27 de octubre de 2019
27.10.2019
Mis días marinos

Sorolla en la Fundación Unicaja

27.10.2019 | 05:00
La muestra estará abierta al público hasta el próximo 30 de enero.

Hay días en que uno empieza a escribir su columna semanal con una innegable alegría, por tratarse de un tema especialmente querido, sean cuales sean las razones que le muevan a ello. Hoy es uno de esos días. El pasado lunes 21 de Octubre se inauguró el Centro Cultural Fundación Unicaja, en el bellísimo palacio de la plaza del Obispo. Y aunque sea temporalmente, por ahora, esto supone que tenemos una sede cultural de primerísimo nivel. Durante años hemos luchado por ello, sin terminar de encontrar el sitio, unas veces por las tremendas dificultades que encontrábamos enfrente y otras porque lo que nos ofrecían no merecía la pena. En esta ocasión, gracias a la generosidad y deseos de llevar la negociación a buen fin por ambas partes, particularmente de nuestro presidente Braulio Medel y nuestro obispo Jesús Catalá, la Fundación Unicaja y Málaga cuentan con un espacio expositivo, que reúne todo lo que cualquier gran entidad soñaría tener: una muy considerable superficie, un edificio histórico de excepcional calidad barroca, de un elegante y muy italianizante estilo en el que sobresalen la belleza de sus patios, la preciosa azulejería de uno de ellos con una logia serena y casi palladiana, con su pequeña fuente en el centro, rodeada de «almoraduj€ tan chiquito y cómo huele€», la soberbia escalera imperial, unas salas expositivas adaptables por su versatilidad a cualquier necesidad del más exigente equipo de curadores y montadores y una ubicación inmejorable, en la esquina de la calle por la que penetra el turismo en el corazón histórico de la ciudad y frente a la imponente fachada de la mole de la Catedral, que no le afecta empequeñeciéndolo, sino que lo complementa a la perfección, hasta en el contraste de sus tonalidades. Por cierto, la otra noche, cuando salimos de la inauguración comprobé que el conjunto de la plaza ofrece unas posibilidades escénicas extraordinarias, que no sé si alguien habrá calibrado. Puede convertirse en un verdadero teatro al aire libre, haciendo las pertinentes pruebas acústicas. Se imaginan representar El Gran Teatro del Mundo en las escalinatas de la Catedral, con su imponente fachada como decorado, o montar un Mesías en Navidad en el mismo escenario, haciendo que la plaza sea el patio de butacas y las hermosas balconadas del Centro Cultural fueran los palcos de la escenificación? Esto no es soñar, es perfectamente factible, si queremos. Y esto puede ser así, porque la intención de la Fundación es llevar a cabo allí, no solamente exposiciones de pintura, o escultura, sino también realizar todo tipo de actividades literarias, musicales, teatrales, etc.

Y aunque llegar aquí no ha sido un camino de rosas, hay que recordar porque es de justicia hacerlo, que la tantas veces criticada injustamente Fundación Unicaja ha llevado a cabo en los últimos veinte años una serie de realizaciones que han sido el germen de venturosas realidades, que hoy en día son de alguna forma, una de las patas sobre las que se asienta el sector turístico de la ciudad, esencial para el desarrollo de Málaga, aunque ya haya muchas voces que, con absoluta ignorancia, critican este hecho. Me gustaría saber de qué iba a vivir Málaga, según estas personas, sin el turismo y sin la cultura, que algunos llevamos décadas defendiendo, no solo porque sin ella el hombre es menos humano y peor persona, sino también porque habría que recordar lo que era esta ciudad hace cincuenta años. Miseria, abandono y suciedad exclusivamente, a los que siguió el desarrollismo constructor salvaje de cuyo peligro nunca se está totalmente libre.

Durante estos años, como decía, la Fundación Unicaja llevó a cabo «El Esplendor de la Memoria», como primera gran muestra de arte sacro en Málaga, que yo recuerde, y que ha culminado con «Pedro de Mena» recientemente. Y «Aspectos de la Tradición Paisajística Europea», con los primeros Canaletto y Guardi que llegaron a Málaga, procedentes del Thyssen de Madrid y «La Pintura Costumbrista Andaluza», que supongo que algo habrán tenido que ver con la existencia del Museo Carmen Thyssen en el Palacio de Villalón. Y las muestras dedicadas a Schultz Solar y Pettoruti, la primera vez que ambos artistas argentinos se exponían en España. Podría estar poniendo ejemplos hasta la saciedad, pero lo dejo aquí para no ser exhaustivo. Casualmente todos los ejemplos que he mencionado se celebraron en este edificio con éxitos rotundos. Y recuerdo que en la exposición del paisajismo europeo hubo que hacer dos ediciones del catálogo, que se agotaron y las colas eran comparables a las que cada Navidad llegaban a la esquina del Málaga Palacio, cuando celebrábamos los conciertos navideños. Todo esto son datos contrastables, no ensoñaciones, ni figuraciones. Y por supuesto que las administraciones públicas han llevado a cabo esfuerzos enormes para cambiar la ciudad, especialmente alcaldía, pero algunas instituciones privadas, como la que nos ocupa, no se han quedado atrás.

Para inaugurar el Centro Cultural, Unicaja ha puesto el listón peligrosamente alto. Y digo peligrosamente, porque a partir de ahora habrá que seguir esa senda, para no parecernos a las bodas en las que ponen al principio el vino excelente y después, cuando la gente está cargada, se pone otro regular. Esto tiene que ser como las bodas de Caná, como dice el Evangelio.

La exposición de Sorolla que puede admirarse en el Centro es realmente extraordinaria, esplendida. De un Sorolla poco conocido, viajero por todo el país con su cámara fotográfica –cuyos rudimentos aprendió de su futuro suegro– haciendo fotos, que después le servían de referencia a la hora de ponerse delante del lienzo, no para copiar, sino para recoger el ángulo exacto que quería pintar y cuya presencia y lectura se aprecia en los enfoques de algunas obras. Hay muy pocos niños en la playa y señoras de blanco al viento, como las velas de las barcas. Un Sorolla de una calidad y unas tonalidades matizadas, que van desde los grises y verdes del norte de la península, que por primera vez ensayaba –después de tantos blancos y azules– y en los que las sombras de los primeros planos dejan ver la luz de los fondos lejanos, a los ocres de Castilla, con Toledo como ciudad imperial y el Guadarrama, como su amigo Aureliano de Beruete le enseñó y Sorolla consideró como la espina dorsal de España, según su maestros Institucionistas, Francisco Giner de los Ríos y Manuel Bartolomé Cossío, pensaban, las solitarias llanuras de Castilla, alma de España, con la estética de la ausencia, también en la línea de los noventayochistas hasta llegar a luz cegadora de jardines y patios de Sevilla y los rumorosos patios de la Alhambra y Sierra Nevada al fondo con esas pinceladas alargadas y vigorosas. Sorolla vino a Málaga después, creo que hospedado en el hotel Hernán Cortes – más tarde Caleta Palace – y pintó a sus hijas y a su mujer, sentadas en las rocas de la inexistente playa, fascinado por la luz de esta ciudad.

Cualquier persona un poco versada en arte, o que sepa mirar un cuadro con perspectiva, descubrirá aspectos inéditos de un Sorolla poco conocido. Y ese es uno de los valores de la muestra. Junto con el comisariado de Carmen Pena, quiero destacar el personalísimo e inconfundible estilo de su montador Rodríguez Frade. Inicia la exposición con una cronografía realmente delicada y exquisita, aunque en algún momento reconozco que me perdí en su lectura. Pero dicho esto, sitúense en el ángulo primero de la exposición, que coincide con la esquina de dos salas y miren despacio atentamente, a los dos espacios y a los dos fondos que pueden observarse desde ese punto. Y hagan lo mismo en el siguiente, ya que la exposición tiene forma de U. Y al final, colóquense en el centro de la última sala, rodeados por los bocetos gigantes de la serie de la Hispanic Society de Nueva York, Tendrán la sensación de estar en el centro geográfico de España, sentirán que están enmedio de un circulo de campesinos de Castilla, que le observan fijamente, como testigos de una vida dura en el campo, obsérveles también a ellos, a sus indumentarias, a los aperos de labranza, a la artesanía de los cestos, de las mantas, de la orfebrería popular, que los componentes de la Institución Libre de Enseñanza amaban como muestra del espíritu de un pueblo y una nación, casi como William Morris, defendiendo el trabajo con las manos, con una cierta nostalgia ante el avance de la futura industrialización. Mi padre me dijo alguna vez que lo que dignifica al hombre es la tierra, el amor a la tierra. Hay mucho amor a la tierra en esta muestra. De ahí su nombre. Sorolla Tierra Adentro. Y acéptenme un consejo. No se la pierdan. Hasta el tono de las paredes y la estera de sisal que cubre el mármol blanco del suelo, le dan un aspecto de recogimiento y espiritualidad. Creo que iré a verla otra vez.

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