01 de noviembre de 2017
01.11.2017
Teatro | Crítica

Por mis pecados me conoceré

01.11.2017 | 05:00

Ficha

  • Ocho. Tratado de puñaladas y traiciones
  • Lugar: Teatro Cánovas
  • Compañía: La Imprudente Autor: Samuel Pinazo Dirección: Sebastián Sarmiento Reparto: Pablo Fortes y Lorena Roncero

Ocho. Tratado de puñaladas y traiciones es el título con que el autor Samuel Pinazo precisa la dramaturgia del espectáculo que La Imprudente ha presentado en la Sala B del Teatro Cánovas. Los siete pecados capitales y uno más suman ese ocho. Ira, soberbia, vanidad, envidia, avaricia, cobardía, gula y lujuria son esos pecados, que se denominan capitales porque son de los que resultan los demás. Cada uno de éstos tendrá su reflejo en este Tratado de puñaladas y traiciones. Sólo dos actores. Dos políticos que pertenecen a una misma formación. Los personajes se reúnen, a petición de uno de ellos, en el solar de un antiguo teatro para que el otro facilite la investidura gracias a su influencia para lograr los ocho votos que le faltan entre los electores. La estrategia es repasar la condición de cada una de estas personas y sus debilidades a fin de orientar en un diplomático sentido la intención final de su decisión. Con ese objetivo se sirven de una dramatización de los posibles encuentros mediante la que parodian a los votantes y ensayan los encuentros más viables. Aquí comienza la multiplicidad en el trabajo actoral, especialmente el de Lorena Roncero, que tiene que dar vida a cada uno de estos tipos, además del suyo como candidata. Un arduo trabajo que lleva su personaje a conocerse en el reflejo de los pecados que representa, y que a veces convence más que en otras pero que demuestra versatilidad. Por otro lado, Pablo Fortes es el cómplice que, en un principio, parece no muy convencido de su colaboración pero que, poco a poco, va ganando voluntad y determinación, al igual que su interpretación, que cobra fuerza a medida que transcurre el espectáculo.

Juego


Teatro dentro del teatro, también, pero como juego que aconseja la exhibición interpretativa. Algo que se agradece en espectáculos de pequeño formato y platea reducida, y que permite disfrutar de matices más íntimos, pero que aquí podrían llegar incluso un poco más lejos. Sebastián Sarmiento, director, logra un buen ritmo en la puesta en escena y consigue de los actores interpretaciones interesantes, si bien debería arriesgar aún más en esos detalles emocionales, que están ahí a punto de saltar a la cara del espectador. La ambición sin paliativos que nos sugiere el título, la que se presenta como crítica a la clase política y que podría abarcar a cualquier hijo de vecino. Un texto sugerente que apunta hacia la compra de voluntades vendibles que se esconden tras una doble moral, hacia un octavo pecado capital.

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