El volcán es un enigma, una pregunta que no se responde, un jeroglífico ruidoso y una antena. El volcán es una antena que emite en baja frecuencia y se conecta con otras islas, con otros continentes. El volcán lo conecta todo. El volcán es una joya y un drama, historia y futuro, palabras de ceniza, colada y fuego, memoria de humo y un directo en el informativo de Piqueras que engancha. El volcán son palabras, preguntas y un teatro que todo lo sepulta, que nos sepultará tarde o temprano. Un monstruo ciego y torpe que oscureció la arena de las playas hasta hacerlas de noche.

Desde pequeño, creo que fui un niño muy imaginativo o eso dice mi madre, tuve la teoría de que todas las islas eran volcánicas y que esos volcanes eran antenas de telecomunicaciones. Unas antenas que conectaban la isla, de La Palma, por ejemplo, a través de pasajes secretos y, a su vez, esta isla con el resto de su archipiélago y más allá; pensaba que estas islas, que eran volcanes y antenas, se unían de la misma manera con el continente más cercano, África, y así, a través de repetidores y de ondas concéntricas, pasillos y túneles, conseguían tejer una red subterránea de información que conectaba todo el mundo por mensajes cifrados. Muy imaginativo, ya digo.

Estamos viendo en directo la historia del planeta, la fabricación artesana de laderas y deltas, ríos de lava, brazos de fuego que rodean los riscos, las atalayas y las plataneras, empujando el mar hacia atrás, como nos explicaron en los libros verdes de Santillana y veíamos en los documentales de La 2. Ahora lo sufrimos en directo, temblamos y nos anudamos al peso de la emoción de la destrucción que construye y una construcción destructiva. De alguna manera, estos días somos astronautas del tiempo frente al abismo de la historia. De alguna manera, como cantaba Aute, asistimos fascinados a la arquitectura del tiempo y, si nos fijamos con atención, mirad bien, mirad, podemos ver nuestro pasado y nuestro futuro, a la vez, en una perfecta orquestación. Mirad la tele, ¿lo véis? Piqueras dice que sí porque es verdad.

El volcán, que es una antena que emite mensajes cifrados, ha despertado. Ruge con la fuerza de un león gigante, o el monstruo sombra de Stranger Things, ciego y torpe, y nos estremece antes de la cena. Un ruido que desvela a los palmeros en mitad de la noche y un humo oscuro con la fuerza de un titán invencible. La Tierra se construyó así, como ahora vemos atónitos frente a la tele, estremeciéndose, sepultando láminas de tiempo, erupcionando, rasgando la roca para volver a fundirla, una y otra vez, y otra vez, y otra, durante miles de siglos hasta este momento. No somos especiales. Solo somos parte de un proceso geológico, actores secundarios.

El volcán son palabras. Palabras fundidas y expulsadas con fuerza contra el viento alisio. Palabras como tremor, magma, fumarola, lapilli, piroclastos o coladas de lava. Palabras, que aprendemos viendo a Piqueras y repetimos el domingo en casa del suegro. Palabras como miedo, pena, oscuridad, ceniza, tierra, monstruo, belleza… El volcán expulsa palabras como piedras sobre el mar, palabras estrambolianas, técnicas y dadaístas, gaseosas, de lava y temor. Con esas palabras, nosotros que somos astronautas del tiempo, construimos el relato de un nuevo espacio. Así ha sido, es y será.

El volcán es un misterio, ya digo, una pregunta, un jeroglífico ruidoso. No sabemos lo que hará en los próximos tres días o tres meses o tres años. Sólo tenemos la certeza del que apenas sabe nada y la sospecha de que terminará sepultando parte del todo una y otra vez, una y otra vez, y otra... El volcán es un drama que sepulta, que ruge violento hasta robárselo todo a las familias, pobres palmeros, devorando sus casas, su memoria, su trabajo, hundiendo en las profundidades del magma sus sueños, hundiéndolos hasta convertirlos en pesadillas negras y llanto.

Concluyo. El volcán es una antena que lo conecta todo, un drama, un espectáculo, un misterio, palabras… Un ejemplo de cómo fue la tierra, es y será. La Tierra, que fue un planeta convulso sacudido por la actividad sísmica y volcánica, vuelve a enseñarnos las garras y, hechizados ante las noticias de Piqueras, con su cara de póquer, nos estremecemos e intentamos empatizar con los que lo han perdido todo. Qué pena. El volcán es un enigma con una pregunta diaria: ¿cuándo terminará todo?, nos decimos, y uno no sabe si el final llegará cuándo se apague el fuego y el humo del cráter o cuándo se vayan las cámaras de la tele y dejemos de estremecernos a la hora de la cena. La historia del planeta. Ya digo, muy imaginativo.