La Humildad se queda en la puerta

El riesgo de que llegara otro frente sobre las cinco de la tarde aconsejaron el regreso

21.03.2016 | 03:34
Hombres de trono de la Virgen de la Merced lloran por la lluvia.

Con el cortejo recién desplegado fuera de la basílica de la Victoria y la cruz guía plantada en el límite entre el Compás de la Victoria y la plaza de los Monos. Ahí se quedó la Humildad, que tomó la decisión de volver cuando la lluvia insistía en caer cada vez con más fuerza. El Señor de la Humildad fue cubierto con un chubasquero, para intentar que no sufriera daños, pero como recordó el hermano mayor, Fernando Galeote, Miñarro les había advertido de que «con lluvia no podemos salir, ni con el chubasquero, porque la imagen puede sufrir muchos daños».
La previsión de que la lluvia iba a continuar y el riesgo de que llegara otro frente sobre las cinco de la tarde aconsejaron el regreso. La cruz guía se dio la vuelta y la procesión se encaminó a paso ligero hacia la basílica, en orden inverso a la salida y sin perder la formación nazarena.
El público aguantó acompañando a los tronos y los nazarenos de forma estoica. Algunos con paraguas, pero muchos bajo el agua, viendo cómo el cortejo regresaba cuando apenas había empezado a procesionar. La Banda de Cornetas y Tambores de la Esperanza interpretó el Himno Nacional para acompañar la entrada del trono del Señor de la Humildad a la basílica.

En su interior aguardaba ya la Virgen de la Merced, con el manto de terciopelo empapado, signo de que no fueron cuatro gotas. Los nazarenos permanecían con los capirotes puestos. La procesión no se había terminado. Fernando Galeote se habló por la megafonía a una basílica que permanecía en silencio, expectante.

Sus palabras fueron para explicar la decisión, apoyada por todos, y agradecer la compostura de todo el cortejo, agradeciendo el comportamiento y la colaboración de los hermanos en estos cuatro años de mandato que se terminan. «Pueden quitarse los capirotes». La procesión dio fin en ese momento. En poco más de veinte minutos las túnicas se quedaron sobre los varales de los tronos y en los bancos de la iglesia. Sólo quedaba ordenar el templo y abrir las puertas, lo que ocurrió alrededor de las cuatro, con los tronos expuestos hasta la hora prevista del encierro.

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