22 de mayo de 2019
22.05.2019
En solo 725 palabras...

La ocasión hay que crearla

22.05.2019 | 05:00

Nuestras pasadas elecciones generales han sido un claro ejemplo de lo que es una ocasión creada para un fin. La norma democrática creo las circunstancias que empujaron al presidente del Gobierno a convocar elecciones, creando así la ocasión para que el pueblo se manifestara. Hasta aquí todo claro. Lo que no queda tan claro es si el resultado de la ocasión creada habrá servido para algo a los que apostaron por ella. Cuando se comenten torpezas respecto de la ocasión ocurre, no solo que los medios terminan no justificando el fin, sino que el fin, en sí mismo, no se verifica.

A la ocasión hay que tratarla con respeto, porque es arrogante y altiva. Nunca da cancha a quienes no la merecen. A rebufo de esta aseveración, me pregunto si el título de este artículo no merecería un añadido, o sea, «La ocasión hay que crearla, si sirve para algo».

La vida, además de una constante elección, es un proceso en el que nada de lo que ocurre es gratis. Todo lo que hacemos a lo largo de nuestra vida cuesta, y no me refiero al dinero. Cada fin en el que nos vemos involucrados, por imposición ajena o por voluntad propia, responde a un pequeño o gran cúmulo de factores que actúan como sumandos en pos del propio fin. Así, los fines en los que nos vemos involucrados o en los que nos involucramos motu proprio exigen nuestros diezmos en forma de firmeza, esfuerzo, tiempo, disciplina, renuncia, sacrificio, dolor...

En lo personal y lo profesional, soñar es hermoso, pero, serendipias aparte, los sueños no se concretizan solos, sino que hay que crearles la ocasión, las ocasiones, para que los sueños dejen de serlo y muten en realidades medibles. Culminar una carrera universitaria, por ejemplo, exige elegir estudio y, con ello, esfuerzo y tiempo y disciplina y sacrificio en lugar de diversión. Solo así es posible crear la ocasión de finalizar la carera con éxito. Cumplir el sueño de compartir tiempo con nuestro mejor amigo o con la persona amada exige elegir renunciar a dedicar tiempo a otros menesteres o personas u obligaciones. Solo eligiendo en ese sentido es posible crear la ocasión para que nuestro sueño se haga realidad. La vida es un dispendio de diezmos y renuncias.

«No tengo tiempo» es un selfi verbal, una automentira universal perpetua. Nuestros días, los de todos, indefectiblemente tienen veinticuatro horas. Ni más, ni menos. Es la manera de priorizar en el reparto de nuestro tiempo lo que define nuestra incapacidad para crear todas las ocasiones que necesitaríamos para cumplir con todas nuestras obligaciones y sueños. Soñar con la ocasión que, por nuestra manera de priorizar, nos negamos a crear, más tarde o más temprano hiere o mata, así que el sueño o la obligación que la justifica deben ser apartados de nuestro calendario de sueños, hasta mejores tiempos o hasta siempre jamás.

El Turismo no escapa al razonamiento hecho. Los sueños fabricados con los primeros pasos del Turismo tenían dos componentes: la ilusión de volar lejos de la miseria y el lícito interés mercantilista. Después, solo el sueño del interés mercantilista se perpetúo. Un sueño, éste, cuya potentísima luz terminó afectando a nuestros ojos e impidiéndonos ver con claridad el misterio de la trinidad de la sostenibilidad y el de los tres factores distintos y el único fin verdadero que la componen y la definen. Durante la desordenada avalancha de almas turísticas de los setenta aprendimos un mantra mágico que desde entonces forma parte de la liturgia exculpatoria que nos impide soñar con la sostenibilidad en sus manifestaciones económica, medioambiental y social. Cincuenta años después aún no hemos encontrado tiempo para priorizar el sueño sobre el misterio de la sostenibilidad porque aquel sueño del interés mercantilista nos mantiene prisioneros de su mágico mantra.

-¿Sostenibilidad?

-¡Bueno, ya si eso, mañana, ¿vale...?!

Lo siento, he de interrumpir mis letras aquí, abruptamente. De súbito, se han presentado en mi despacho cinco palmos de criatura con siete años de femineidad en estado puro. Y, sin titubear, clavándome su mirada azul intensa, me ha preguntado:

-¿Por qué las moras negras son rojas cuando están verdes? -pero en francés.

Espero que comprenda, amable leyente, que con la ocasión surrealista que acaba de crear Nathalie, que sigue mirándome fijamente, uno no tenga ya cuerpo para encontrarle un final mejor hilvanado a este artículo...

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