10 de noviembre de 2018
10.11.2018
Galaxia urbanita

Jane B.

10.11.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios

Señoras y señores viajeros: una avería en el sistema de iluminación interior del tren nos obliga a viajar hasta Córdoba sin luz artificial, tanto en clase turista como preferente. Cualquier queja o aprensión, no dude en comunicársela a nuestro personal, que ha sido provisto de linternas para espantar las sombras. Muchas gracias. Ladies and...».

El vagón va lleno. «Si no me hubiera pasado todo el finde con Emma, estaría todo hecho; pero claro, si no hubiera estado con ella, no tendría ganas de escribir...», se dice. La ausencia de luz en el tren no le importuna; hace un día esplendoroso, rebosante de sol. Tiene el tiempo justo para escribir un artículo sobre los últimos días de Jane Bowles en Málaga y un reportaje sobre el erotismo en la Granada nazarí, antes de llegar a la estación de Madrid-Atocha.

El tren arranca despacito. Decide empezar por Jane. Ha estado con Emma leyendo varios libros sobre ella y tiene el tema bastante fresco en la memoria; se trata de darles forma a las ideas. Recuerda una de las anécdotas que refiere una janebowlóloga; cuando convivía en París con Paul Bowles, Jane acudió a un conocido bar de ambiente, donde se enrolló por primera vez con una mujer. Pensó que a su marido, que tenía aventuras con hombres y mujeres, no le iba a importar mucho. Cuando se lo contó, Paul se enfadó y le propinó un bofetón. «Un tipo curioso el Sr. Bowles –se dice–, de esos a quienes les gusta fumar, pero les molesta el humo de los demás».

«¿Desea auriculares para ver la televisión?», le pregunta un joven. «No, gracias», le responde. Cuando Jane Bowles arribó a Tánger, vivió múltiples peripecias. Acabó compartiendo una casucha con una especie de bruja de la que estaba enamorada, aun a sabiendas de que esta intentaba envenenarla, al parecer, para arrebatarle el dinero que le quedaba. Era incapaz de dejarla, pese a que su salud se deterioraba día tras día; hasta que no estuvo muy mal no viajó a Málaga para intentar restablecerse: era demasiado tarde. Acabó sus días atendida por unas monjas, lejos de todo lo que amó. «¿Por qué las personas con tanta sensibilidad son tan frágiles? –se pregunta–. Debería promulgarse una ley que las protegiera, habría que hacer algo, no es justo». Se alegra de la ocurrencia, ha encontrado el leitmotiv del artículo: un ingenioso paralelismo entre la protección que se dispensa a las especies en peligro de extinción y la indefensión que sufren caracteres como los de la Bowles, Oscar Wilde y tantas personas como ellos.

Jane Bowles fue enterrada en una tumba sin inscripción alguna, en el cementerio de San Miguel. No hace mucho que se conoció la ubicación exacta de esta; una estudiante de la Universidad de Málaga indagó hasta encontrar el lugar donde reposaba la sufrida Jane. Al descubrir el sitio tan penoso donde se encontraba, decidió correr con los gastos y llevarse los restos a Marbella, donde ella residía. Le encargaría una lápida con su nombre y le llevaría flores y poesías. De nada de esto se hubiera enterado nadie, pero quiso la casualidad que un periodista escuchara a la chica hablando del tema con un amigo y lo publicara en la prensa.

La reacción de la intelectualidad local –que hasta entonces había pasado del tema– fue furibunda y desproporcionada; tacharon de histérica a la admiradora y de histórica a la admirada; el Ayuntamiento la volvió a enterrar con honores en el cementerio, cubriendo sus restos con una gran losa negra, con la inscripción «Cabeza de gardenia», que es como llamaba Truman Capote a Jane Bowles. Y ya es fama que el día del aniversario de su fallecimiento, en el homenaje que le prodigan poetas y artistas, el fantasma de Jane Bowles se acerca hasta su tumba, silencioso y vestido de época. Cuando la quieren llamar o hablar con ella, desaparece tras una esquina del camposanto sin dejar rastro.

Intenta ofrecer un abrazo a esa mujer tan especial que aun después de muerta levanta pasiones y polémicas. Se ensimisma, se sumerge en pensamientos contradictorios, mientras la oscuridad se apodera del tren, que entra en un túnel. Una mujer se sienta a su lado, no dice nada: es una sombra fría, elegante.

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