La información

El periodismo y la melancolía cibernética

La abundancia de información proporciona destellos descontextualizados, en detrimento de la comunicación

06.02.2016 | 17:14
De izquierda a derecha, Umberto Eco, Gabriel García Márquez, Michel Maffesoli, Wittgenstein, Roman Jakobson, Julia Cagé e Ignacio Ramonet.

­Roman Jakobson situaba el metalenguaje como una de las más altas funciones lingüísticas, en tanto que la función fática o de contacto ocupa el más primario escalafón, en la base de la pirámide. La primera –lo mismo que la función poética– es privativa del género humano, indispensable para la reflexión y el discernimiento, mientras que la función fática o de contacto es un puro calambre de interconexión, que no dista del lenguaje en acción de las hordas y las manadas. Internet –ese paradójico artefacto encargado de mostrarnos que a más información menos comunicación– parece destinado a apuntalar, cada vez más veloz y superficialmente, este tipo de comunicación somera, casi sincopada, de manos que se alzan y enseguida se esconden, sin posibilidad de articular (metalenguaje) voz alguna. Y como acaba de señalar Rafael Sánchez Ferlosio, a tenor de la presentación del primer tomo de sus ensayos –bajo el irónico título de Altos estudios eclesiásticos–, «sólo las palabras nos hacen; nada existe por fuera del lenguaje». En el fondo, no hace sino ratificar la indiscutible –y hermosa– consigna de Wittgenstein: «Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo»... Eso es lo que internet parece dañar irremisiblemente, con su mezcolanza casi psicótica de emisores y receptores desarratados, sin criterio ni concierto alguno, en un flujo inane de mensajes que son revocados en el mismo instante en que se convocan... Una voz tan autorizada como la del comunicólogo Umberto Eco acaba de zanjar de una vez por todas: «Las redes sociales les da el derecho de hablar a legiones de idiotas... es la invasión de los imbéciles».

En un tiempo no tan lejano, los medios impresos cumplían ese papel de detenimiento reflexivo respecto a la actualidad, y hasta constituían una suerte de metalenguaje de los códigos mismos, frente a la espumosa celeridad de los otros medios. Pero es evidente que, ante la hegemonía cibernética, y con tanta y tan flagrante deserción de los lectores de papel, han tenido, cuando menos, que hacerse bilingües; combinar, con muy arduos e inciertos equilibrismos, la edición digital y el papel de toda la vida... En Salvar los medios de comunicación (Anagrama), que acaba de ser traducido al castellano, la francesa Julia Cagé aborda curiosas e insospechadas paradojas en este cruce de caminos. Su pronóstico a largo plazo no es muy halagüeño; pues parte de la convincente premisa de que, en general, y sea en uno u otro formato, «cada vez hay menos gente dispuesta a pagar por obtener información», y vaticina que, a un largo plazo, «el papel está sin duda destinado a desaparecer». Pero, pese al aparente auge actual de los soportes digitales, la autora repara en importantes matices contradictorios sobre la recepción de los contenidos, poniendo como ejemplo al emblemático diario Le Monde. Así, es cierto que frente a los 300.000 ejemplares que el periódico vende a diario, en su versión digital recibe un millón y medio de visitantes cada día. Sin embargo, mientras que los primeros dedican una media de 35 minutos a una inmersión en sus páginas globales, los ciberlectores no superan los cinco minutos y con segmentos del periódico muy específicos. Pero es más: mientras que cada visitante digital real, de carne y hueso, no supera unas ocho visitas al mes, el lector de papel es más constante; está mucho más fidelizado a la cabecera. La paradoja más flagrante es que, frente al millón y medio de cibervisitas al día, cada uno de los 300.000 ejemplares de papel, lo leen una media de seis personas, lo que arroja una cifra de 1.800 lectores, que, además, le prestan al medio siete veces más su atención y su tiempo...

Función

Así pues, el embrollo continúa cebándose del bilingüismo digital y analógico. Parecería que a los medios impresos correspondería más que nunca esa función crítica y reflexiva, de guardaagujas, frente a la instantaneidad del resto de los medios, y sabemos que no es así en todos los casos; y que, antes al contrario, el papel se ha dejado contagiar, muchas veces, por «el colorín y pingajo» (Valle-Inclán dixit) de la espuma audiovisual y cibernáutica. Por el cruce de caminos, evidentemente, la propia profesión periodística se ha deteriorado. Acaso no más que otras de las llamadas profesiones liberales; pero sí con muchísimo más incierta capacidad de recuperación, debido al progresivo desdibujamiento de las estructuras empresariales de que han dependido en las últimas décadas. La gente seguirá pleiteando, necesitará sanarse, comer y cobijarse... pero, en términos estadísticos, cada vez son más endebles las fronteras entre quiénes son los emisores y quiénes los receptores. Y si todo consiste en una mera función fática o de contacto, de volatilización de las informaciones y comentarios según van apareciendo, y en lengua chusca, ¿de qué cualificación precisan los profesionales? Es obvio que el viejo glamur y prestigio profesional de quienes se desempeñan en lo que García Márquez llamó «el mejor oficio del mundo» se ha deteriorado a ritmo galopante; y algunos de los más dignos atributos de los periodistas de no hace mucho tiempo, como free-lance, por ejemplo, hoy no hace sino levantar sospechas de condolencia, frente a la hegemonía, en río revuelto, de mil y un webistas y blogueros...

Pronóstico

Certero es el pronóstico de Gabo, a propósito de la «deshumanización galopante de las redacciones», a causa del desarrollo tecnológico, y el abuso reproductivo de un lenguaje cada vez más ramplón y clonizado. «Hay una contradicción, porque cuando el periódico se hacía en forma manual, a máquina de escribir y en linotipo, quedaba tiempo para todo. Ahora, en la época de las computadoras, no alcanzan las horas», expresaba. De hecho, «las salas de redacción se han convertido en laboratorios asépticos para navegantes solitarios, donde parece más fácil comunicarse con los fenómenos siderales que con el corazón de los lectores», decía en los orígenes aún del nuevo entuerto, cuando las computadoras estaban aún calladas€

La deslocalización, en fin, que impone el predominio digital, y la centrifugada multiplicidad mediática, sin tiempo alguno para establecernos un criterio de criba, ha contribuido a una promiscuidad entre los medios que haría enloquecer al mismísimo MacLuhan. Ciertamente, en el pasado, cada medio gozaba de cierta autonomía específica, pero ahora los códigos se han intercambiado, bajo el rasero de la imagen televisiva. Así, por ejemplo, programas televisivos saltan a las primeras planas de los diarios de información general e inundan los espacios radiofónicos. Una suerte de gran orgía mediática, en la que muchos periódicos impresos parecerían estar diseñados ya no para lectores, sino para telespectadores. El grave riesgo de esta promiscuidad intermediática es la conformación de una veracidad delegada; esto es, las noticias son veraces únicamente porque la repite el otro medio€ Y se desvirtúa, asimismo, la propia noción de actualidad. La noticia se vuelve un puro destello descontextualizado, como una luciérnaga que muere como nace en la noche de su instantaneidad. Parecería que lo que no es inmediata y novedosamente ´visualizable´ carece de actualidad. Ésta se define hoy día como aquello novedoso susceptible, al menos, de ser presenciado, cuando, en realidad, la actualidad no es presencia sino vigencia€

Todo parte, quizás, de una de las grandes supercherías que impone la era digital: esa especie de que vivimos en un mundo globalizado. Este fenómeno, que opera ciertamente en los niveles superestructurales, no puede ser aplicado en modo alguno al mundo concreto de las personas de carne y hueso. ¿Existe de veras una aldea global, como quería MacLuhan...? El también teórico de la información Abraham Moles ha criticado con lucidez ese arquetipo, arguyendo que «ningún ser humano puede estar en un mismo momento en más de un lugar». Y pretenderlo, cabría agregar, conlleva el riesgo de no estar en ninguna parte€

Coartada

Ese mito sirve también, según Ignacio Ramonet, director de Le Monde Diplomatique, de gran coartada política para el absentismo en las actuaciones locales. Porque, obviamente, si el mundo es global, yo no tengo ninguna responsabilidad sobre lo que suceda más allá de mis narices... Aunque la globalización es evidente desde un punto de vista institucional y empresarial, convivimos, asimismo, con movimientos opuestos de hiperfragmentación y dispersión mediática –al igual que política– por lo que podríamos colegir que, vivimos, más bien, en algo tan paradójico como una suerte de galaxia global.

En resumidas cuentas, ante el cacareo cibernético imparable, cifrado en lo universal sin destino, no es descabellado recalcar que los medios comunican en el mismo sentido que cuando decimos que un teléfono está comunicando... Lo importante no parece ser ya realmente lo que nos cuenten, sino tan sólo que no dejen de contarnos. Semejante a la musiquilla letal de aquella antigua canción del verano: «No pares, sigue, sigue», parecería que los contenidos que nos ofrecen son perfectamente inocuos: insignificantes, en relación al verdadero horror que produciría un día sin emisión de medios, en un apagón de internet generalizado€ Viejos tópicos que parecían chistes de puertas para adentro de la profesión, como que el mejor periodista es aquel que mejor rellena los huecos que deja libre la publicidad, o, sobre todo, aquel lema protoamarillo de «no permitas que la realidad te impida un buen titular», parecen hoy moneda corriente en muchos cibermedios con bulimia de hacerse notar€

Investigación

¿Qué se hizo de aquellas sábanas impresas, escritas desde el rigor de la investigación y de la reflexión, en los años de la Transición, para ciudadanos-lectores, y no acortadas, bajo la preeminencia de la imagen sobre el texto, para abúlicos hojeadores con prisa? Con aquel mismo afán de un relato de Jorge Luis Borges, que aspiraba a construir un mapa que tuviese las dimensiones del planeta, cundía entonces el propósito de envolver el mundo en analógico papel de periódico.

Una paradoja se cierne ahora en torno a la cultura mediática. Junto al clásico axioma institucional de que «lo que no está en los medios, no está en el mundo», surte también, socialmente, el movimiento opuesto: lo verdaderamente importante ocurre al margen de los medios. Pero la pregunta es dónde€

Como presagió en su día con nitidez Michel Maffesoli, el autor de El tiempo de las tribus, antes, los grupos sociales iban a la zaga de los medios de comunicación: éstos marcaban la pauta en las modas y los modos, jerarquizaban las costumbres y los prestigios, esclarecían... Ahora, en cambio, son los medios los que van a la zaga de los grupos sociales, se convierten en voceros de algunos de ellos, discriminan a otros, en ocasiones, obscenamente, sin justificación ni anestesia alguna... «Puesto que somos sus jefes, tenemos que seguirlos», satiriza Maffesoli el actual desoriente mediático. Frente a la individualidad que socialmente se propugna y vocifera, el teórico francés explica que el individuo ya no cuenta en absoluto, si no es por su adscripción a una tribu... ¿A una red social, por ejemplo, que según Eco, es plataforma que «da derecho a hablar a legiones de idiotas€ gran invasión de los imbéciles»?

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