Desde el Peñón del Cuervo contemplo los treinta y un destellos de su luz de acogida. Emilio Prados me evoca: «¿El barco?/ ¿La piedra?/ ¿El sol?/ (Silencio) / En la noche abierta / todo huele a corazón/ ¡El barco! / ¡La piedra!/ ¡El sol!», en las orillas de este sur donde el ser desea regresar siempre y acariciar el mar donde la ternura fue suya un día. Te veo y me miras acompañando mis pasos por este deambular esencial de una Málaga determinante, de la urbe que iluminas; cómplice en los días de una juventud bisoña con aromas a besos encontrados bajo tu centellear bicentenario. Al igual que la griega Tea – divinidad de la luz, hija del Cielo y la Tierra, madre de Helios (el Sol), Eos (la Aurora) y Selene (la Luna) –, La Farola continúa siendo testigo singular e iluminado de nuestra propia historia y nos sigue alumbrando con su pertinaz claridad, hoy en día un tanto anublada por el pesar de la intensa incertidumbre que le rodea en esta época de intrigas perniciosas ante su futuro devenir. Esta legendaria atalaya de percepciones, construida con las piedras inmemoriales de Gibralfaro, tras una generosa vida algo alterada por el terremoto de 1884, el lapso de la Guerra Civil…, a sus 204 años los cuales se conmemoran este domingo, día 30 de mayo a las 11 horas, está padeciendo una encrucijada diseñada por el paradójico y controvertido proyecto del rascacielos del puerto, auspiciado por unos pocos en pro de un concepto muy tergiversado de modernidad y progreso carente de argumentos técnicos concluyentes. Frente a esta presunta expoliación de uno de los bienes de nuestro Patrimonio Histórico y en defensa ante «los riegos que para el paisaje de la ciudad pueden presentar estas construcciones», estamos a la espera de las actuaciones precisas, en el ámbito de las competencias propias del Ministerio de Cultura, para poder solventar esta alarmante disyuntiva. La Farola huele a corazón, no dejemos apagarla.