10 de junio de 2012
10.06.2012
Las siete esquinas

¿Qué hemos hecho mal?

10.06.2012 | 07:00

Asusta ver que hay gente que se empeña en culpar de la crisis a una sola causa. Cuando alguien dice que la culpa de todo la tienen los especuladores, o los mercados, o la burbuja inmobiliaria, o la izquierda, o la derecha, o los obreros, o los empresarios, podemos estar seguros de que estamos ante un charlatán como la copa de un pino. La crisis es un fenómeno muy complejo en el que han intervenido cientos de causas distintas que han ido actuando a lo largo del tiempo y al final han confluido en un mismo punto.

En realidad ha sido la consecuencia de un movimiento que ha sacudido todo el edificio de nuestra sociedad y que se ha producido a la misma escala tectónica en que ocurren los terremotos. Nos guste o no, se ha producido un cambio de ciclo económico, eso que el libro del Génesis explicaba por medio del faraón que soñaba que siete vacas flacas devoraban a siete vacas gordas. Y el hecho de que muchos universitarios no hayan oído hablar en su vida ni del sueño del faraón ni de la Biblia es una de las muchas causas que han intervenido en esta crisis. Nunca hay que olvidar la alegre irresponsabilidad con que nos olvidamos de todas las enseñanzas del pasado.

La causa remota ha sido el cambio de eje económico, ya que todo lo que antes se fabricaba en Europa o en Estados Unidos se fabrica ahora en Oriente o en África o en América del Sur. Más de una vez he comentado las sorpresas que uno se lleva cuando mira las etiquetas de la ropa: «Made in Comores», «Made in Mauritius», «Made in Madagascar»€ Todo eso era impensable hace veinte años, pero eso es lo que llamamos deslocalización industrial. Es más barato producir una tonelada de carbón en el otro extremo del mundo que en la mina que tenemos enfrente. Y eso ha hecho que en China y en la India y en algunos países del Tercer Mundo que ya no son del Tercer Mundo haya surgido una nueva clase media que antes no existía. Y por eso hay miles de profesionales formados en Tailandia o en Egipto que pueden competir con los nuestros. Todo eso era algo que se veía venir, pero que nos ha costado mucho entender. Y nos guste o no, ya no somos el centro del mundo. Ya no somos las únicas sociedades que poseen enseñanza de alta calidad y capital humano. De hecho, nuestra enseñanza pública es muy mala si la comparamos con la de Tailandia o Corea, por citar dos países que no solemos tener en cuenta y que quizá consideramos atrasados. Ningún sistema educativo del Tercer Mundo permitiría pasar de curso con tres o cuatro asignaturas suspendidas. Nosotros sí. Y no sólo eso, sino que a veces hasta nos permitimos becar a universitarios que no consiguen aprobar todos los créditos de un curso.

Digo todo esto porque nosotros tenemos nuestra parte de culpa en el fracaso como sociedad que representa esta crisis, y el hecho de que muchos de nosotros no queramos ni oír hablar de nuestra responsabilidad individual en lo que sucede es otra de las muchas causas que la han desencadenado. Desde hace demasiado tiempo nos hemos dejado engañar por los peores representantes de esta sociedad y poco a poco hemos empezado a engañarnos a nosotros mismos. Desde hace demasiado tiempo hemos dejado de asumir que cada uno de nosotros tiene una responsabilidad individual y que su conducta repercute en la vida de los demás. Si llegamos tarde al trabajo, o si nos escaqueamos, o si falsificamos una baja, o si encubrimos a otro que lo hace, nunca pensamos que eso tiene un coste económico y que alguien más tendrá que hacer ese trabajo que nosotros no hacemos. Y por eso mismo nos hemos acostumbrado a las subvenciones, los subsidios, los grandes proyectos innecesarios y los actos institucionales que nadie sabía quién pagaba, aunque cualquier podría imaginarse que al final tendríamos que pagarlos entre todos.

Es cierto que nunca hemos tenido buenos ejemplos y que aquí todo el mundo ha actuado de una forma vergonzosa. Los jueces que se van de picos pardos a Marbella con cargo al contribuyente, los banqueros que saquean los bancos y encima reclaman indemnizaciones gigantescas, o los partidos políticos que gastan cantidades colosales en publicidad y en campañas electorales –la ruina de la cajas de ahorro tiene mucho que ver con eso-, además de colocar a miles de militantes en cargos públicos para los que no están capacitados. Sí, de acuerdo: estamos hartos de ver cosas así. Pero nuestro comportamiento tampoco ha sido ejemplar, aunque nos moleste oírlo.

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