El otoño habla el mismo idioma sincero que Miguel Romero Esteo (Montoro, 1930-Málaga, 2018), el penúltimo genio con el que nos volvimos locos. El otoño le canta a este dramaturgo. En la estación vigente, se escribió tanto el prólogo como el epílogo de su inquieta biografía. Despertó al mundo un 23 de septiembre y le dijo adiós en el ocaso de noviembre. De ahí que, cuando el almanaque camina entre ambas fechas, el olvido sea expulsado por la asociación malagueña que lleva su nombre, a través de veladas como las que están evocando la poesía y la música que derrama su teatro. 

La grandeza del vasto legado de Romero Esteo probablemente resida en su versatilidad. Y, por ende, en las múltiples aristas que lo mantienen vivo en la memoria de quienes un buen día tuvieron la enorme suerte -como fue mi caso- de recibir alguna señal que te transportara a su vida, a su obra o, en definitiva, al viento que sopla gracias a la libertad. De Miguel te acuerdas siempre y, cuando no es el caso, cualquier situación enciende el intermitente para que así sea. Él está omnipresente en infinitos trances vinculados a la literatura o incluso al periodismo; en la mera admiración de un sombrero de verdiales; o en los recuerdos imborrables de quienes fueron sus alumnos en el taller de poesía de esa Universidad de Málaga (UMA) a la que, en un momento dado, le vino grande su imparable torrente de sabiduría.  

Mi relación tan guadianesca como intensa con su inclasificable universo es uno de los tesoros más preciados que guardo del acercamiento juvenil al mundo de los periódicos y la cultura. 

Quizás por eso, estoy deseando volver a encontrarme por la calle con el director de teatro Rafael Torán para seguir la conversación por dónde acostumbramos a dejarla. O sea, por esa admiración a la travesía de este ‘escritor total’ que ‘Rafa’ vivió en la primera línea de la amistad; y yo desde esa tímida distancia que eliges cuando te deslumbra la estela auténtica de un intelectual irrepetible.