17 de noviembre de 2019
17.11.2019
La señal

España era una fiesta

"En Zaragoza, el general en la reserva Julio Rodríguez, se vistió deprisa y salió para la sede de Podemos con la secreta convicción de que ahora sí, ahora tendría sillón en el Consejo de Ministros"

17.11.2019 | 05:00
Julio Rodríguez.

El martes a media mañana, España era una fiesta. Cuando se conoció el «preacuerdo» -hasta la palabra tiene el charme de la izquierda- la buena nueva atravesó el país como un rayo. En todas partes era difícil disimular la euforia. Por fin, había acuerdo. Las parejas se abrazaban en el Parque del Retiro, Madrid; los amigos en la playa de La Concha, de San Sebastián; o en Sierpes, Sevilla, los transeúntes daban saltos de alegría; la Plaza de la Virgen, en Valencia, también estallaba de contento; y no digamos en el Mercado de La Boquería, Barcelona, donde a más de uno se le saltaban las lágrimas; la Plaza del Obradoiro, Santiago de Compostela, hasta fue escenario de un grupo de gaiteros que no se pudo contener; o en el Paseo de Las Canteras, en Las Palmas de Gran Canaria, los bañistas invadieron el asfalto para celebrarlo.

¡Hagan juego, señores!, parece que dijo el crupier de este blackjack nacional. Y Otegui se aprestó a sacar las fichas de su faltriquera, dejando ver una culata negra, y Pere Aragonés dijo el «y de lo mío qué», y Joan Baldoví y... fuera Carlos Puigdemont, Clara Ponsatí y Ana Gabriel y los demás huidos... -que unas horas antes habían celebrado el portazo de la Unión Europea a España en La Grand Place de Bruselas-. Y eso que a algunos todavía les embargaba la resaca de la madrugada del domingo electoral, como a Néstor Rego y a todos los demás del BNG, o de las CUP, casos de Mireia Vehí y Albert Botrán, recién diputados. Y los CDR, en la Plaza de Cataluña, hicieron uso de su destreza con los fuegos artificiales para satisfacción de todos. Hasta Torra se asomó, embargado por la emoción, al balcón del Palau de la Generalitat, en la Plaza de San Jaume. Su pensamiento no fue otro que, «por fin, ha costado trabajo con estas bestias, pero lo hemos conseguido, ha valido la pena».

En la cárcel de Lledoners, los presos independentistas no reprimieron su júbilo y desde la piscina o la biblioteca, donde despachan habitualmente sus asuntos, Oriol Junqueras, Jordi Turull, Joaquim Forn, Josep Rull, Raül Romeva, Jordi Sánchez y Jordi Cuixar no podían contener el alborozo. Más tarde, en la celda de Oriol, se brindaba por la República de Cataluña con cava Codorniú, que Freixenet es españolista. En la TV3 y Radio Cataluña, una presentadora rompió a llorar manifestando como pudo sus sentimientos contra los feixistas españoles.

Pero en otras cárceles, no les iban a la zaga en sus manifestaciones de esperanza los varios cientos de etarras condenados, que se reunían en cuadrillas para comentar lo sucedido con rictus muy expresivos de satisfacción por lo que el hecho significaba para ellos. Por los mismos motivos, los etarras diseminados por medio mundo marcaban en sus móviles números de España para preguntar qué estaba pasando. Para todos era una oportunidad histórica.

En Venezuela, despertaron al presidente Maduro para darle la noticia -ya muy contento de por sí por la llegada de Felipe VI a La Habana- y, rápidamente, en zapatillas, corrió por el pasillo hasta su despacho para informarse de lo que nunca creyó que podrían conseguir sus muchachos en Madrid. Pero era verdad.

En Zaragoza, el general en la reserva Julio Rodríguez, se vistió deprisa y salió para la sede de Podemos con la secreta convicción de que ahora sí, ahora tendría sillón en el Consejo de Ministros. El gran Echenique le había dicho la noche anterior que todo era posible, que estaban en ello, al fin y al cabo Rodríguez ya había servido con entusiasmo a las órdenes de Carmen Chacón.

En Málaga, en La Farola de Cervantes -recomendables sus pescados y mariscos-, un periodista, una funcionaria, un abogado, un empresario y un profesor llevaban años hablando, y hasta escribían, de los nuevos bárbaros que se acercaban al galope entre una nube de polvo con el Gran Khan a la cabeza. Ahora, ya estaban aquí. Uno de ellos sabía que lo vería en esta vida y recitaba en voz baja aquellos versos de José Moreno Villa:

Éste es el frente; aquí no hay
el menor asomo de juego.
Ya no valen literaturas;
éste es el frente duro y seco.
Es la bala y el cuerpo humano.
Es la tierra y el cuervo siniestro.
Es la cabeza y es la mano.
Y es el corazón contra el hierro.
Es subir y bajar cañones
por lomas atónitas de miedo.

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