28 de septiembre de 2017
28.09.2017
Málaga de un vistazo

Profesores (III) Lengua

28.09.2017 | 05:00

Nunca pensé que una asignatura pudiese marcar tanto. En mis clases de Lengua y Literatura solía estar presente sólo de cuerpo. Aquellas horas pasaban a velocidad de hastío; el tiempo se detenía. Se eternizaba. El libro, un ladrillo inconmensurable con cientos de actividades, se convertía en hipnótica fantasía onírica durante las lecciones de quien impartía la asignatura en mi colegio. Aún estando en primera fila, las clases eran canturreos lejanos indescifrables por la monotonía. Tuve la suerte de no congeniar con la persona que me daba esa asignatura. Sí, tuve suerte porque me llevó a detestar la Lengua Castellana. La detesté profundamente durante los dos años que duró el Bachillerato. La detestaba porque mi trabajo no tenía nunca recompensa. Estudiara o no estudiara, mi resultado era la misma mediocridad ergo decidí invertir mi tiempo en otras cosas. Seguí hojeando sin parar la tarde antes de los exámenes aquel bloque de granito que se me hacía indigerible. Era una forma de justificarme; de engañarme delante de aquellas páginas. Aquel cisne de Rubén Darío, aquella desazón del 98, aquella alegría truncada del 27€ No significaban nada para un adolescente que decidía contestar con brazos caídos a la inanición de su némesis. Sí, por primera y única vez sentí que mi profesor no era un facilitador en mi enseñanza ni en mi educación. A la persona que me daba Lengua y Literatura le debo tanto€ Consiguió que en aquella época Lorca, Neruda o Larra fueran sólo jeroglíficos para los que yo no tenía posible descodificación. Le debo que me permitiera pasar de puntillas por aquellos nombres que hoy son pilares en mi personalidad. Me permitió que con más vida cayeran en mis manos los poemas de Gil de Biedma o Ángel González, a quien dedicó un par de frases sin sentido; consiguió que despertara en mí la rabia del joven contestatario y, con ella, me convirtiera en un devorador de literatura castellana. La Lengua de Bachillerato fue el ojo del huracán, la calma entre una infancia plagada de libros –gracias a mis padres– y una juventud literaria que no cambiaría por nada del mundo. Gracias –creo–, profesora.

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