13 de julio de 2018
13.07.2018
Tierra de nadie

Otros

13.07.2018 | 05:00

Se dice que uno vuelve a nacer cuando sobrevive a un accidente grave, a una enfermedad seria o a la explosión de una bombona de butano. Una metáfora. Sin embargo, los niños de Tailandia atrapados en las profundidades de la tierra han vuelto a nacer de forma literal. Los ha parido una gruta con la asistencia de un equipo de especialistas porque se trataba de un parto múltiple y de alto riesgo. Para llegar al exterior han tenido que recorrer cuatro quilómetros de angosturas, hundirse en el líquido amniótico depositado por las lluvias en esas galerías subterráneas, y adaptar su cuerpo a las irregularidades de unas entretelas de carácter orgánico. La cueva que los secuestró los ha devuelto a la luz para que sean otros distintos de los que parió su madre. Ya nada será igual para ellos. Nunca. Durante el resto de su vida recordarán aquellos días en los que estuvieron casi muertos, con poco oxígeno, hambrientos, sin luz, en el interior del útero desde el que han regresado con asombro a la vida.

«Sin luz», acabamos de decir como si dos palabras bastaran para describir el grado de oscuridad en el que se precipitaron. Pero sin luz significa sin luz, percibiendo lo mismo con los ojos cerrados que con los ojos abiertos. Tal vez se los frotaran con los puños para percibir al menos los asteriscos luminosos que produce el cerebro cuando presionamos los globos oculares. Convertidos en bultos, tropezarían entre sí, como mellizos, sin reconocerse. Llorarían quizá al tiempo de palparse el cuerpo para certificar su existencia. Los pies, las piernas, el tronco, el cuello€ Tal vez recordaran las lecciones de anatomía a las que no habían prestado suficiente atención en la clase de Ciencias Naturales. Nueve días apretados unos contra otros, sin comida, aunque acuciados por las necesidades fisiológicas propias del aparato digestivo.

Tenían las palabras. Las palabras, en las situaciones límite, sirven para ver. Seguramente ´veían´ a través de las palabras que se intercambiaban como objetos. Las palabras, cuando no queda otra cosa, se convierten en cosas. Y de este modo se fueron cociendo, haciendo, espesándose como fetos en el interior de la madre. Quienes los vieron asomar por la boca de la cueva supusieron que eran los niños perdidos. Pero ya eran otros.

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