24 de enero de 2017
24.01.2017
Crítica

´La La Land´: solipsismo made in Hollywood

24.01.2017 | 21:57
Ryan Gosling y Emma Stone, en el filme

El musical de Chazelle y su esperable récord de nominaciones al Oscar permitirá a la Meca del Cine hacer lo que más le gusta: celebrarse a sí mismo de manera casi apoteósica y desvergonzada.

Es injusto exigirle a 'La La Land' la grandeza de los musicales totémicos, como 'The Band Wagon'. Primero, porque, por ejemplo, cada vez que se estrena un noir no le requerimos que esté a la altura de 'Retorno al Pasado'. Segundo, porque Minnelli también filmó películas menores (pero más que simpáticas, eso sí) como 'The Bells Are Ringing'. Y tercero, porque 'La La Land' no es, en realidad, un musical; mejor definirlo como 'musidrama', un melodrama con canciones, que tiene mucho más que ver en el fondo y en las intenciones con, por ejemplo, 'Dos en la carretera' que con 'Un americano en París'.

La primera mitad del filme, la del descubrimiento del amor, la supuestamente eufórica y mágica, es, directamente, porno para nostálgicos de un tiempo que no han vivido y, por tanto, han terminado idealizando de manera incorrecta. Actores marmolillo (hey, nadie exige los movimientos de Fred Astaire pero sí un aire, digamos, de cierto dinamismo) y una música poco destacable (a lo largo de la película sólo una canción, y repetida hasta la saciedad, 'City of stars', es el escasísimo bagaje de Justin Hurwirtz) destapan el esqueleto de este invento en la escena del planetario: pura emulación sin chispa, fetichismo algo desagradable, cine de estudiante de Cine.

La segunda porción de 'La La Land', la más dramática y menos musical (hay momentos que la película se olvida de cómo empezó, de que, supuestamente, es un musical: mejor), levanta un tanto, pero queda lastrada por los clichés y los convencionalismos de todo (lamentable la escena del photoshoot de The Messengers). Se fuerza la conclusión de todo, que no es otra que la de 'Whiplash': la sacralización del arte como impulso divino ante al que, si realmente se desea, debe apartarse la vida personal, los ímpulsos íntimos.

Como habrán podido comprobar a estas alturas, Chazelle es un esnob de tomo y lomo: mientras en 'The Band Wagon', un debate sobre los encontronazos entre el arte popular y la alta cultura, Minnelli concluye magistralmente que los "versos inmortales de Bill Shakespeare van al ritmo de los pies inmortales de Bill Robinson", el joven director y guionista de Providence prefiere ponerse estupendo y optar por las dicotomías imposibles. Oye, que bien por él, eh, pero hay un nosequé repelente que tira para atrás.

Al final, uno tiene la sensación de que 'La La Land' es otra película más compuesta al vacío, más referencial que genuina, más fabricada que vivida; un filme diseñado con una especie de Autocad cinematográfico, con un tiralíneas que conoce las referencias fílmicas correctas de las que partir (Demy en particular en el número final) y que, claro, le granjeará las alabanzas de los más veteranos del lugar y el asombro de los neófitos. Su récord de nominaciones a los Oscar avala la operación y, de paso, le permitirá a Hollywood hacer lo que más le gusta: celebrarse a sí mismo de manera casi apoteósica, solipsista y desvergonzada.

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