22 de agosto de 2019
22.08.2019
Opinión

La fiesta, la vida

Cualquiera que haya pisado fiestas populares, incluso las de ciudades o países considerados como la culminación de la educación y el civismo, sabrá que el desfase existe en todas y cada una de ellas

22.08.2019 | 12:33
La calle Larios, abarrotada

De todas las frases que se usan ya como muletilla tipo «El sentido común es el menos común de los sentidos» una que me repatea especialmente es «El nacionalismo se cura viajando». Primero, porque parte del concepto de nacionalismo como enfermedad cuando, en sentido estricto, es «el sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia» o, en su acepción más política, «ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado» (o sea, el segundo es la consecuencia, digamos, del primero). Lo que se cura viajando es el reduccionismo y la visión apocalíptica y tremendista de las cosas, en mi opinión. No se vaya, por favor, porque, aunque parezca mentira, voy a hablar de la Feria de Málaga, porque desde hace unos años tenemos aquí una especie de nacionalismo sadomasoquista según el cual nuestra fiesta es la peor de todas en el mundo.

De un tiempo a esta parte, después de la viralización de vídeos e imágenes de borrachos con los genitales liberados de las ataduras textiles y de parejas que deciden hacer sus cositas a la fresquita nocturna, surgen comentarios según los cuales nuestra fiesta es la más sucia, la más incívica, la que más huele, el subnivel del infierno que se le quedó por escribir a Dante...

Venga, pues viajemos. Cualquiera que haya pisado fiestas populares, incluso las de ciudades o países considerados como la culminación de la educación y el civismo, sabrá que el desfase existe en todas y cada una de ellas. Si no están de acuerdo conmigo, aquí les aporto una frase del gran Durkheim, que tiene mucho más prestigio científico que un servidor: «Toda fiesta tiene por efecto acercar a los individuos, poner en movimiento a las masas y suscitar un estado de efervescencia, a veces hasta de delirio. El hombre es transportado fuera de sí, distraído de sus ocupaciones y sus preocupaciones ordinarias. Por eso se observan en todas partes las mismas manifestaciones: gritos cantos, música, movimientos, violentos, danzas, búsqueda de excitantes que levanten el nivel vital». La prosa del señor Durkheim es hermosa y, claro, evita el lado oscuro, las consecuencias de esos bonitos sustantivos y adjetivos. Que son el centro de las quejas anuales de tantos malagueños por estas fechas; es decir, que no admitimos las secuelas de un acontecimiento necesario para nosotros mismos.

Incluso podemos viajar en el tiempo. ¿Saben? Los romanos no comían recostados por comodidad, como pudiera parecer: se distribuían en torno al triclinium, la mesa con los alimentos, y, recostados, extendían los brazos hacia la comida. ¿Por qué? Porque esa posición facilitaba el vómito. ¿Y para qué vomitar? Estos señores no comían hasta saciarse sino hasta que no hubiera más alimentos sobre la mesa. Suena asqueroso, desde luego, pero así se conducían en aquella época. ¿Sería posible que cumplieran su precepto de tolerancia cero con restos de comida en el plato sin tener que potar? Supongo que no. ¿Les gustaría el olor de su vómito? Tampoco lo creo, pero lo aceptaban como consecuencia biológica de una norma que a ellos les resultaba superior, impepinable.

No se equivoquen, estoy muy orgulloso de la mayoría de los remilgos de los que nos hemos dotado a lo largo de la historia, pero a veces creo que pecamos de tiquismiquis, ingenuos o censores: las fiestas populares huelen, manchan, molestan, y desear lo contrario, un jolgorio absolutamente limpio, sin mácula e inofensivo, sería como ambicionar unos resultados electorales que contentaran a absolutamente todo el mundo. Las actividades comunitarias conducen, lamentablemente, a situaciones francamente indeseables.

¿Es lícito que un señorito o señorita decida hacer sus necesidades en la puerta de tu casa? Por supuesto que no. ¿Y tener que driblar vomitonas como minas en un campo de Uganda? Pues claro que tampoco. Si me pasara a mí seguramente no reaccionaría mucho mejor que los que lo sufren y escriben tuits entre la ira y la desesperación. Pero unas fiestas populares, como cualquier expresión comunitaria, no es lo que nos pase a ti o a mí, sino a todos, y seguramente ocurrirán muchas más cosas en la Feria de Málaga: habrá personas que se conocerán y se enamorarán entre mojitos y cartojales, habrá niños flipados al ver un caballo por primera vez, habrá grupos de amigas que se evadirán de sus realidades por un ratito quedando para una' ladies night', habrá chicos que sólo querrán perder el control para apearse un rato de lo cotidiano... Como en la cita de Durkheim suena bonito pero eso trae sus cosas asquerosillas. Es más o menos como la vida, con sus destellos, sus oscuridades, su belleza y su fealdad, su fragancia y su hedor. Si la fiesta celebra la vida, me temo que tendremos que aceptarla así.

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