27 de marzo de 2018
27.03.2018
Tierra de nadie

Felicidad

27.03.2018 | 00:35

Tiene sentido, y mucho, solicitar un cigarrillo antes de morir. Ignoramos si eso pasaba en la realidad, pero ocurría en las películas de guerra, en las que los soldados esperaban con más ansiedad la llegada del tabaco que la del rancho. Siempre había al lado del moribundo un compañero que encendía un cigarrillo en su propia boca para colocarlo después entre los labios del herido de muerte. Fumar un cigarrillo a medias une mucho, viene a ser como intercambiar el aliento, el hálito. Ese último cigarrillo remitía al pezón materno. Se iba uno de la vida como había venido: chupando. El humo se utiliza como sinónimo del vacío («En esa cabeza no hay más que humo». «Eso es una cortina de humo»). Hay infinidad de frases hechas con el humo como metáfora de la nada. Nos gusta el humo como nos gusta el vacío (el vacío al que estamos destinados).

Dos jóvenes, en la terraza de la cafetería, comparten un Winston cuyo paquete han abandonado sobre la mesa, junto a la taza del café. Hasta mi olfato llega el aroma del tabaco rubio que tanto amé y del que tanto dependí. El cigarrillo que fumaba tras encender el ordenador, a la espera de que se calentara. El que encendía como premio, al terminar un párrafo decente. El que me colocaba en la boca, apagado, cuando descolgaba el teléfono y que no prendía hasta comprobar si la persona que había llamado se lo merecía. Al otro lado debía de escucharse el chasquido de la rueda del mechero. El comunicante pensaría: ha encendido un cigarro. La conversación y el cigarrillo venían a durar lo mismo.
Un cigarrillo llama a otro. Por eso la madre cambia al bebé de pecho. Los jóvenes de la mesa de al lado hablan de una película que no he visto y que a ella no le ha gustado. A él, sí. Cada uno se ríe de los gustos del otro mientras el cigarrillo va de la mano izquierda de él a la derecha de ella. En la antigüedad se decía que las mujeres debían fumar con la derecha y los hombres con la izquierda. Seguramente estos jóvenes ignoran ese protocolo de difícil explicación. El camarero me trae un gin tonic. Le pregunto si podría conseguirme un cigarrillo. Dice que sí con gesto de complicidad. Rubio, añado. Asiente con la cabeza y va a por él. Soy muy feliz en este instante previo.

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