Muhammad Ali

Los extraños vuelos de la libertad

Recordamos a alguien que fue mucho más que un boxeador

18.06.2016 | 17:47
Una de las imágenes más icónicas del boxeador Muhammad Ali.

En las viejas fotos se le ve como a un tigre que está a punto de zamparse una época; eso fue lo que hizo: giraba, bailaba, jugaba, esperaba, saltaba, resplandecía en la lona como un relámpago

­En las fotos sepia de entonces, con los guantes y el mítico calzón Everlast, lo que de verdad se ve son las miserias, negras, que predican sus ojos de fuego. Miserias de un siglo norteamericano que salía triunfador de una guerra, pero que tenía en el patio de su casa a millones de humillados. Acabamos de enterrar al hombre que con sus puños cantó ese poema, estamos ante la vida-cámara que nos relató con mil tomas esa copla. Acaba de morir un símbolo inmenso del siglo XX norteamericano, Titán del boxeo y del siglo XX tituló el New York Times horas después de su muerte. Una especie de padre fundador de esa otra América de color que va de Kentucky a Alabama, pasando por Tennessee, Mississippi, las Carolinas o Louisiana. En su muerte, casi no sabemos con qué nombre invocarle, de tantos que tuvo: si con el de Cassius Marcellus Clay, como fue bautizado, si con el de Cassius X (si atendemos a como le llamaban los creyentes de la Nación del Islam), o si con el de Muhammad Ali, que fue el que eligió libremente tras hacerse musulmán. Acabamos de asistir a su última paradoja: ha muerto un inmortal. Lo que, propiamente, es una imposibilidad. Pero su vida consistió en eso, en imposibilidades. Ésa es su gracia y su grandeza.

En las viejas fotos se le ve como a un tigre que está a punto de zamparse una época. Eso fue lo que hizo: comerse el mundo. En sus ojos brillaba la energía de la predestinación, y la furia que salía de los guetos de humillación que llenaban Kentucky o Alabama, donde reinaban esas incongruencias que queman las almas. En las fotos se le ve por supuesto a él, que lo llena todo, pero detrás del retrato del gigante estamos todos los enanos: estamos nosotros y nuestro siglo XX. Es la foto sepia de un mundo saturado de la rabia de los desiguales. Esas fotos ya casi olvidadas somos todos nosotros saliendo, en un mismo siglo, de un mundo para entrar en otro. Es la línea del 68. Este león que decidió llamarse Ali traía en su vientre, como un nuevo caballo de Troya, a millones de seres segregados. En los dientes afilados de este tiburón, todavía Cassius Clay, se repite la firme rebelión de todas las Rosa Parks de América, que eran muchísimas. La noticia es que este inmortal ha entrado en la inmortalidad en la que ya estaba. Una especie de oxímoron que le sobraba.

Por explicárselo a quien no lo haya visto, Ali/Clay fue un Dios negro. Lo que, por definición, es una imposibilidad. Doble: porque ni un mortal puede ser Dios, ni Dios podía tener una piel tan tintada. Pero para millones de americanos aquel boxeador de ébano fue dios. Él fue –al margen de Luther King y otros– quien más visiblemente los elevó a la categoría de seres humanos, quien hizo posible que hubiese angelitos negros (como había pedido Machín), quien convirtió a todos esos condenados al infierno de la segregación en imagen y semejanza de su genialidad y de sus triunfos. Con él sintieron, como nunca antes, el orgullo de convertirse en una raza de capaces. Esa es su vida de principio a fin: la imposibilidad que se hace posible colándose por la rendija por la que suceden siempre los milagros en América: el mérito. El boxeador traía un don inconmensurable: la superioridad manifiesta. Nunca nadie había visto, ni imaginado, aquella perfección. Bailaba claqué en el ring. Tenía la velocidad de la luz, y un puño con precisión milimétrica. Él fue el boxeo. Como si no hubiera existido, o pudiera existir, otro. Aunque ya había existido –y maravillado– anteriormente el grandioso peso medio Ray Sugar Robinson, su precursor. Ali/Clay giraba, bailaba, jugaba, esperaba, saltaba, resplandecía en la lona como un relámpago. Iba siempre por delante de los truenos. Sus pies eran más rápidos que su alma. Hasta él, el boxeo –y podemos decir el mundo– era pesado, grávido y tosco. Una cosa de tanques que andaban lentamente por el ring blindados tras unos puños que soltaban unos mazazos mortales. A partir de él el boxeo se hizo ingrávido y ligero. Se convirtió en otra forma de esgrima, en una especie de ballet de atletas de 100 kilos. Por decirlo con su propia frase: revoloteaba como una mariposa y picaba como una avispa. El boxeo pasó del suelo al aire. Se hizo aéreo. Con eso reinventó el boxeo y obligó al mundo a reinventarse. Convirtió una cosa más bien tosca y marrullera en un ballet y en una curiosa estética. Del que él fue su bailarín máximo. La fascinación fue total. Es cierto que se pasaba, muchas veces, en la provocación, el insulto y la intimidación. Es cierto que dijo frases sobre Frazier de injustificable desprecio y racismo. La vida no es nunca una geometría perfecta. También en eso fue una revolución: tenía un sentido innato del show y del espectáculo. Hubo un momento en el que el mundo estuvo a punto de pensar que estaba ante un bocazas. Pero, entonces, aparecieron su jab y su swing y no hubo más discusiones. No era un boxeador, era como si del mundo de las esencias de Platón hubiese caído en Louisville la forma perfecta, sin ninguna materialidad, del boxeo. Nunca nadie había visto nada comparable. La fascinación fue total. Todos intuimos que nunca más volveríamos a ver nada semejante.

Pero su historia no acaba ahí. Únicamente comienza. En su vida este luchador de Louisville peleó en dos cuadriláteros: en el ring del boxeo y en el más duro de las realidades raciales. Se vio entonces que este boxeador había venido al mundo, no para boxear, sino para despertarlo: para limpiarlo de pesos pesados y sacarlo de su crecida modorra, para librar a aquella América autosatisfecha de los dogmas que la mataban: las supuestas leyes inmutables del orden social. Que, evidentemente, no eran inmutables. Ali/Clay fue el despertador, violento, de la vitalidad reprimida de América. Fue el puño del destino. Los puños que utilizó el espíritu de América para librarse de miles de hipocresías y de todas aquellas aberraciones. A mucha gente le puede resultar paradójico que toda esa urgencia histórica nos llegase a través de la brutalidad del boxeo. Pero la historia se viste como quiere y se disfraza de lo que le da la gana. Y, desde luego, nunca se pregunta qué les parecen sus ideas o disfraces a nuestros dogmas más sagrados. Así que la historia hizo lo de siempre: ignorarnos. Y dio su grito de libertad a través de un deporte brutal, el boxeo. El grito de vida vino de un deporte de muerte. Paradoja que tiene su lógica: muerte y libertad van muchas veces de la mano. Por lo demás, estos tipos duros suelen ser los que desatascan las obstrucciones más encanalladas.

Esta fue la segunda vida y el segundo cuadrilátero de Ali. Un cuadrilátero por el que ya habían desfilado, y sufrido, Jesse Owens, que frustró las ínfulas raciales de Hitler, Jackie Robinson, la primera gran leyenda negra del béisbol, los grandes velocistas y panteras afroamericanas. Y también, y mucho más importante, Rosa Parks, Luther King, y los defensores de los derechos civiles: la igualdad o el privilegio, la guerra o la conciencia, la justicia contra la injusticia, la sensatez o las miserables segregaciones. En esa larga lucha él no fue, seguramente, la figura más importante, pero sí el más potente y vistoso estandarte. Para sorpresa de muchos, el boxeador era casi tan rápido con la lengua como con los puños. Aquel atleta de ébano procedente de un humus analfabeto argumentaba, frente a presentadores, jueces y políticos, con la misma rapidez y pegada con la que boxeaba. Llevaba innatamente en su genética el sentido del golpe. Golpeaba además con la fuerza de las convicciones en un país que se iba desangrando ya por cinismos, descreimientos y otros relativismos extraños. El boxeador pegaba con las verdades inmutables del espíritu americano: la conciencia antes que las razones del Estado, la individualidad en un país donde la individualidad se proclama casi sagrada, la verdad a pesar de los riesgos, la cárcel o cosas peores. Lo formuló muy bien Luther King en su sueño: «Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero significado de su credo: sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas: que todos los hombres han sido creados iguales». Ali recorrió el país explicando esas convicciones centrales norteamericanas. Cantó a todos los vientos que no se puede tratar a nadie como a un nigger y pedirle luego que dé su vida por lo blanco. «Gané el oro olímpico, pero no me sirven en el bar». Resistió, como en el ring, muchísimos golpes, algunos mucho más duros y sucios que los de los pesos pesados. Nunca se dejó amilanar ni por títulos, ni por aristócratas de salón, ni por listos, ni por gánsteres. Él seguía y avanzaba con la determinación y resistencia de los viejos cowboys y colonizadores americanos.

Cárcel

La lucha discurría con gran intensidad y el boxeador estaba a punto de ir a la lona, o sea, a la cárcel. Hasta que unos jueces del Tribunal Supremo giraron, inesperadamente, y cambiaron de criterio como si la dulce voz de la libertad les hubiese hablado, de pronto, al oído. Y tras eximios análisis jurídicos pasaron de meterle en la cárcel a declararle inocente. Determinaron que esa apelación a la propia religión y conciencia era parte fundamental de las esencias de América, también para un islámico, o sea para Muhammed Ali, antes Cassius Clay. América reconoció así que aquel boxeador, al que le habían arrebatado su título e inhabilitado para el ejercicio de su profesión, no hacía más que acogerse a los principios que proclamaba el espíritu de los Estados Unidos. Tras combates tan heroicos, el maldito párkinson destrozó al desmesurado luchador hasta convertirlo en polvo y ceniza. El 3 de junio se despidió de su familia y del mundo en un hospital de Arizona. Pero la gloria y su aura quedan intactos. El mundo entero lo llora calificándolo de mito, leyenda o icono, y sigue exaltando la grandeza de aquel guerrero, tataranieto lejanísimo de Aquiles, que tuvo también, como el hermoso y desdichado Aquiles, pies alados y ligeros, según la bella frase de Homero. Es cierto que las grandes gestas de este boxeador no las cantó un poeta tan divino, tuvo que conformarse con ese invento demoniaco y tergiversador de la televisión, que fue quien se ocupó de hacer llegar su historia a todos los rincones de la Tierra. Ella filmó esa Odisea. El significado de esta historia lo resumió, a su manera, uno de sus más poderosos y temibles rivales, el también campeón del mundo de los pesados George Foreman: «Se dijo que Ali me había vencido echándose atrás y aguantando. No, me venció con su belleza. No he conocido mayor belleza. Frente a Ali nadie podía afirmar yo soy una belleza. Él fue un rey, aunque siempre amigo de la gente sencilla. Esa es la belleza. Fue el más grande». Descanse en paz este boxeador de ébano de Louisville, a quien debemos más de lo que suponemos. Puede que el boxeo desaparezca, pero lo que no desaparecerá nunca será la belleza de su estilo, la perfección esférica de su arte, y menos todavía el agradecimiento de todos esos millones de ciudadanos afroamericanos que lo llevan, para siempre, en sus corazones, que se han volcado para enterrarlo con la máxima gloria, y que ya hace mucho que lo elevaron a los altares. A él, no unigénito, pero sí insólito dios negro.

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