Euroliga | La crónica

Lo que usted diga, señor Williams

El base aparece cuando apretaban las urgencias en el tercer cuarto (49-41) y con 10 puntos casi consecutivos rompe el partido y propicia la victoria del Unicaja en Berlín, la séptima en Europa. El equipo consolida su segunda plaza en el Grupo B, el objetivo

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Marcus Williams, en una de las acciones más espectaculares de la noche, se metió hasta la cocina y anotó una bandeja sensacional ante el español Albert Miralles.
Marcus Williams, en una de las acciones más espectaculares de la noche, se metió hasta la cocina y anotó una bandeja sensacional ante el español Albert Miralles.  EFE

Rafael M. Guerra No conozco a ningún «grande» sin un «jugón», sin un tío que coja la bola cuando ve que la cosa se pone fea. Cuando los demás ni ven el aro por encima de sus cabezas y su miedo se huele desde el banquillo contrario. Todos los equipos con hechuras y con objetivos importantes, en un momento determinado, tienen que echar mano de un paraguas cuando comienza a llover. Todos, cuando vienen mal dadas y nadie las mete, tienen que llamar a un electricista para que las enchufe. El Barcelona sufre horrores sin Juan Carlos Navarro. Ahí está su papelón en la Liga Endesa. El Real Madrid las pasa canutas sin Rudy Fernández. Ahí está su derrumbe de anoche en Cantú. Sin líder no hay éxito. Sin un jugador mayúsculo no habrá, jamás, resultados superlativos.

Desde ese «jugón» se construye. Él debe ser la punta de lanza y por detrás necesita un equipo, de arriba a abajo. Desde el entrenador al utillero. Ese jugador tremendo requiere de pívots a los que pasar, de compañeros que hagan el trabajo sucio en defensa, necesita sistemas, órdenes precisas, hombres disciplinados. Debe tener un ejército.

El Unicaja ya posee un general. Es Marcus Williams. Si me lo permite, Marcus «Jugón» Williams a partir de ahora. Y en armar esa guarnición de once tíos que le respalden estará el éxito o el fracaso. A veces, perdonen la simplicidad, todo se reduce a esto. Once que se jueguen el pescuezo. Once que remen, que peleen, que anoten, que ayuden, que sumen... Once que pinten un cuadro que luego Williams remate con sus tres brochazos de estrella.

Nos hemos pasado muchos años en Málaga sin un tipo así. Hemos visto auténticas mediocridades. Aspirantes a convertirse en ese ser superior, con sueldo astronómico, que luego se botaba la bola en el pie o pisaba la línea de fondo o que no llegaba a ese culmen porque no daba para más. Desde Bullock, con momentos de Marcus Brown –mientras las lesiones le respetaron– y tras el paso del mito Garbajosa, no había en Málaga nada como Williams. ¿Que no defiende? Es que si lo hiciera seguiría en Memphis ganando ocho o nueve millones de dólares por temporada. Pero está en Málaga, cobrando 400.000 dólares. O sea, una quinta parte, por ponerles un ejemplo, que Jiri Welsch.

Anoche, en Berlín, en el siempre excitante escenario de la Euroliga, Williams ganó el partido. Necesitó, por supuesto, a un ejército detrás. Ese apoyo inquebrantable. Tuvo también el respaldo del banquillo, con una zona presionante 2-2-1 que luego se convertía en 2-3 y que ahogó al Alba. Y gozó, digámoslo, de la complacencia de un rival muy limitado, muy poca cosa, deteriorado hasta el extremo por la baja de su mejor jugador, el ala-pívot Deon Thompson, y el base titular de la selección de Alemania, Heiko Schaffartzik. El americano se cascó 17 puntos en Málaga y el teutón, otros 14 en el encuentro de la primera vuelta.

Ése era el escenario. ¿El de las grandes citas, el de chaqué y mocasines? Pues qué quieren que les diga, no. Más bien era informal, americana y zapatillas. Pero ganar a domicilio en la Euroliga, que quede claro, es siempre una labor compleja y durísima. Y anoche, hasta eso de las nueve de la noche, el Unicaja se las tenía tiesas en el impresionante O2 Arena, donde palmaba 49-41 mediado ya el tercer cuarto.

Entonces apareció la magia de Marcus «Jugón» Williams, con 10 puntos en un periquete. De la chistera sacó primero un triple (49-44), luego anotó un canastón tras penetración, otra de dos y, antes de su segundo triple, Zoric transformó dos tiros libres. Así que tras su recital, el Unicaja pasó a dominar 49-53. La racha ascendió más aún, hasta completar un parcial de 2-18 (49-41 a 51-59). Cuando se marchó al banco, el duelo estaba en el bote: 58-67.

Williams contagió al equipo, que hasta entonces había vivido de la estabilidad que aporta Sergi Vidal –cuánto bien le va a hacer el catalán al equipo en esa tarea de armar el ejército– y la garra de Gist y su acierto desde el triple. Y a partir de ahí creció. Tiene Williams, además, la virtud de hacer mejores a los demás. Sus pases tienen la garantía del éxito. Cerca de él siempre suceden cosas, general mente buenas en ataque y malas en defensa. Pero refugiado en esa zona tras canasta cajista, Repesa resguardó a su estrella y propició que el equipo se agigantara, reboteara y corriera. Y eso que los exteriores, habituales generadores de puntos, no rindieron: Calloway (5), Simon (8) y Urtasun (4). El 63-74 permite al Unicaja lograr su séptima victoria europea en nueve partidos y consolidar su segunda plaza en el Grupo B.

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