05 de julio de 2018
05.07.2018
Las cuentas de la vida

El final de un ciclo

El famoso tiquitaca no era más que la imaginación del fútbol ceñida al encuadre disciplinado de un estilo

05.07.2018 | 05:00

La España de 2008-2012 tardó mucho en gestarse. Tal vez medio siglo, si nos remontamos a los triunfos del Real Madrid y sus entorchados europeos; pero sería preferible ceñirnos a tiempos más recientes. Hablo lógicamente de fútbol. En los años noventa del pasado siglo tuvieron lugar dos revoluciones que impactaron enormemente. Una fue la Ley Bosman, que abolió el cupo de extranjeros comunitarios para los equipos europeos. Los clubes más importantes salieron beneficiados en contraste con los más débiles, incapaces de generar el capital suficiente para contratar a los jugadores estrella. La Champions fue ganando peso frente a las ligas nacionales. Pero el incremento de la competencia –al fin y al cabo, los mejores equipos podían conseguir ahora a los jugadores internacionales más cualificados sin muchas restricciones– optimizó la capacidad de juego de los locales. Es un principio básico de la pedagogía, que nos indica que nos superamos precisamente gracias a estar en contacto con los más competitivos. Y por rivalizar con ellos.

La liberalización del fútbol europeo no fue la única novedad que explica el éxito español en la siguiente década. También surgió una nueva cultura de juego, definida por el control y el toque rápido del balón, que simbolizó el Barcelona de Johan Cruyff –primero– y el de Josep Guardiola –después–, mejor que ningún otro equipo. Los noventa fueron años audaces en este sentido: se perfeccionó la estrategia; se profesionalizó la preparación física; se puso más énfasis en el manejo de la pelota, en la triangulación, en la apertura de espacios y en la velocidad del juego ofensivo. El Barça de Cruyff practicaba un jogo bonito muy distinto al brasileño de décadas anteriores. Porque, si hacemos caso a las palabras de Pío XIII en la serie El joven Papa de Paolo Sorrentino, «la bondad necesita la imaginación para no caer en el exhibicionismo». De forma paralela, también la calidad necesita ser imaginativa en el fútbol si quiere marcar una época.

Eso es lo que consiguió el Barcelona durante años y también España, al menos desde el momento en que Luis Aragonés –primero– y Vicente del Bosque –después– tomaron las riendas de la Selección. El famoso tiquitaca no era más que la imaginación del fútbol ceñida al encuadre disciplinado de un estilo. Tras ganar el Mundial de Sudáfrica, el New York Times se preguntaba si España había sido el mejor campeón de la historia y no dudó en responder que sí. Quizás no el equipo que hubiera reunido a los mejores jugadores, tomados de uno en uno, individualmente, pero sí el que defendía una concepción del fútbol más avanzada e innovadora sobre el campo. «Fútbol es fútbol», dijo Vujadin Bo–kov. Aunque, por supuesto, no todo el fútbol es el mismo fútbol ni obtiene los mismos resultados.

La derrota en Rusia marca el final de un ciclo que arrancó en esos lejanos años noventa. Perdura un concepto que ha quedado ya desnaturalizado, extraviado en la caricatura del manierismo. Fútbol lento, toque blando, una horizontalidad sin mordiente, un juego sin definición ni identidad; no porque se hayan perdido las raíces, sino porque se ha perdido la imaginación, que es el sostén de la creatividad. Se puede decir que España ya no cuenta con sus cracks y que la nueva generación de futbolistas simplemente carece de la calidad de sus predecesores. Es posible, pero aun así nuestros jugadores no son peores que los portugueses, los marroquíes o los rusos, y hemos sido incapaces de leer el fútbol mejor que ellos, a pesar de que nuestra liga sea incomparablemente superior. Los ciclos van y vienen; sin embargo, debe perdurar algo semejante a la personalidad. De la furia –¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!– al tiquitaca, la España actual sólo sabe ser ella misma desde un estilo que ha perdido su arquitectura interior y del que permanece –como en las frases hechas– apenas un escaparate: el lenguaje tópico de un fútbol que ya no provoca respeto. Ni gana batallas después de muerto. El alma de los equipos no se improvisa, por lo que llevará tiempo recomponer la cultura de una selección que ya no sabe a qué juega.

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