Tribuna

Posverdad

12.02.2017 | 00:37

Un neologismo está recorriendo el mundo: la posverdad. El diccionario de Oxford lo ha declarado como la palabra de 2016, sobre todo después del triunfo del Brexit y del éxito de Donald Trump en las elecciones presidenciales norteamericanas, aunque sociólogos, politólogos, ensayistas y periodistas ya comenzaron a utilizarla años antes. Por posverdad entiende el diccionario inglés la actitud favorable de la opinión pública a usar como criterio de «verdad» no los datos objetivos y contrastados, sino las emociones y los sentimientos, de tal manera que los bulos, patrañas y distorsiones de la realidad que se ajustan a los sentimientos y creencias de los electores se convierten en los criterios que guían el voto de una gran parte de los ciudadanos. Como , por ejemplo, las insidias lanzadas por Trump en las pasadas elecciones sobre el origen no norteamericano del presidente Obama, valedor de la Clinton; o la idea que alimentaron los promotores del Brexit de que eran los inmigrantes los que ponían en peligro el trabajo de los ciudadanos del Reino Unido. Ni la demostración inapelable de la falsedad sobre el origen del anterior presidente norteamericano o el hecho contrastado estadísticamente de la evolución favorable del empleo en Inglaterra anularon la influencia de estos dos infundios, como de tantos otros, en el voto a favor de Trump como presidente y de la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Alguien podría pensar que esto de la posverdad no es nada nuevo y que en política siempre han existido los bulos intencionados y las intoxicaciones calculadas, sobre todo en las guerras de las que se dice que la verdad es su primera víctima. Basta acordarse de que Hitler y el nazismo apuntalaron su obsesión por la conspiración judía y justificaron con ella la persecución antisemita con la patraña, surgida en la Rusia de los zares, de «Los Protocolos de los Sabios de Sión». O que todos nos creímos la escena de los cormoranes embetunados de petróleo de la primera guerra del Golfo (aunque, es cierto, no todos nos tragamos lo de las armas de destrucción masiva como motivo de la guerra contra Saddan Hussein, a pesar de las rotundas declaraciones televisivas del señor del bigotillo, de cuyo nombre muchos españoles, entre los que me encuentro, no queremos acordarnos). Pero lo cierto es que la dimensión de eso que se denomina como posverdad significa ahora, por sus dimensiones y su naturaleza, algo distinto. Ya no supone un fenómeno ideológico„propagandístico iniciado desde arriba, por las élites dirigentes, sino que lo peculiar, lo distinto, es la importancia de la aceptación por una gran masa de ciudadanos, a pesar de que tienen a su alcance la información contrastada sobre la falsedad de lo que se difunde. El caldo de cultivo para ello es esa disposición emocional para aceptarlas por una gran masa de la ciudadanía, a pesar de las demostraciones objetivas en sentido contrario y los dictámenes de los expertos. Sin duda, dar una explicación coherente y perfilada de este fenómeno sociológico no es fácil. Es un proceso que está en sus inicios y que presenta gran complejidad. Pero todo parece indicar que tiene una gran relación con las consecuencias sociales y políticas de la Gran Depresión y del impacto y desarrollo del uso masivo de las redes sociales, así como de la crisis de la intermediación de los medios de comunicación tradicionales.

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