27 de septiembre de 2020
27.09.2020
La Opinión de Málaga
Mis días marinos

Señas de identidad

Aleixandre vuelve a Málaga, su ciudad madre y la nuestra. Y con él regresa el sueño de que esta vuelva a ser la Ciudad del Paraíso. Es una señal de no desfallecer en la lucha contra la tragedia que nos asola, de que nuestra ciudad madre es fuerte y ningún soplo de eternidad va a poder destruirla, de que resurgiremos de las cenizas de la muerte y la ruina

27.09.2020 | 05:00
El famoso poema de Vicente Aleixandre, premio Nobel de Literatura, se colocará en el muro de la Travesía Pintor Nogales.

Tres años y medio de espera no es mucho tiempo, si de lo que se trata es de plasmar para siempre en una pared de una calle que tiene nombre de un pintor malagueño, entre dos monumentos tan simbólicos que uno de ellos figura en el escudo de la ciudad y el otro se ve desde cualquier punto del centro histórico, los versos de un poeta grandioso, pero escasamente conocido entre sus conciudadanos, que definió mejor que nadie lo haya hecho nunca las señas de identidad del mundo de su infancia: la ciudad del paraíso. Tres años y medio no es poco tiempo para cualquier cosa, pero no es un periodo tan prolongado, si de lo que se trata es de algo más que fijar unas líneas en un muro. No, no es mucho tiempo, porque en un mundo amordazado y enfermo y despersonalizado, en el que un vulgar edificio puede estar tanto aquí en el centro de la bahía, como en las afueras de Albacete, o Badajoz, es imprescindible fijar y recordar constantemente lo que somos, por qué lo somos, desde cuando somos así y reflexionar si debiéramos tomar algunas medidas para eliminar lo que no nos gusta de nosotros mismo. Por ello, cuando algunos muchos clamamos contra la destrucción de restos arqueológicos que todos sabemos que no son el Partenón, ni el Coliseo, ni la Mezquita, ni la Alhambra, pero tienen el valor de ser nuestras señas de identidad. Y lo hacemos con la firme convicción de que destruirlos no es sino renunciar a nuestro ser, borrar nuestro pasado, eliminar algo que, aunque no sea extraordinariamente valioso desde un punto de vista artístico, es el relato de lo que hemos sido durante toda la Historia. Una ciudad comercial, emprendedora, dinámica, cosmopolita, mediterránea, escandalosa, ruidosa, sucia, todo eso y más, pero una ciudad en la que merece la pena vivir, una ciudad alegre, que trae a la mente de forma anticipada lo que imaginamos como el paraíso, suponiendo que ese lugar exista. Y eso es bueno. Como es bueno que unos jóvenes se dediquen a buscar por las calles las señas de identidad de nuestra arquitectura, o que un señor se enamore de esta tierra hasta el punto de mostrar aquí y ahora, sin ayuda alguna de nuestras variopintas y múltiples administraciones, su extraordinaria colección de vidrios y cristales, reunidos con amor desde su más tierna infancia. Porque como siempre, la clave está en el amor.

O en el desamor. Los símbolos y las señas de identidad son tan extraordinariamente importantes, que unos individuos, creyendo que las urnas legitiman para cometer cualquier tropelía, van a despachar con el Rey en vaqueros raídos, camisas sucias y sin peinarse, aunque después posen para Vanity Fair. O se nieguen a levantarse – allí empezó el desastre – cuando pasa delante de ellos la bandera del imperio, en una muestra de descortesía, en la que no se sabe qué es mayor, la zafiedad mal educada, o la ignorancia estúpida. Y no digamos nada, cuando un gobierno, que se sostiene gracias a su alianza con aquellos cuyo único fin es la destrucción de la nación sobre la que gobiernan, prohíbe que el Rey, que todavía es el Jefe del Estado y que el artículo 56, párrafo primero de la aún vigente Constitución, define diciendo que «es el Jefe del Estado, símbolo de su unidad y permanencia, arbitra y modera el funcionamiento regular de las instituciones, asume la más alta representación del Estado Español€» Bueno, pues a pesar de ello, este gobierno, que jamás hubiera llegado a gobernar sin la holgazanería rajoyana y sorayesca, ni con otra ley electoral algo menos disparatada de la que nos rige, según la cual un señor elegido en Teruel por cuatro mil personas, tiene el mismo valor en el Congreso que uno de Madrid que necesita cien mil votantes para sentar su trasero en el escaño, este gobierno, insisto, prohíbe al Rey que asista en Barcelona –que aún es parte integrante del aún Reino de España– a un acto de entrega de despachos a los nuevos jueces, quienes muestran su indignación gritando todos juntos «Viva el Rey», con el consiguiente cabreo bíblico de un tal Campo, al que le ha tocado la cartera de Justicia en la bonoloto política.

Todo esto son símbolos, que definen un modo de ser, de existir y de vivir. Por eso, cuando algún pretendido intelectual habla de la bandera como un trapo, hay que pegarse a la pared. Porque no es casual que el morado sea el color del símbolo del partido político que oculta sus extraordinarias carencias intelectuales y de gestión y de simples conocimientos del funcionamiento de la administración, atacando grosera y zafiamente al Rey, porque este es el símbolo que piensan destruir, utilizando una franja morada, un trozo de tela, en la bandera nacional. Cómo puede dudarse de la importancia de los símbolos y de las señas de identidad? Teniendo como tienen todo el derecho del mundo en ser republicanos, no utilizan el camino marcado por la Constitución para traer el cambio de régimen, no solo porque saben que por ahí no van a lograrlo, sino porque rechazan abiertamente la Constitución con arreglo a la cual gobiernan. Y los bildutarras hablan de la Corona, como un símbolo del pasado, algo arcaico y trasnochado, olvidando o desconociendo en su absoluta ignorancia que sus pretendidos derechos históricos son tan trasnochados como la monarquía pueda serlo para ellos, pero sobre todo, que esos pretendidos derechos se basan en el pacto de vasallaje con el Rey de Castilla. Sin ese vasallaje, esos derechos no existirían. Y los catalanes independentistas, colmo y arquetipo de la falsedad y el mercantilismo, claman por la república, basándose en una guerra civil entre dos candidatos a la corona, y depositando una corona de flores en el monumento a un señor, Rafael de Casanovas y Dalmases, que jamás en su vida fue independentista, ni republicano. Simplemente apostó por el caballo perdedor. En ambos casos, financiados, apoyados y silenciosamente respetados por las dos burguesías más insolidarias y miserables de toda España: la que vive en Neguri y la que habita en Pedralbes, banqueros, empresarios y comerciantes que corrieron a postrarse en actitud genuflexa ante Franco y así permanecieron durante cuarenta años.

Y esto es lo que hay. Porque tampoco parece que el pueblo español sea consciente de la que tenemos encima. No lo que se nos viene, que seguramente será peor, sino la que ya tenemos aquí. Una crisis social comparable a la del Noventa y Ocho, una crisis institucional y política similar a la de 1931, una situación económica, que poco a poco va asemejándose a la del final de la guerra incivil y una peste china, peor que las que asolaban Europa en el XVII. Y negar esto es negar la evidencia. Con un agravante terrible: el peor gobierno que España ha tenido en su historia, solamente comparable al de Don Rodrigo y el conde Don Julian – tan amado por Goytisolo – o al trío Carlos IV, Godoy, Fernando VII, con la inestimable ayuda de Maria Luisa de Parma. Esta semana la prensa francesa ha hecho un llamamiento casi unánime, impensable en la España de hoy, chabacana y cutre, apelando de nuevo a los conciudadanos «a las armas» como dice su hermosísimo himno nacional. Con ese lenguaje solemne, culto y civilizado, a la vez que comprensible para todo el mundo, cargado de amor a la Patria –no lo digo yo, antes de que me llamen fascista, cuyo origen desconocen el noventa por ciento de los que lo utilizan sin cesar, lo dice «La Marsellesa»– y a la libertad. Y a la vez profundísimo, Perded el miedo y salid a defender nuestra libertad amenazada, nuestra Constitución y nuestra Patria. Que no es otra cosa que defender a nuestras familias y a nosotros mismos. A nadie se le ha ocurrido en Francia, tildar este manifiesto, que cualquier persona honrada y libre puede suscribir, de fascista, ni extremista, ni racista. Porque se me olvidaba decirles que ese manifiesto no es sino un llamamiento a impedir que las libertades de Francia, tierra de acogida, sean pisoteadas y sustituidas por la ley islámica. Naturalmente, esto es impensable en la España actual. Primero porque no tenemos ese problema tan agudizado como nuestros vecinos. Pero tampoco la prensa española se atreve a lanzar un manifiesto de defensa del sistema y de las instituciones. Posiblemente porque ni se les ocurre.

Símbolos, símbolos todos ellos de lo peor de nuestro ser. Los de entonces y los de ahora. Por ello, me siento recompensado por los tres años y medio de espera. Porque los símbolos pueden ser positivos, o negativos. Y el que se va a colocar en unas semanas en la Travesía del Pintor Nogales, es un rayo de esperanza, tiene una extraordinaria carga simbólica en estos tiempos durísimos. Aleixandre vuelve a Málaga, su ciudad madre y la nuestra. Y con él regresa el sueño de que esta vuelva a ser la Ciudad del Paraíso. Es una señal de no desfallecer en la lucha contra la tragedia que nos asola, de que nuestra ciudad madre es fuerte y ningún soplo de eternidad va a poder destruirla, de que resurgiremos de las cenizas de la muerte y la ruina.

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