21 de julio de 2019
21.07.2019
Las siete esquinas

No viajéis a ningún sitio

A la hora de pasar un control de seguridad, es la obsesión actual de los empleados por escudriñar los ordenadores portátiles, que por alguna razón misteriosa hay que sacar de la funda y meter en la bandeja, con lo complicado que es hacerlo al mismo tiempo que te quitas el cinturón

21.07.2019 | 05:00
Bowles odiaba los aviones, porque decía que viajar en avión era algo tan aburrido como ver la televisión

La última vez que tuve que pasar los trámites engorrosos del control de seguridad de los aeropuertos, me acordé de Paul Bowles, que decía que ya no viajaba a ningún sitio desde que ya no se podía viajar en barco, en aquellos lentos viajes que duraban semanas –o incluso meses– y en los que se podía viajar con varios baúles, un gramófono, un piano y hasta la jaula de un loro (así viajaron Paul y Jane Bowles a Centroamérica desde Nueva York). En cambio, Bowles odiaba los aviones, porque decía que viajar en avión era algo tan aburrido como ver la televisión, y eso que viajar en avión en su época –Bowles murió en 1999– era una actividad relativamente agradable, en la que no te obligaban a quitarte el cinturón ni los zapatos en medio de una aglomeración de gente histérica, ni pretendían que retorcieras las piernas como un faquir si querías encontrar una fórmula humana de meterte en tu asiento (que encima te había costado un suplemento especial por ser de amplio espacio).

Pero lo mejor de todo, a la hora de pasar un control de seguridad, es la obsesión actual de los empleados por escudriñar los ordenadores portátiles, que por alguna razón misteriosa hay que sacar de la funda y meter en la bandeja (con lo complicado que es hacerlo al mismo tiempo que te quitas el cinturón y la cartera y el móvil y las llaves y haces cola como si tuvieras que entrar en las duchas de un internado militar). Creo que ya he contado alguna vez que un policía de aduanas, en Lisboa, cogió mi ordenador, hizo tamborilear los dedos sobre la superficie y luego lo auscultó, tal vez con la esperanza de capturar la lejana música de las esferas. ¿Qué buscaba? ¿Qué quería? Yo sospecho que se aburría y se entretuvo un rato haciendo sufrir al pobre idiota que estuvo a punto de perder el enlace por culpa de aquella inspección. Y en realidad, si nos paramos a pensarlo, es difícil saber para qué sirven la mayoría de absurdas reglamentaciones que se nos imponen en los controles de seguridad, como no sea humillar a los pobres pasajeros y disuadirles de la insensata idea de viajar por un mundo en el que sólo van a encontrarse colas y aglomeraciones y turistas haciéndose selfies. Es como si un altavoz nos dijera, mientras caminamos torpemente sosteniéndonos el pantalón con una mano (ya que en la otra tenemos que cargar con nuestro portátil): "No viajéis a ningún lado, idiotas, ya no hay ningún sitio en el mundo que valga la pena ver".

Como sigo siendo idiota, hace poco estuve de nuevo en Tánger, y fui a ver el edificio donde vivía Paul Bowles –el Inmueble Itesa–, que ahora se había quedado engullido en una especie de urbanización de semilujo. Miré el balcón del tercer piso, donde Bowles tenía el famoso tiesto con la aspidistra en el que la amante marroquí de su esposa Jane, la temible Cherifa, había escondido un hechizo a base de uñas y pelo y nadie sabe qué más, pero el balcón estaba vacío y el piso que había sido de Bowles –aunque nunca llegara a ser su propietario– también parecía vacío. En la planta baja del edificio había un café nuevo, una pizzería y un locutorio de internet, como en cualquier otro sitio del mundo. Y al ver aquello me pregunté dónde habrían ido a parar los baúles que Bowles guardaba en el angosto recibidor de su piso, todos cubiertos de viejas etiquetas descoloridas de las compañías marítimas con las que había cruzado el Atlántico y que le habían llevado, en los años 40 y 50, a Ceilán –donde se había comprado una isla–, o a Estambul, Europa, el Caribe y Extremo Oriente. Una tarde estuve mirando aquellas etiquetas de las Méssageries Maritimes, de la Cunard White Star Line, de la Compagnie Maritime Belge. ¿Qué habrá sido de todos aquellos baúles? ¿Y qué habrá sido del Ford Mustang de Bowles, un Mustang del año 66, de color bronce, con el que Bowles iba a Correos a recoger la correspondencia y luego al mercado de Fez, y que conducía su chófer, Adeslam, que en los últimos años de Bowles se convirtió también en su administrador y en su cuidador y que se quedó con una parte de su herencia?

Una vez, hace muchos años, cuando fui en un taxi hasta la casa de Bowles, el taxista se despidió de mí diciéndole que le diera recuerdos a Bowles de parte de Abdesalam Boulaich, que había sido durante algún tiempo su profesor de laúd y que había escrito un libro, o más bien le había d ictado un libro – «Cinco ojos»– que luego Bowles había traducido al inglés. ¿Seguirá Abdeslam Boulaich haciendo de taxista en Tánger? ¿Se acordará alguien de las clases de laúd que alguien daba en el tercer piso de un edificio anónimo en el que ahora hay un café y una pizzería y un locutorio de internet? La próxima vez que tenga que pasar por el control de seguridad de un aeropuerto intentaré acordarme de estas cosas, y de los baúles con las etiquetas de las navieras, para olvidarme de que en ese mismo momento hay una voz chillona que grita en algún sitio: «No viajéis a ningún sitio, idiotas, ya no hay nada que valga la pena ver».

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