28 de diciembre de 2017
28.12.2017
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Lanza, una concreción de una visión del mundo

28.12.2017 | 05:00

Decía Ortega que en el siglo XIX la mitad de Alemania se emborrachaba con cerveza y la otra mitad con ideas, lo que no excluye, evidentemente, pienso yo, un subconjunto que fuese la intersección de ambos conjuntos. De modo semejante existe en España un número muy importante de españoles que viven en una borrachera permanente que alimentan con el alcohol de sus discursos.

Esos discursos están construidos mediante una especie de comunismo más o menos vergonzante y, sobre todo, mediante una percepción alienada de la realidad, que son incapaces de ver sino a través de la retícula distorsionadora de sus emociones y su fe, lo que vienen a denominar «ideología».

Naturalmente, esa red discursivo-emocional que se sobrepone a la realidad está hecha de componentes múltiples que no se dan en todos los individuos que participan en ella con la misma intensidad o gradación, pero que sí atraviesan el conjunto en grado variable.

La más sorprendente de esas componentes es la que niega el carácter de democracia de nuestra democracia y ve en ella componentes que llaman «franquistas» o «fachas». Como si no tuviésemos independencia judicial, garantismo total ante cualquier acusación, elecciones absolutamente libres, libertad de pensamiento y expresión (pero no de saltarse las leyes, claro), etc. Y llega ello al colmo del disparate cuando oponen a nuestra democracia las virtudes de la II República, aquel fracaso de convivencia que unos y otros de los henchidos de discursos hicieron lo posible por destruir. Pero, en menos abstracto y más en concreto, piénsese si hoy sería posible poner en pie una Ley de Vagos y Maleantes como la de aquella República o acabar a cañonazos del ejército con la proclamación de independencia de Cataluña. Es posible que muchos de los que predican con este discurso sean conscientes de la ficción que entraña, y que lo utilicen únicamente como arma de seducción y combate, pero es seguro que la mayoría cree, en todo o en parte, la fábula.

Entre los vectores emocionales y discursivos («ideológicos») se halla, en una parte no muy menor, la voluntad de eliminar las formas actuales de producción, de repartición de la riqueza, de la convivencia y de la política para construir una «sociedad nueva» (el eterno mito del «hombre nuevo» y de la «nueva sociedad», cuyas realidades y consecuencias tan bien conocemos), lo que va unido a una serie de pasiones negativas contra todos aquellos que no piensan como ellos, pasiones negativas que van del desprecio al odio, de la conversión en enemigos de los distintos a su cosificación como humanos carentes de humanidad. Naturalmente, ello no solo implica la conciencia de estar situados, frente a los «otros», en el ámbito de la bondad y la razón, sino, sobre todo, en el de la verdad en el presente y hacia el futuro. Y es esa creencia, entre salida ab imo pectore y fingida en la dialéctica del combate, la que explica su intolerancia y su vocación autoritaria, su no aceptación de la verdad de los otros y, por lo tanto, de la validez, discutible como todo en una democracia, de sus pretensiones, actuaciones o argumentos.

Lo que quizá sea más sorprendente de todo esto es que no son elementos marginales, hijos del lumpen o la necesidad, quienes sostienen estas posturas llamemos destructivas y atentadoras contra la sociedad construida «en la que la mayoría de los ciudadanos viven, ciertamente, como nunca se ha vivido en Occidente», sino «señoritos», gente con carrera, con dinero y, algunos, incluso, parte de un emporio empresarial. Y, si buscamos sus orígenes familiares, encontraremos a la mayoría de ellos en árboles familiares bien situados de toda la vida y, en no menor parte, de familias acrecidas durante el franquismo o a sus pechos.

Al modo en que de las aguas subterráneas acaban apareciendo esas concreciones calcáreas que denominamos estalactitas, de esos discursos y jaleado por ellos «sin olvidarse de los medios que construyen su negocio chapoteando en ese lodazal» ha venido a sustanciarse Rodrigo Lanza, condenado a cárcel por dejar tetrapléjico a un policía municipal de Barcelona y que está ahora acusado de haber atacado por la espalda, primero, y golpeado después hasta matarlo, a un hombre, Víctor Laínez.

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