14 de enero de 2019
14.01.2019
Tribuna

En defensa de Europa

14.01.2019 | 05:00

Stefan Zweig y Joseph Roth, dos de los más reconocidos escritores de la centuria pasada, compartieron los mismos tiempos y sufrieron ambos, como judíos, las funestas consecuencias de la ideología nacionalsocialista, al tiempo que fraguaron una intensa amistad, solo ensombrecida por las reiteradas reclamaciones de Roth hacia el vienés, instándole a implicarse proactivamente frente al fascismo, esa «filial del infierno en la tierra» como le gustaba decir. Stefan Zweig pensó, por el contrario, que el humanismo, el pacifismo y el enorme prestigio intelectual personal acumulado se erigían en un muro infranqueable para el nacionalsocialismo hitleriano. Su suicidio –junto al de su esposa– acreditan su error, y a la postre avala las tesis de su amigo Roth, menos iluso y mas visionario –a fuer de pesimista– con respecto al futuro inmediato de Europa. Aquella Europa heredera del imperio austrohúngaro, estable, culta y segura, fue liquidada por la locura nacionalista y la Segunda Guerra Mundial. De esa devastadora experiencia, los europeos de postguerra concluyeron que el mejor antídoto frente a los desvaríos nacionalistas y los populismos destructivos pasaba por la construcción de un proyecto paneuropeo sólido, basado en la colaboración, el consenso y la instrumentación de políticas comunes, desde principios democráticos innegociables. Esta es la Unión Europea que hoy conocemos, realidad que, no obstante sus deficiencias, nos ha regalado (también a los españoles) un largo periodo de seguridad, libertad y bienestar general. Sin embargo, el proyecto europeísta afronta –aquí y ahora– el reto más relevante de su historia, pues siente amenazada su propia supervivencia, acosado, una vez más, por el resurgimiento de los viejos fantasmas nacionalistas, de la mano, en la mayoría de los casos, de fuerzas políticas de extrema derecha, o movimientos populistas cuyos afanes comunes coinciden en la destrucción del proyecto, abanderando la renacionalización de las políticas. En una parte sustancial de los Estados que componen la Unión, partidos de extrema derecha con claro marchamo nacionalista –también en España (Vox)– están obteniendo respaldos crecientes de sectores de ciudadanos maltratados por la crisis económica y muy sensibilizados frente al fenómeno migratorio, convencidos de que la renacionalización de las políticas y la destrucción del proyecto europeo prometen un futuro más halagüeño. Estos cantos de sirena encuentran terreno abonado ante las inseguridades derivadas del déficit de gobernanza de la globalización (percepción de empobrecimiento) y los riesgos inherentes a un fenómeno migratorio supuestamente masivo e incontrolado, que deriva en un fortísimo sentimiento xenófobo, a partir de una calculada estrategia basada en la desinformación y la mentira. En España, tardíamente incorporada a la Unión Europea, por razón de nuestros avatares históricos, el triunfo de las tesis nacionalistas que patrocina Vox ¿PP? implica riesgos adicionales, por cuanto presenta particularidades relacionadas con su fuerte impronta autoritaria (con mengua más que segura de las libertades públicas), la destrucción de los consensos del 78 y su enfermiza misoginia. La ideología totalitaria se gestó y consolidó en la Alemania de los años 30, ante la pasividad, y el colaboracionismo de muchos alemanes y europeos, que rehuyeron el compromiso hasta que la catástrofe se tornó irreversible. Si al autor de El mundo de ayer (Zweig) le ofrecieran una segunda oportunidad, estoy seguro que, ante el escenario actual, que amenaza una cierta reedición de la historia, en su versión más tenebrosa, atendería el ruego que hace 80 años le formuló Roth para combatir con firmeza el nazismo emergente. El neofascismo sedicioso, que se está reactivando en toda Europa, reavivando nuestros demonios históricos, y amenazando seriamente con la liquidación del modelo de democracia liberal, puede y debe combatirse activamente, fortaleciendo el proyecto europeo para impermeabilizarlo frente a tentaciones nacionalistas disgregadoras, y ello pasa por interiorizar la enorme trascendencia de las elecciones europeas del próximo mes de mayo, en las que los ciudadanos estamos llamados a tomar la palabra al respecto.

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