06 de noviembre de 2010
06.11.2010
Historias de la Costa

Evelyn Waugh, elogio y crítica de Málaga

El escritor inglés describe en uno de sus relatos de viaje su visita a la capital de la Costa del Sol, a la que cataloga de sucia y ruinosa

06.11.2010 | 01:31
Evelyn Waugh, elogio y crítica de Málaga

Ha sido la prehistoria de la Costa del Sol para los ingleses más exquisitos. Es más que probable que su postal, apuntalada en una prosa candente y vívida, se oculte en anaqueles victorianos, al lado de los manguitos y la ropa de baño adquirida en Torremolinos. La descripción de Málaga de Evelyn Waugh, recogida en el relato Etiquetas, preludia la obsesión británica por la provincia, aunque en una sintonía que tiene mucho más que ver con la curiosidad que con el arrebato de los sentidos. El escritor hunde su pluma como un estilete en el paisaje humano y local de los años treinta, atestigua con tonalidades propias una pintura condenada a estilizarse en las décadas posteriores. Waugh habla de la Málaga desaparecida, truculenta, ajironada, sin aditivos.
La grandeza de un territorio no sólo se mide en los elogios, sino también en la magnitud de la crítica. La Costa del Sol desataba pasiones a principios de siglo y el narrador británico, poco dado a la adulación en sus apreciaciones, no fue una excepción. Durante un crucero por el sur de Europa, que germinaría en uno de los mejores opúsculos de viaje de la época, Waugh se acodó frente a frente con el Puerto de Málaga, que le dejó profundamente turbado.

Visión desde la cubierta

El escritor desembarcó en la Costa del Sol en 1929. La travesía que le trajo a Andalucía atracaba dos días en Málaga para permitir a los pasajeros cumplir con la ceremonia inextinguible de la excursión a Granada. Waugh, que no andaba muy holgado, pese a sus maneras eternas de gentleman, decidió permanecer en tierra. El clima no acompañaba, pero el autor supo sacarle partido a su encuentro con una capital que ya había seducido a muchos de sus compatriotas con capacidad financiera y política. Apoyado en la balaustrada de la cubierta, con su traje de doble cruce, el autor se delectaba con un paisaje, que, desde el mar, parecía dar la bienvenida a una ciudad esplendorosa a la que la cercanía birlaba sus mejores luces. Hablaba de una avenida arbolada a lo largo de la orilla, de un templo caliza, de restos de fortificaciones. «En Málaga hay muy poco que ver o hacer, aunque es una pequeña ciudad compacta y agradable, con un fuerte olor a aceite de oliva quemado y a excremento».

La Catedral y la Alcazaba

La pluma de Evelyn Waugh, conocida por su mordacidad y deliciosamente malhumorada, no se prodiga en condescendencias. Alaba la Catedral, que le evoca la capilla de Hertford College. Imagina que tras sus puertas se esconden los profesores del pasado, con sobrepellizes de almidón, pero la realidad le golpea con un contraste que sirve para medir la distancia que mediaba entonces entre Andalucía e Inglaterra. En lugar de remilgados tutores, la Catedral estaba poblada de ancianas inmóviles y de una tropa alborotadora de niños de coro que no paraban de atosigarle en busca de limosna. La Málaga de Waugh no es la Málaga de Orson Welles y las visiones evidencian la naturaleza del cambio: «Hay un pequeño promontorio llamado Alcazaba, con casitas ruinosas y unos restos de arquitectura mora indiscernibles. Viven ahí gitanos y cabras, y es el lugar desde donde, cuando sopla el viento en esa dirección, se expande el olor de la ciudad».

Satisfecho con La Concepción

Está claro que Waugh no aspiraba a que le nombraran cónsul o le dieran las llaves de Gibralfaro. En su relato, lanza invectivas, incluso, hacia el vino llamado de Málaga, «un jerez oscuro y dulce», que, pese a haberlo tomado en Inglaterra, le resulta profundamente desagradable. La memoria de la ciudad se extiende también a las observaciones que dedica, como todo buen inglés, al tipismo andaluz, que le parece digno de alabanza y que sintetiza en los clubes de la época, donde pervivían, señala, «unos hombres robustos, de aspecto apacible, que se pasan el día entero sentados en butacas, fumando cigarrillos y contemplando el tráfico».
En su viaje a la Costa del Sol, Waugh se sacó el vitriolo que le caracterizaba, pero también reservó buenas palabras para la finca de la Concepción y una playa inidentificable, con casetas de vivos colores. Las guías turísticas nunca incorporarán su relato, pero forma parte de la galería inmortal de la provincia, de los pasajes que despertaron la pasión de los británicos. Memoria ilustre e inglesa de Málaga.

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