En solo 725 palabras...

Ay, la delgadez...

03.10.2017 | 23:34

La delgadez es un buen ejemplo de los extremos del entendimiento. En función de cómo la comprendamos, así será. Hay delgadeces buenas y delgadeces malas, delgadeces bien vistas y delgadeces mal vistas, delgadeces deseables y delgadeces indeseables. Delgado/a es un adjetivo polisémico, por cuanto tanto alude a la esbeltez, la finura, la ligereza, la sutileza..., como al adelgazamiento, a la flacura, a la depauperación, a la emaciación... A lo largo de la historia, ser delgado tanto ha sido premio como castigo, porque tanto monta, monta tanto. La moda es así y tanto entroniza a los flacos por la esencia de su significado, como los destierra a Molokai, como si fueran leprosos.

Para el que escribe, el aspecto físico del ser humano es importante, pero no lo más importante. Uno tiene mucha más tendencia a adentrarse en los interiores más recónditos de las personas que mantienen sus puertas y balcones y ventanas abiertos, que a quedarse embobado en la contemplación de sus fachadas. No obstante, cuando uno se encuentra frente a portadas como la de la Ópera Garnier de París o la de il Doumo de Milán, o en entornos como la Grand Place de Bruselas o Bibury, en el Gloucestershire inglés, o frente a los ojos arrobantes y cautivadores de una dama, uno sucumbe, por propia obligación natural, en este caso. Pero, insisto, uno es más perito en interiorismos, que doctor en exteriorismos. De hecho, si existieran ministerios dedicados a las personas y no al sistema, como es y será el caso mientras el ser humano siga en Babia, a mí me encantaría más comandar el Ministerio del Interior de las Personas que el Ministerio de Asuntos Exteriores de los Individuos. Uno es así.

En cualquier caso, a mí, más que la delgadez, lo que me conmociona es el adelgazamiento, tanto por su proceso intrínseco, como por el resultado del mismo. Constatar que el raquitismo sigue existiendo en los tiempos que corren, me hiere, pero me reconforta saber que la vitamina D existe y que, salvo casos extremos, siempre obra el milagro. Lo que me mata, especialmente porque parece no tener remedio, es ver el adelgazamiento progresivo y creciente de los sentires y los pensares y los haceres de los sapiens que tan bien retrata el profesor Yuval Noah Harari en su obra Sapiens: de animales a dioses (por presentarme a este profesor también estaré siempre en deuda contigo, querido Luis).

Cuando uno se instala en los adentros de los prójimos o de uno mismo, mirar y ver es más fácil. Pruebe a hacerlo, querido lector, y verá cómo, desde la contigüidad hasta el confín de la vista, todo es igual: principios y actitudes adelgazadas, pensamientos y entendimientos adelgazados, ideales y horizontes adelgazados, estrategias y tácticas adelgazadas, capacidad y voluntad de adaptación adelgazadas... Diríase que el ser humano está en un proceso de adelgazamiento sin fin. La obesidad mórbida de la carne crece alarmantemente hasta en los púberes, el adelgazamiento general de los aspectos sutiles que diferencian al sapiens del resto de los animales, también. Las carnes crecen en progresión aritmética. El adelgazamiento de las capacidades sutiles del hombre, en progresión geométrica. El galopante enflaquecimiento de las habilidades sutiles del hombre me induce a pensar que la infinitud pronto será un hecho constatable.

El sapiens turístico no es una excepción. Nuestro acervo de oferta turística durante sesenta años, indefectiblemente, nos ha producido un trastorno de bulimia turística amnésica. Hemos alimentado nuestros destinos turísticos compulsivamente, facilitando, así, una obesidad turística mórbida, peligrosa para la salud turística, cuyos síntomas, in crescendo, son ya una evidencia. El ritmo bulímico ha sido tan alocadamente compulsivo que siempre se nos ha olvidado provocarnos el vómito. Y nada más peligroso para un bulímico que padecer amnesia. Resultado: hemos engendrado destinos obesos a los que su propia obesidad les impedirá moverse con la rapidez necesaria para adaptarse puntualmente a los tempos que marca el mercado.

Ante esta realidad –me refiero a las instituciones publico-turísticas–, nuestro talento turístico, tan adelgazado últimamente como nuestras otras capacidades sutiles y derrochando la misma estólida verborragia de casi siempre, otra vez nos empuja a reiterarnos en nuestro inveterado y autoproclamado know-how divino-de-la-muerte, que es el que nos ha traído adonde estamos, y a vaticinar más crecimiento, que, evidentemente, potenciará nuestra bulimia amnésica y, por ende, nuestra obesidad turística mórbida.

O sea, otra vez, más de lo mismo...

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