Desde la consolidación de la segunda revolución industrial a finales del siglo XIX, ha sido práctica habitual de las sociedades contemporáneas utilizar el crecimiento de los bienes de producción como medida del desarrollo de los diferentes países.

En España en general, y en Málaga en particular, la aparición de la industria turística a finales de los años cincuenta, ha tenido como medida básica de su relevancia social y económica el número de pasajeros que llegaban a nuestro aeropuerto, el número de camas hoteleras de la provincia, o el total de pernoctaciones de los viajeros.

Ha sido en estas primeras décadas del siglo XXI cuando se han incorporado como indicadores de la actividad turística parámetros como el gasto por persona o bien la contribución de la actividad al PIB o al empleo.

En cualesquiera de los casos, el crecimiento interanual se ha configurado como el factor de medida fundamental de la bondad de la industria turística en nuestro caso, de la industria automovilística o de la producción energética en otros escenarios de la geografía nacional.

Tanto por parte de los poderes públicos como de las instituciones, de las empresas y de la sociedad en general, se han utilizado como sinónimos los sustantivos crecimiento y desarrollo. Pero al día de hoy, nada nos parece más lejos de la realidad.

Es por ello que es necesario que entre todos reflexionemos sobre las externalidades de las actividades productivas de nuestro entorno. Que analicemos cuales de ellas se acercan más al modelo social en el que queremos vivir y en el que vivan nuestros hijos y nietos.

Es necesario que desgranemos los pros y los contras que las actividades productivas conllevan.

La trágica crisis sanitaria que vivimos y la gravísima crisis económica que le acompaña, es un buen momento para dichas reflexiones.

Desde Cruz Roja Española hace décadas que apostamos por un desarrollo dirigido a las personas, poniendo el énfasis en aquellos colectivos más vulnerables. En un desarrollo respetuoso con el medio ambiente, que no deprede en apenas unas décadas los recursos naturales que necesitaron siglos para conformarse.

En un desarrollo igualitario y equitativo que amortigüe las desigualdades entre países y ponga freno a la terrible crisis migratoria que presenciamos día a día. En definitiva, en un desarrollo focalizado en el ser humano, sin distinción de género, nacionalidad, raza o cultura.

Para ello Cruz Roja Española viene trabajando en los Objetivos de Desarrollo Sostenible, ODS, impulsados por Naciones Unidas, como compromiso colectivo en el que enmarcar nuestro día a día, y sobre todo como marco en el que planificar nuestra acción humanitaria de futuro a corto y medio plazo.

En este análisis en torno al desarrollo no podemos olvidar que los dos primeros epígrafes de los ODS ponen el énfasis en la erradicación de la pobreza y del hambre en el mundo, cuestiones que nos deben hacer reflexionar sobre cuál debe ser la prioridad de la verdadera sostenibilidad.

Ya que crisis como las que vivimos, nos hacen pensar que, a veces, el crecimiento es el principal enemigo del desarrollo.