02 de marzo de 2018
02.03.2018
Barraca y tangana

Porque queríamos

02.03.2018 | 05:00

Desde que existen las redes sociales ya nadie culpa de nada a los juegos de rol. Tampoco a los videojuegos ni a los recreativos. Quizá la próxima revolución que el fútbol tenga que adaptar vaya por ahí. Asoma una generación de futbolistas que ha pasado más horas jugando al Fifa o al Pro en la Play que viendo partidos en la tele o en el campo. Hay quien dice, aún con escasa base científica, que ese hecho tendrá impacto en el juego. Hay quien dice, y algún estudio ya lo avala, que además el fútbol seguirá siendo un juego muy intuitivo. Que los futbolistas toman las decisiones rápidas y por lo tanto importantes desde el inconsciente, gracias a las experiencias previas en situaciones similares. La toma de decisiones tiene más de intuición que de razón. Y el reflejo sólo se puede cambiar a base de repetición.

Si algo me repitió mi madre en el instituto era si necesitaba que me comprara condones. Pero mi madre no sabía que lo difícil no era comprarlos sino tener con quien usarlos. Lo fácil era dejarse de historias y dejarse llevar, y pasar las mañanas en los recreativos. Los nuestros se llamaban «Recreativos Pili», pero por allí jamás apareció ninguna Pili, por supuesto. El dueño se hacía llamar Jefe, en un alarde de originalidad y modestia. El Jefe era el Jefe: gordo, calvo y con un ojo de cristal. Era el personaje más fascinante que conocíamos, así que lo entrevistamos para un trabajo de clase. Allí di una de mis escasas exclusivas: el Jefe desveló que bajaba la persiana. El cierre de Pili resultó un drama a corto plazo y ayudó a que terminara el instituto sin repetir ningún curso, así que se podría decir, visto con perspectiva, que también ha sido un drama a largo plazo.

Para mí de chaval la gente se dividía en dos tipos. Lo mismo servía para los recreativos, para la placeta o para ir al fútbol. Los que tenían pinta de atracadores y los que teníamos pinta de ser en cualquier momento atracados. En Pili había un extraño grupo de mayores de edad. Se veía gente importante y uno tenía incluso un teléfono móvil del tamaño de un ladrillo. Aquellos adultos debían estar tan ocupados que por eso no tenían tiempo ni para comprar tabaco. Lógicamente nos pedían siempre cigarrillos y nosotros se los dábamos con respeto y obediencia, se los dábamos porque queríamos, eh, porque queríamos, no porque nos tuvieran acojonados ni nada de eso. A mí en aquella época me dio por fumar, más por hacerme el guay que por otra cosa, como me pasó luego con el whisky con hielo o el hardcore melódico. Pensaba sin temor a equivocarme que fumar LM Light acentuaba mi rebeldía. Lo mejor es que después de juveniles dejé de jugar a fútbol y entonces dejé también de fumar en un acto de absoluta coherencia y bonhomía (?).

El caso es que en Pili jugábamos sobre todo al futbolín. Mi pareja era el Vickies, que era el bueno, y mi misión consistía en no cagarla. Vickies era el único del instituto que era del Valencia, algo súper exótico en Castelló durante mi adolescencia. Ser del Valencia en mi instituto suponía renunciar a cualquier otro rasgo de tu personalidad. Vickies no podía ser Vickies el de la Vilavella, aunque lo fuera, ni Vickies el que tiene una moto pero solo le dejan llevarla en el pueblo, aunque así fuera. Vickies solo podía ser Vickies el del Valencia. A Vickies el del Valencia y a mí nos retaron un día los adultos a jugar al futbolín. Éramos los reyes de la pista, pidieron turno para entrar y no nos podíamos negar. Yo estaba convencido de que haríamos lo que se esperaba de nosotros: encajar una derrota digna y llegar a tiempo a clase, pero se rebeló en nuestro interior algo similar al orgullo. Algo que se podría llamar dignidad. Algo que solo podía traer problemas. Ganamos a los macarras y me sentí como aquellos que ganaron un partido a los nazis en Ucrania, creo, e incluso esperaba ya el momento para ser ajusticiado. Sin embargo, el adulto del móvil-ladrillo y el adulto random que lo acompañaba aceptaron la derrota y ya está. Perdieron y se fueron.

A partir de ese día, el adulto del móvil-ladrillo empezó a saludarnos con la cabeza. Yo devolvía el gesto de igual a igual. Germinaba ahí un algo que prometía capítulos gloriosos. Mis respetos: quién sabe, quizá si el Jefe no hubiera cerrado Pili al poco tiempo hubiésemos labrado una emocionante carrera conjunta en la delincuencia de baja escala, y yo ahora tendría una vida provechosa y no esta de periodista. Mi madre podría a su vez echarle la culpa a los recreativos, y el Vickies igual, a lo mejor y también, hubiera abandonado esa idea suya tan rara de ser del Valencia.

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