04 de marzo de 2018
04.03.2018
Inventario de perplejidades

Más armas en las escuelas

04.03.2018 | 05:00

Cada cierto tiempo la opinión pública mundial se horroriza con la noticia de una matanza a tiros en algún lugar de los Estados Unidos. Las más conocidas, Columbine en 1993 con 13 muertos; Virginia Tech en 2007 con 32 muertos; Newton en 2012 con 27 muertos; Las Vegas en 2017 con 58 muertos; y ahora Florida con 17 muertos.

El guion es siempre muy parecido. Un hombre, normalmente de raza blanca, irrumpe por sorpresa en un local de ocio o en una escuela, desenfunda un arma automática de repetición y comienza a disparar contra gente indefensa hasta que, a su vez, es detenido o abatido a tiros por fuerzas de seguridad.

Al indagar sobre los móviles de su actuación las autoridades suelen señalar a un desequilibrio psíquico no detectado a tiempo, pero evitan, en cambio, resaltar la importancia decisiva de que el perturbado haya podido tener acceso fácil a las armas de fuego. Bien porque las haya adquirido legalmente en el comercio de la esquina, bien porque en su casa tuvieran él y su familia algunas en depósito para su uso deportivo o de defensa como autoriza la Constitución norteamericana.

Y es precisamente sobre la abundancia de armas de fuego en manos de la ciudadanía y sobre la facilidad para comprarlas que se viene centrando la polémica.

Los partidarios de su limitación argumentan que si las armas no estuviesen al alcance de los perturbados no se hubieran producido tantas muertes inocentes. Y los partidarios de su uso sin restricciones, entre otros la poderosa Asociación Nacional del Rifle, que es un derecho constitucional que responde a sentimientos muy profundos y muy arraigados en el estilo de vida norteamericano. Un razonamiento, este último, que desmonta el cineasta Michael Moore en su libro Estúpidos hombres blancos.

«La idea de que contar con un arma es el único modo de asegurarse protección es un mito –dice–, menos de 1 de cada 4 crímenes violentos se cometen cuando la víctima está en casa. Solo el 2% de los disparos que se efectúan durante un robo mientras el propietario del arma está en casa alcanzan al intruso. En el 98% de los casos restantes, los residentes hieren accidentalmente a un familiar o a sí mismos, o bien los ladrones les arrebatan el arma y la dirigen contra ellos. A pesar de todo –concluye– hay unos 350 millones de armas en nuestros hogares».

Y aún habrá más si la respuesta gubernamental a la matanza de Florida consiste en armar a los profesores de las escuelas como acaba de proponer Trump.

Por cierto, un presidente que contó durante la última campaña electoral con una generosa ayuda de la Asociación Nacional del Rifle (30 millones de dólares), temerosa de que una victoria de Hillary Clinton permitiese seguir con las medidas restrictivas al uso de armamento que había impulsado Obama.

Estados Unidos, con el 5 por ciento de la población mundial, tiene el 40 por ciento de las armas de uso civil. Eso explica muchas cosas.

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