06 de enero de 2015
06.01.2015
Vida y arte

Conchita: 120 años sin la gran musa de Picasso

El 10 de enero de 1895 falleció a los 7 años María de la Concepción Ruiz Picasso, la hermana pequeña del genio –que entonces contaba con sólo 13 años–

06.01.2015 | 05:00
El genio, con Maya Picasso, la «reencarnación» de su difunta hermana Conchita.

El niño pintor, durante la agonía de su hermana, llegó a proponer un pacto a Dios: si se curaba la pequeña él dejaría para siempre los pinceles.

La pasión y el vitalismo con los que Pablo Ruiz Picasso vivió y creó se explican de una forma honda pero sencilla: su íntima relación con la muerte. De hecho, el malagueño nació sin vida, según la partera que atendió el alumbramiento. Sólo el joven tío del bebé, el médico Salvador, pudo revivir a su sobrino exhalando el humo del puro que estaba consumiendo cerca de la nariz del pequeño. Pero es que 14 años después, el niño Pablo tuvo que mirar de frente otra vez a la guadaña: su hermana pequeña, Conchita, falleció a los 7 años en A Coruña a causa de una difteria. Un hecho, del que se cumplirán 120 años el 10 de enero, que acabó marcando de forma indeleble las entrañas y los pinceles.

«En 1895, Picasso veía como Conchita se deterioraba, pasando de ser la pequeña sonriente de rizos rubios a la que había pintado con tanta ternura a ser un fantasma de sí misma; veía cómo el doctor Ramón Pérez Costales, un amigo de José Ruiz Blasco –padre de Pablo–, entraba y salía de la casa familiar; veía a sus padres luchando por salvar la vida de la niña y contemplaba cómo la familia fingía ilusión y alegría durante la Navidad tratando de proteger a Conchita de cualquier tristeza sobre su inminente muerte...». Así lo relata Arianna Stassinopoulos en Picasso: creador y destructor. El episodio ocupa también uno de los capítulos fundamentales de Picasso Azul y Blanco, el resultado, recién publicado, de la investigación de varios años de Rubén Ventureira y Elena Pardo sobre los años coruñeses del malagueño. «Cuando enferma, Picasso hace una especie de pacto con Dios prometiendo que si se cura dejaría la pintura. Hay un dibujo de Pablo que podría estar inspirado en la portada del libro La difteria y su tratamiento, que probablemente tenía el médico. Esto le inspiró para materializar ese pacto porque sale una especie de dios iluminado. También hay una pintura que hasta ahora se titulaba Bautizo. Hemos demostrado que se trata, en realidad, de un responso por la muerte de Conchita porque por detrás está inscrita la fecha 10/95 y el nombre de A Coruña. Esto certifica que lo pintó el día en que se murió su hermana», aseguran los picassianos en El Ideal Gallego. Dicen que tras volver del entierro de la hermana se encerró para pintar el óleo, una obra en la que «el acabado es tan torpe porque probablemente pintase sin apenas luz» –por cierto, conservó el cuadro en su poder hasta su muerte, en 1973–. Sólo unos días después de haberse despedido para siempre de Conchita, en febrero de 1895, Picasso expuso por primera vez, en el número 20 de la calle Real en lo que era una tienda de muebles.

Ventureira y Pardo sostienen que el fallecimiento de Conchita «fue algo que marcó las relaciones de Picasso con las mujeres y su terror a la muerte»; lo atestigua, por ejemplo, la abundancia de muchachas con aspecto frágil y moribundo en la producción artística de Pablo Picasso entre los años 1897 y 1899, pero también otro tipo de detalles: cuentan que Picasso solía visitar frecuentemente a sus hijos mientras dormían para asegurarse de que seguían respirando.

Y luego están las interpretaciones psicológicas sobre el comportamiento amoroso-erótico del malagueño: según algunos estudiosos, que el pintor se acompañara por mujeres cada vez más jóvenes –en aquellos años en los que las relaciones intergeneracionales no eran tan habituales, aquellas musas eran vistas como casi niñas– se debía a que lo que realmente le atraía de ellas era su potencial, su cualidad virginal, esa pureza de Conchita que desapareció con su muerte. Quizás buscaba en todas ellas a su hermana ausente. Otros apuntan a que Picasso tenía un exacerbado sentimiento de culpa respecto a la muerte de Conchita: ¿no deseó con la suficiente fuerza la recuperación de la hermana porque chocaba frontalmente con su pasión por la pintura? ¿Sus logros creativos lo eran, en realidad, a expensas de la muerte de la pequeña? En cualquier caso, telas y existencia, ida y vuelta siempre en Picasso, el hombre que dijo: «Yo pinto igual que otras personas escriben su autobiografía».

Maya Picasso, una de las hijas del genio, en realidad se llama María de la Concepción, en homenaje a la hermana muerta. ¿Por qué Maya, entonces? Cuentan que cuando los niños escuchaban a Picasso llamar Conchita a su hija se reían y bromeaban: con en francés significa estúpido, idiota; el padre empezó por tanto a llamarla María pero la niña, a sus dos años, parecía pronunciar algo similar a Maya. Al genio le encantó: «¡Perfecto! Significa la más grande ilusión que hay sobre la tierra». Lo cual, de alguna manera, nos lleva a una de las obras más interesantes en la vasta producción picassiana: Minotauro ciego guiado por una niña pequeña. En la obra, como analizan John Fudjack y Patricia Dinkelaker en el interesante artículo About face again, el Minotauro –la forma en la que muchas veces Picasso se representaba a sí mismo– es llevado de la mano por una pequeña hacia la otra orilla, el tránsito entre la vida y la muerte. El cuadro fue pintado en 1934, un año antes del nacimiento de Maya; el parecido del rostro de la niña con el de Marie-Therese Walter, la futura madre de la hija, parece confirmar lo que tantas veces dijo el malagueño: «Mi pintura a veces es profética. Creo que he pintado a personas que, en realidad, conocería más tarde». ¿La niña del cuadro del minotauro es, entonces, un sueño de Maya, la niña que, en realidad, supondría la reencarnación de Conchita y, por tanto, la redención de Pablo?

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