras peores pesadillas€

Manitas de cerdo

Otra de las frases del autor de Réquiem por un campesino español o Crónica del alba (curiosamente, abuelo de quien diseñó el logo de campaña del ya expresidente Obama) parece decírnosla desde la levedad de sus cenizas ahora: «La conciencia del peligro es ya la mitad de la seguridad y de la salvación». Así que, prudencia con el loco del pelo anaranjado, de acuerdo, pero cuidado con reírle las presuntas gracias porque más parece ser de quienes cortan la oreja ajena que la suya propia cuando se enfadan con la imagen que les devuelve el espejo (o cuando se ríen de sus manos) La biografía de Sénder, ahora que podemos sacarle a la pizarra por la efeméride de su nacimiento hace 116 años, da mucho juego. Viajó mucho, escribió muchísimo y vivió aún más hasta que murió en EEUU en 1982. Merece la pena pensar en él, por ejemplo, cuando veamos a un pobre viviendo en la calle. Durante tres meses él lo fue, durmiendo en un banco de El Retiro madrileño y lavándose en las fuentes del parque, más solo que la una y sin un duro. Y sin embargo ya era Ramón J. Sénder.

¿Padres?

Dos noticias del horror cotidiano, peor aún que esa pobreza, se han hecho un hueco esta semana entre las pamplinas que inundan los telediarios. Un padre ha matado a su bebé saltando con ella por la ventana tras discutir con la madre en una habitación del hospital La Paz de Madrid. De nuevo el hijo en medio, utilizado como arma para infligir dolor al otro. Cuando eso ocurre, el padre o la madre que no apartan su «odio de amor» para proteger a su hijo de esa negrura ya no merecen ser llamados padre o madre. Mucho más cuando lo que se produce es una monstruosidad como ésta. De oficio se pone el acento en que dañar al hijo, incluso matarle como en este horripilante suceso, también es violencia de género. Pues claro que lo es. Pero no es ahí donde urge poner el acento. Hay que ponerlo en la indefensión absoluta de un crío (no digamos ya de un bebé) ante la falta de talla humana en el comportamiento o, en última instancia, en la enajenación asesina de alguno de sus progenitores.

Niños y atunes

El otro niño protagonista no ha regalado a las portadas una foto tan bonita como la del pequeño cuerpo ahogado de Aylan, mecido casi con mimo por un suave oleaje en la orilla de aquella playa turca, con su jerseycito rojo mojado, sus pantaloncitos cortos azul más marino que ningún otro azul y sus zapatitos negros tipo tenis con suela marrón, todos tonos ya y colores de la vergüenza. El otro niño protagonista es el ahora llamado Aylan español, por haber sido descubierto su cadáver en Barbate, atún y chocolate, en la playa de Caños de Meca –ahí al lado de Málaga tirando para Cádiz–. La pena para ediciones de diseño es que el cuerpecillo de este niño que embarcó con su madre congoleña y una docena de personas más en una lancha hinchable en Tánger, en la fría noche del pasado 11 de enero, para atravesar el Estrecho, ya estaba en estado de putrefacción cuando se le avistó en la playa.

Depredación y carroña

No quiere uno ponerse desagradable pero importan más los atunes que se pescan en la almadraba, vendidos a precio de oro a los japoneses, que los cadáveres de la inmigración que el mar arroja a la playa como un residuo más. Sin embargo, no sería de extrañar que entre unos y otros exista cierta relación aterradora. Los atunes son extremadamente voraces. Comen todo lo que encuentran siempre que les parezca una presa viva, sobre todo peces más pequeños, cangrejos y otros crustáceos. Casi todas estas presas son carroñeras y viven y se alimentan en el mismo ecosistema que hace años se ha convertido en el cementerio marino de quienes soñaban escapar a un mundo mejor.

No es Wanda

Respecto a otro pez, un pez llamado panga, ya no se servirá en algunos comedores escolares malagueños. Pero el acento hay que ponerlo en esta ocasión en quienes, espoleados sólo por la preocupación de lo que merecen comer sus hijos, se organizan y ponen en solfa la idoneidad alimentaria, la trazabilidad y el origen en la piscifactorías del contaminado Mekong vietnamita de ese pescado barato (qué casualidad). Asociaciones de padres de varios colegios de Vélez Málaga, con una madre enfermera a la cabeza, han conseguido que su reivindicación se dispare y empiece a hacer efecto. Ya está bien. No todo nos vale, aunque valga tan poco€ Porque hoy es sábado.

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