30 de septiembre de 2017
30.09.2017
Entrevista a Juan José Millás

"Si partes de ideas preconcebidas de lo que es un niño, fabricarás productos dedicados a esa idea"

Seix Barral lanzó 'Mi verdadera historia' antes del verano, con la idea de que pudiera introducirse, en otoño, en el circuito de las lecturas de instituto

30.09.2017 | 05:00
Una imagen promocional reciente de Juan José Millás.

En 2011 el escritor Juan José Millás (Valencia, 1946) ofreció en la prensa y bajo el seudónimo de Carlos Clay la cuarta entrega de 'Me cago en mis viejos'. Nadie sabía entonces que tras aquel narrador adolescente se ocultaba el autor de 'La soledad era esto', pero él quedó con cierta "frustración" por dejar perdido entre las páginas del periódico un texto de tono distinto a las tres anteriores entregas y que consideraba "de lo mejor que había escrito". La casualidad, como en esta breve novela de padres e hijos, hizo que el asunto saliera a flote en una conversación con su editora

¿No es una perversión esa idea de una literatura pretendidamente juvenil?
Es un asunto lleno de malentendidos, porque en España nunca ha habido un debate serio sobre este asunto. La idea de la editorial me parece bien comercialmente. Pero es frustrante pensar que una novela en la que el protagonista es un adolescente va necesariamente dirigida al público juvenil. Por fortuna, esa dinámica la han roto los propios lectores comprando el libro, que va por la cuarta edición, pero como funcionamos por etiquetas estamos abocados a este tipo de malentendidos.

¿Qué malentendidos?
Las novelas de iniciación a la vida, el Bildungsroman, es una etiqueta afortunada que pusieron los alemanes, pero también reductora, porque hay muchas novelas de iniciación en las que el protagonista no es necesariamente adolescente. El Robinson de Defoe, o Relato de un náufrago, o La Metamorfosis, por ejemplo, tienen muchos rasgos de esa etiqueta. Y otras que claramente lo son, como El guardián entre el centeno, las ha leído toda clase de público. Lo que pasa con la etiqueta de literatura juvenil es que coloca el libro en una mala situación, porque si es bueno, es bueno para todos. Y si es malo, es malo para ambos. No debería haber novela juvenil, porque la sola idea de escribir para jóvenes significa que tú tienes un cliché de joven y estás petrificándolo. El hecho de que haya escritores especializados en escribir para jóvenes conduce a una patología, la de esclerotizar al joven. Al revés, hay autores como Roald Dahl que escribe sin ningún cliché y es un gusto leerlo a los 12 o a los 90.

¿Cuál es el debate serio que nos falta?
En el siglo XIX en Alemania hubo un manifiesto sobre la miseria de la literatura infantil y juvenil. Y mientras ellos han tenido desde los grandes recopiladores de cuentos a la Abeja Maya, en los países del Sur no hay un gran personaje que haya tenido fortuna entre los lectores jóvenes. Nosotros tenemos al Lazarillo, que es novela de iniciación, es un clásico, es ,grande y lo puedes leer con 15 años, pero es una excepción. No encontrarás un Pinocho, un Mago de Oz, ningún héroe juvenil. Había un autor francés que decía que el problema de estos países es que se tenía una visión muy utilitaria del niño. El niño no era sino un proyecto de hombre, y como niño no valía nada. Por lo tanto, no merecía la pena si leía o no, porque no nos interesaba como niño, sino como futura fuerza de trabajo.

Funcionamos por etiquetas, decía antes. ¿Cada vez más con el cambio de paradigma de lo digital?
–La etiqueta aclara, porque compartimenta, pero reduce. Y es verdad que cuando el pensamiento se adelgaza, y vivimos en una época de adelgazamiento del pensamiento, aparece el reino de la etiqueta. El tuit de 140 caracteres puede ser fruto de este florecimiento. Porque en 140 caracteres hay gente que se explica el mundo. Y uno se levanta por la mañana a ver cómo va hoy lo de Cataluña y busca a su tuitero de cabecera y ya lo sabe. Posiblemente sea una respuesta frente a la complejidad del mundo que nos ha tocado vivir, con este cambio de paradigma brutal.

¿Tan brutal?
Para encontrar algo de consecuencias semejantes a lo que estamos viviendo habría que ir al descubrimiento del fuego o del hacha. Ni en la aparición de la imprenta ni en la Revolución Industrial encontraríamos un cambio de paradigma cuyas consecuencias son tan grandes y tan poco medibles como las que estamos viviendo. Y en momentos de esa complejidad es posible que haya una tendencia de cogerse a lo simple para no perder el pulso del mundo. Ésa es la percepción que tenemos, la de estar en una época de pensamiento débil, al menos en relación a lo que hemos llamado pensamiento hasta ahora.

Usted mira con curiosidad todo esto, pero lo observa con distanciamiento.
El que procuro aplicar a todo. Lo que pasa es que internet supone la diferencia entre el cambio lineal y el exponencial. El cambio lineal era que tú comprabas una máquina de hacer jerséis y sabías cuánto iba a producir y cuántos obreros te quitaba de encima. En el cambio exponencial la cosa se dispara y no sabes adónde vamos. Y aparece una aplicación nueva como Airbnb y nadie era capaz de imaginar que se convertiría en el hotel más grande del mundo sin tener ninguna instalación, o lo mismo Blablacar, sin tener ningún autocar. Estamos en manos de unas fuerzas que hemos inventado nosotros y que nos llevan a una velocidad de vértigo sin saberlo. Lo que ha ocurrido desde mediados del siglo XX hasta ahora es de una magnitud que no se conoce a lo largo de la historia. Seguramente, un hombre del siglo XI y del siglo XIII no eran muy distintos. Y si mi padre, que murió hace quince años, se despertara hoy, no reconocería el mundo. Por eso yo digo que la gente de mi edad venimos del siglo XIX, porque hemos visto lavar a mano y la llegada del teléfono a nuestras casas.

Y, paradójicamente, ante un mundo tan complejo, infantilizamos al niño. Eliminamos incluso de los cuentos tradicionales lo violento, lo terrible. Ciertos arquetipos que suponíamos que servían para algo.
No es que lo supusiéramos, es que funcionaban. Es que la literatura, todos estos relatos, explican el mundo. Si tú partes de una idea preconcebida, si crees que a un niño de seis meses sólo hay que darle leche materna, no probará la comida salada hasta los siete años. Si partes de ideas preconcebidas de lo que es un niño, fabricarás productos dedicados a esa idea. Por eso si hiciéramos ahora un repaso de las grandes obras de la literatura que han pasado a ser las grandes obras de la literatura juvenil, veríamos que gran partede ellas no fueron escritas con intención de llegar al público juvenil, que fue el público juvenil el que se las apropió, porque querían una complejidad que no se les daba desde lo establecido.

Su libro, en ese sentido, tampoco es un libro cómodo, blanco. Al revés. Hay morbo, suicidio, mutilación, conflicto profundo. Será difícil que algunos institutos lo incorporen como lectura.
No, no es un libro fácil. Con El guardián entre el centeno, sin querer compararme, claro, pasó eso, que a los padres y a los profesores les daba miedo. Y fueron los hijos los que se fueron apropiando de él. Y ha pasado con muchos. Daban miedo porque eran como tirar una piedra a un estanque de tranquilidad. Desde ese punto de vista, Mi verdadera historia puede resultar un libro fuerte, chocante, o duro, pero también es cierto que hay un profesorado muy valiente en España preocupado por cómo le meten el veneno de la lectura a los niños. El problema lo pueden tener si el chico va a casa con este libro y el padre le echa una ojeada.

Un libro en el que planea, soterrada, la sombra de Edipo.
No estoy muy seguro. Dada la edad del chico, tiene que haber algo más que un conflicto edípico lineal de matar al padre para quedarse con la madre. Yo no lo veo, creo que lo que se trabaja es la aceptación por parte del padre, la necesidad de que el padre sancione tu vida, la reconozca. Es verdad que esa falta de reconocimiento se puede ver en términos de rivalidad por ver quién seduce a la madre, pero no es cuestión de meterse ahora en esas honduras.
El otro gran asunto de este relato es cómo el azar, lo insignificante cotidiano, puede condicionar nuestra existencia.
Sí, los futuribles. Ese juego de qué habría sido de tu vida si aquel día en que caían cuatro gotas y dudaste entre ir a por el paraguas o arriesgarte no hubieras perdido ese medio minuto y no te hubiera pillado el autobús. Y luego está eso de que cada vez que uno elige en su vida es también elegido, porque tenemos la sensación de que los fantasmas del que pudo haber tomado otra decisión nos acompaña toda la vida. Había un escritor latinoamericano que lo describía muy bien. Cada vez que uno toma una decisión y rechaza otras, las que rechaza las vive un fantasma. Y a medida que uno se hace mayor, se da cuenta de que las cosas importantes, para bien o para mal, de su vida no dependieron de momentos solemnes, dependieron de cosas tan banales como volver o no volver a por el paraguas. Eso implica la aceptación de que vivimos en una fragilidad absoluta, incluso de lo que es más nuestro, de nuestra identidad. Siempre cito un libro de Mark Twain, una obra maestra, El forastero misterioso, en la que el Diablo salva la vida de un niño pero al hacerlo modifica la de todos sus amigos. Todo esto pone de relieve la fragilidad en la que vivimos bajo apariencia de absoluta estabilidad. Vivimos como si fuéramos el resultado de una planificación porque sería imposible aceptar que vivimos en la cuerda floja. Los grandes cambios se producen de un día para otro. Quién nos iba a decir que la palabra que utilizábamos para referirnos a una persona con mal salario, mileurista, iba a pasar a describir a un privilegiado. Un día uno se levanta y el mundo ha cambiado.

La literatura, eso también está en este libro, ¿es una forma no ya de luchar contra esa fragilidad, pero sí de hacerla llevadera?
La literatura es una forma de construir un relato acerca de uno mismo con el que uno pueda relacionarse. Es decir, nosotros no podemos cambiar lo que nos ha sucedido, pero sí cambiar la relación con lo que nos ha sucedido. Y eso se hace construyendo un relato. Y eso es lo que hacen este padre y este joven.

El relato. Un término de mucha actualidad.
Es curioso que los políticos hayan descubierto hace ahora cuatro días que la acción política ha de tener un relato, y que se lleva el gato al agua, no el que tenga razón, sino el que tenga el mejor relato. Ahora no se les cae de la boca la palabra relato, cuando los seres humanos somos eso, hijos del relato. En Sapiens, de Yuval Noah Harari, explica cómo todas las sociedades somos hijos de la ficción. Si no hubiéramos inventado la ficción no hubiéramos podido colaborar en grupos de más de cincuenta individuos. Es lo que les pasa a los bonobos o los chimpancés, que si aparece uno más, surge el caos. Nosotros éramos así hasta que empezamos a inventar realidades imaginadas. Somos hijos del mito, y el mito es un relato. Y eso explica que podamos creer en realidades imaginadas como la Renault, Google o Dios.

O en el relato catalán.
Es que todas las patrias vienen de un mito, es otra realidad imaginada, como el Código Penal, que no se desprende de nuestra bilogía.

¿Cómo va a acabar esa ficción?
Yo en esto he tomado partido en un manifiesto y no voy a decir nada original. Es un asunto tan espinoso que no quiero confundir más. Ya bastante confundido está todo el mundo. Mi voz como analista político tiene muy poco valor. Es indudable que el nacionalismo catalán tiene un relato que no posee la otra parte y la otra parte es por lo menos la mitad. Según dicen las encuestas y según la percepción que tenemos los que vamos con frecuencia a Cataluña, es una sociedad dividida. ¿Cómo se entiende que hace cuatro años hubiera un diez o quince por ciento de independentistas y que eso haya crecido hasta el 48 por ciento? Ha habido la construcción de un relato que la otra parte no ha sabido hacer. Y tiene que ver, también, con la torpeza, cuando no la maldad política, del PP, que sabía que el anticatalanismo le daba votos y se ha estado aprovechando de eso sin darse cuenta de las consecuencias.

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