12 de febrero de 2019
12.02.2019
Tierra de nadie

Revólver

El mando a distancia nos permite cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Tiene algo de pistola

12.02.2019 | 05:00

La pantalla de la tele tiene algo de espejo, pues refleja nuestros gustos. Somos lo que miramos. Tal es lo que pienso mientras veo un programa espantoso. ¿Por qué, si lo detesto, lo he elegido? Porque me veo en él como en el espejo de ascensor, donde tampoco me gusto demasiado (hoy más que ayer pero menos que mañana). Lejos de darme la espalda, sin embargo, permanezco observándome durante los ocho pisos que tardo en llegar a mi destino. Ahí estoy, fíjense, con el mando a distancia en la mano, amenazando, como si fuera una pistola, a la máquina, aunque sin apretar el gatillo. Pero del mismo modo que cuando alguien entra en el ascensor finjo no haber reparado en la existencia del espejo, cuando alguien irrumpe en el salón, pincho La 2 para hacerle creer que estaba en otra cosa.

El mando a distancia nos permite cambiar la imagen que tenemos de nosotros mismos. Tiene algo de pistola, como decíamos, aunque también algo de instrumento de cirugía estética. Seleccionar un programa de libros, por ejemplo, es como quitarse unas canas o estirarse un poco la piel de debajo de los ojos. Los españoles, como el resto del mundo, pasamos varias horas frente a ese espejo proteico que es la tele. Quien dice la tele, dice también la pantalla del móvil, donde nos observamos sin pausa. Tal es lo que hace la gente en el metro o en el autobús: buscar aquellas páginas de internet que la reflejan, aquellas noticias en las que se reconocen como Narciso se reconocía en las aguas del río. Narciso se gustaba porque era guapo.

¿Somo guapos nosotros? Como país, quiero decir, como colectividad, como grupo o tribu. ¿Somo guapos? Júzguenlo ustedes mismos tras repasar la variedad temática de los distintos canales de televisión. ¿Cuántos programas hay dedicados a la cultura, al pensamiento, a la sabiduría? En esa ausencia se encuentra la respuesta. Les faltarían dedos, en cambio, para contar la cantidad de espectáculos zafios, cuando no denigrantes, que nos ofrecen los responsables de la cosa audiovisual. Yo mismo estoy viendo ahora uno de ellos, con el mando a distancia pegado a la sien, como un revólver, para ver si hay suerte y acabo conmigo al apagar el aparato. Me detesto.

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