El 23 de abril es una fecha señalada porque se recuerda la existencia de un objeto, muy preciado por un amplísimo número de lectores -aunque nunca serán suficientes- y por coleccionistas, bibliófilos, bibliotecarios, editores y, cómo no, escritores. Pero ese día no debería representar el libro en sí como objeto físico sino todo aquello que sea reflexivo y creativo, mediante la palabra, real o ficticio. A menudo escuchamos que gracias a los libros viajamos a otros mundos y a otras épocas. En este caso quisiera hablar de la experiencia narrada, mediante palabras, que bien podría ser la secuencia o el capítulo de una novela autobiográfica o irreal. Tampoco me voy a detener para retocarla. Deseo que sea algo fresco, espontáneo y, por consiguiente, sincero. Dejemos la rosa como está. Juan Ramón Jiménez (JRJ) dixit.

Mi rutina consiste en salir a caminar, a diario a ser posible; ese viernes no iba a ser menos, incluso iba pensando en los libros que últimamente había leído, cuyos autores habían sido laureados con el Nobel o el Príncipe de Asturias. No voy a referirme a él y a ella porque no viene al caso.

Hube de sentarme en el primer banco que hallé en mi camino, pues un punzante malestar de estómago empezaba a manifestarse sin «venir a cuento». A veces los autores necesitamos recurrir a este tipo de situaciones para decorar la trama. Parecía que se atenuaba, pero a los pocos metros se inició una nueva metralla de insoportable dolor. Primero me senté en el pretil del paseo marítimo de Fuengirola para descansar y tomar aire. Suponía o quería creer que tan solo necesitaba descansar. Lo extraño es que aquello iba a más. Me desplacé unos cuantos metros, zigzagueando, hasta las tumbonas más cercanas y me eché boca arriba sujetándome la boca del estómago. Aquella intensa situación, cuyo dolor iba in crescendo como una sinfonía de Beethoven, se me iba escapando de las manos, nunca mejor dicho, pues yo seguía hurgando ahí dentro como si estuviera emergiendo algún alien, igual que en ‘El octavo pasajero’. Todo podría ser el aderezo de una escena en el que protagonista de una novela es denostado por el mundo y por la sociedad, después de haber cometido alguna atrocidad como la de Raskólnikov. Así fue, más o menos. Cuando aquello ya podía ser calificado de insoportable regresé al pretil y allí mismo caí desvanecido, no por un ingenuo mareo, sino porque sentía algo parecido a una puñalada que te perforaba el estómago. Con una mano intentaba teclear el 112 y con la otra me cogía el vientre con ímpetu. Iba embebido como un indigente borracho o quizás lo mismo que un toxicómano que está siendo devorado por el mono. Tampoco culpo del todo a los transeúntes que pasaban de largo o se alejaban como si fuera un apestado. No podía emitir palabras de auxilio en esos instantes. Cuando pude pronunciar sonidos, logré balbucear «envíen una ambulancia, por favor, me muero». Caminé trastabillado hasta el rincón del chiringuito Martín Playa y recordé vagamente a mi pobre perra cuando se alejaba para ocultarse bajo los arbustos del jardín. Eso dicen, que los perros, cuando presienten su hora final, buscan un refugio, seguramente para no ser percibidos por los predadores ancestrales. Escuché la voz de dos trabajadoras de dicho chiringuito que a la sazón salieron a socorrerme, podrían ser dominicanas o peruanas, en cualquier caso no eran españolas ni se trataba de los turistas extranjeros que suelen caminar por los paseos marítimos. Ahora podría hacer un inciso ideológico: los actos hablan por sí solos. Estas mujeres me sentaron, me refrescaron y me ofrecieron agua. También llamaron a la policía y gracias a ellas acudió una ambulancia que me llevó directamente al Centro de salud Las Lagunas. El trato allí fue humano y amable, por lo que empezaba a creer nuevamente en la Humanidad. Podría volver a hacer un inciso ideológico al comprobar, conforme recuperaba la consciencia, lo deteriorada que está la SS si la comparamos con la sanidad privada a la que yo pertenezco porque mi colectivo me ofrece esa posibilidad. Necesitaría una remodelación de todo el cochambroso mobiliario y una capita de pintura sobre las descoloridas paredes. Y mira que yo no soy tiquismiquis en estos asuntos, aunque mis hermanas siempre han dicho que soy algo hipocondríaco, eso sí, quizás no les falte razón, pues llegué a pensar que lo del dolor infernal era un trombo producido por la AstraZ, esos que dan al 0,00001. Los hipocondríacos, como Woody Allen, suelen ser enfermos imaginarios o tiquismiquis al estilo Molière. «Me tocó la bala de la ruleta rusa», pensé abrumado por los estertores de la parca. Aunque el diagnóstico se lo ofrecí yo mismo a los celadores y enfermeros: se habrá roto o se habrá desplazado la malla que obturaba la hernia umbilical.

El relato va llegando a su desenlace, que concluirá cuando me sometan a una nueva revisión y cuando mi mente, a veces misántropa, otras altruista, como la de casi todos los humanos, alcance un moderado equilibrio para pensar que todos somos solidarios y debemos ayudarnos ante las situaciones adversas o, por desgracia, iremos encaminados a nuestra propia extinción. Pero también me da por pensar que eso no resultaría ya tan grave. El planeta seguiría existiendo, mucho más limpio, sano y natural. De momento, me acercaré al chiringuito para agradecerles a aquellas señoras las muestras de empatía y de humanidad que mostraron.