08 de diciembre de 2018
08.12.2018
Galaxia urbanita

Bizcocho de limón

08.12.2018 | 05:00
Ilustración de Carmen Larios.

Entro en la cocina de Bachir y un aroma delicioso a canela y matalahúva inunda mis sentidos.

–Eres un hombre con suerte. Es el momento de los limones– me dice.

Me acomodo en un taburete y contemplo la elaboración del bizcocho. Tras echar varias medidas de harina en un bol, Bachir añade aceite de oliva con la matalahúva rehogada, yemas, azúcar y canela. Comienza a batir los ingredientes, que van formando una mezcla consistente. Entonces, sobre la masa ralla un par de limones, que liberan su poderoso aroma. Me empieza a entrar hambre, recuerdo que desde el desayuno no he vuelto a comer. Trago saliva y carraspeo; me gustaría fumar, pero me contengo.

Bachir tapa el bol con un trapo y enciende el horno. Hablamos de música, literatura, política, astronomía. Le fascina el tema de la materia oscura, de tantas preguntas que hay fuera y del enorme esfuerzo colectivo que hemos de hacer para entender el universo, para entendernos entre nosotros.

A los quince años, Bachir entró a trabajar como jardinero para una familia española en Dajla, en la costa saharaui. Poco a poco, se fue ganando la confianza de Remedios, la matriarca de la familia. Mujer de gran carácter, había tenido que sobreponerse a la temprana muerte de su marido –unas fiebres contraídas en Guinea se lo llevaron– y sacar adelante ella sola a sus dos hijas. Prosperó y amasó una fortuna, pues era inteligente y perspicaz. En los turbulentos meses previos a la marcha verde decidió venirse a España y se compró una finquita en Torremolinos. Bachir no dudó en seguir con ella y la acompañó a la Península. Mientras ejercía de jardinero estudió y llegó a ser enfermero, de lo que ha trabajado los últimos treinta años. Nunca dejó de visitar a Remedios al menos una vez a la semana.

Las hijas de Remedios se criaron caprichosamente, primero con todas las comodidades de la vida colonial y después con el lujo que les permitía su desahogada situación. Eran bellas y bien educadas y se casaron con pretendientes en consonancia con su tren de vida. Bachir no supo o no quiso guardar las distancias y las trataba antes como amigas que como señoritas; estas, a su vez, se dirigían a él como a un criado y les exasperaba la naturalidad con la que se conducía Bachir. En realidad, eran personas muy diferentes, unidas y separadas por Remedios, que era de trato directo y amigable y que le había otorgado a Bachir una confianza sin cumplidos ni rangos. En cambio, modeló a sus hijas según los criterios estrictos de una educación clasista y estas no entendían de familiaridades con lo que ellas llamaban «la gente del servicio».

Bachir jamás ha vuelto a pisar el Sahara. Las noticias que llegan de allí le duelen a la par que le enfurecen y colabora activamente en la resistencia, enviando dinero o movilizándose en actos políticos. Uno de sus mejores amigos y su esposa, que acababan de tener una niña, desaparecieron tras una detención: nunca más se ha sabido de ellos. Bachir no dudó en traerse a Mayuba –así se llamaba la niña– y adoptarla. Pasaron los años, Mayuba estudió Medicina, se especializó en Ginecología y se fue a trabajar a Inglaterra. Ella sí acude cada año a los campamentos saharauis de Tinduf, donde asiste a sus compatriotas y enseña inglés. A Málaga rara vez viene, es Bachir quien viaja a Inglaterra para visitarla.

Cuando murió Remedios, Bachir sintió tambalearse el mundo: aunque no ha hecho el más mínimo comentario al respecto, quienes conocemos a Bachir tenemos la seguridad de que mantenían una relación íntima. A veces los silencios cuentan más que las palabras.

En el testamento, Remedios se acordó de Bachir. Y para alivio de sus hijas, no fue dinero ni propiedades lo que le legó, sino el limonero que se trajeron del Sahara. Bachir lo trasplantó con sumo cuidado y se lo llevó a donde vive ahora (por Fuente Olletas, cerca de donde estaba antes la antigua gasolinera). Allí ocupó el lado más soleado y privilegiado de su pequeño jardín, que da a la cocina, donde ahora el horno nos avisa que el bizcocho está listo. Bachir abre la puerta y ahí está, esponjoso y tentador. Como una historia de amor secreta.

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