Diseño

Pintarle el rostro a los libros

Pepe Moll, con más de 1.000 cubiertas para Alba Editorial, desvela los secretos de una labor casi desconocida

01.02.2014 | 16:12
"El amante del libro es una cosa seria", asegura Pepe Moll.
"El amante del libro es una cosa seria", asegura Pepe Moll.

Una obra literaria es también el conjunto de las cubiertas que nos la han presentado a través de sus sucesivas ediciones. Es la fachada de los volúmenes la que en primer término solicita nuestra aprobación, la que nos invita a quedarnos entre sus páginas. De esa impresión inicial, de esa cortesía de la presentación, depende en ocasiones que decidamos o no zambullirnos en la letra impresa. Acogedoras de la mera tipografía espartana o de la sofisticada obra de arte, las cubiertas y portadas de los libros son esos lienzos en los que tantos autores, editores e ilustradores han depositado sus ilusiones de conquistar al lector.

El ilustrador Pepe Moll tiene en su haber más de mil cubiertas, la práctica totalidad del catálogo de Alba Editorial, donde trabaja desde 1995. Una labor en la que lo creativo debe sopesarse con consideraciones de línea editorial y de mercado. «Es un trabajo entre el editor y el diseñador», comienza explicando, «el primero da su visión del libro, porque cada libro se puede enfocar desde muchos ángulos. Él tiene pensado a qué mercado quiere llegar. Además, es importante que la editorial mantenga su coherencia visual. Que, hagamos lo que hagamos, se siga reconociendo el sello. Yo no debo alejarme de la línea de imagen que hasta ahora se ha creado».

Hay también toda una faena de tanteo, de palimpsesto y vías muertas, que acaba haciendo del diseñador un eventual coleccionista de borradores: «He diseñado mil y pico cubiertas, pero no se pueden imaginar cuántas existen que nunca vieron la luz. Igual he hecho 10.000. A veces el trabajo se encalla, cuesta mucho porque no encuentras lo que buscas o no existe, pero bueno, finalmente se consigue aunque se pueda tardar tiempo probando y enfocando por otro lado».

En el caso de Moll, las particularidades de la propuesta de Alba, con amplias colecciones dedicadas al rescate de títulos clásicos de la literatura universal, le obligan a repensar antiguas estrategias y buscar otra forma de presentar historias que son bien conocidas: «En estos casos, no estás obligado a atrapar al lector de forma tan agresiva como con el libro de novedad,y tenemos una franja que nos ha ido respondiendo. En general, nos hemos destacado por una línea más sobria». Hay que buscar, en definitiva, nuevos afeites para viejos rostros. «Con libros que ya son conocidos, trato de darle una visión más contemporánea, más de ahora, también para enganchar otro público, encontrar otras cosas», dice.­­­

Una de las cubiertas de las que Moll se siente más satisfecho es la de La señora Bovary, de Gustave Flaubert, en la que tan sólo aparece un botín. ¿Y por qué un botín? «En otras ediciones siempre estaba la señora del siglo XIX. Yo he puesto una cosa que en efecto está en el libro, pero un poco escondida.Hay toda una historia con los zapatos, el fetichismo de los pies, una cosa tan femenina.He acudido a un guión un poco más rebuscado». En su ilustración para David Copperfield, de Charles Dickens. nos encontramos con un cocodrilo, otra forma de sortear el tópico amplificando un elemento presente en la novela pero que aparece en un plano más discreto:«En David Copperfield siempre se ha colocado a un niño en la portada. Nosotros pusimos un cocodrilo que encontré en un libro inglés del XIX. Copperfield, cuando era pequeño, leía un libro en el que había un cocodrilo.Y al final del relato enseña ese libro a su hijo».

La flor de la cubierta de La piedra lunar, de Wilkie Collins, no es cualquiera. «En la solapa puedes leer que es la flor del opio,es una amapola. Y es que Wilkie Collins le daba al opio, y en ese libro se describe lo que era fumarlo. Es una cubierta con guiño».

El diseñador aprovecha también para jugar con la evolución de los lenguajes plásticos desde la época en que esas clásicas novelas fueron escritas. «Yo busco por todas partes. En los clásicos, la forma de enfocar antiguamente es distinta de la que enfocamos nosotros ahora, cuando ya hemos conocido la fotografía. Yo intento enfocar cuadros antiguos con la mirada actual, busco un detalle y lo pongo de tal manera como si fuera una foto».

No todo son clásicos en Alba. En el caso de la colección Rara Avis, el reto para el ilustrador es muy distinto: hacer más con menos. «Esa colección es un intento de, con lo mínimo, sacar el máximo. Bajamos el coste al ir impresas las cubiertas a dos tintas», afirma, «hemos conseguido que esa colección ya sea reconocible, y que quede atractiva. A veces el mínimo es también un reto. Es un formato pequeño, muy pensado para que funcione, y yo estoy muy contento con el resultado. Los de Rara Avis tienen un punto especial, que te permite quizá hasta más libertad, ya en la parte creativa».

No siempre el ilustrador consigue la información que necesita para hacerse con el libro, y se tiene que adentrar a contrarreloj en el texto. «A veces tengo que leer parte del libro porque no me aclaro. Tengo la suerte de trabajar con editores muy visuales, pero hay veces que me encuentro con gente que lleva un libro sobre el que no te sabe decir nada. Entonces hay que leer informes».

¿Y cómo intuir la acogida de la propuesta? Sondear la opinión de otros puede ser una buena estrategia prospectiva para anticipar la respuesta del sector y los distintos tipos de lectores. «A veces propones una cosa buenísima pero de repente hay miedo, porque, por ejemplo, puede parecer muy moderna y puede tirar para atrás. Hay que pensarlo mucho», comenta Moll, «a mí me gusta preguntar a gente cuya opinión valoro. Me interesa que estén de acuerdo con el proyecto porque lo va a ver mucha gente diferente.Si hay un pero, ya me pienso que puede haber una franja de público con la que puede dar problema».

Además, hay actores de la cadena de comercialización del libro que pueden contribuir a su éxito o fracaso con apenas unos gestos. Y hay que contar también con ellos. «No sólo es el editor a quien hay que tener en cuenta, también al autor, si está vivo, los distribuidores y los libreros. Aquí opina mucha gente.

El librero lo ve ya hecho, pero su opinión es muy importante, porque si l­­e gusta lo pondrá en el escaparate», reconoce el ilustrador, que en ocasiones se desplaza por las librerías preguntando y observando dónde van colocando sus libros. «Eso me da información de por dónde ir. Los gustos van cambiando, desde que empecé en esto, hace casi 20 años, ha cambiado todo, así que ir viendo un poco lo que hay en la calle me permite guiarme, son señales».

Moll ve en la reedición de determinados títulos la prueba de la buena acogida de determinadas propuestas entre los lectores, «Los gustos cambian. Vas aprendiendo y te vas mejorando, pero hay libros que seguimos reeditándolos iguales desde hace 15 años. Mantienes la cubierta, que podríamos actualizar con otro enfoque, algo que también se hace. Si se mantiene es una señal, porque mucha gente relaciona el libro con esa cubierta determinada», asegura este ilustrador que trabaja a un ritmo frenético para satisfacer la demanda de la editorial. «Hago seis o siete portadas al mes. Es bastante, porque trabajo con otro diseñador, James Cotliarenco. Hay meses duros, pero es un trabajo divertido. Y si acabo este libro sé que me espera otro, otro mundo. Eso nos mantiene muy despiertos, no es la rutina de lo mismo».

Pero, ¿cómo hacerse notar entre la ingente oferta editorial que llega a las librerías? «Hay tal barullo en las mesas de novedades, hay tal ruido visual, que a veces la parte comercial que me gusta es llamar la atención con lo mínimo, intento ir ahí a lo mínimo. A veces reduces público, pero es la vía que hemos cogido y nos hemos destacado por ahí. Lo importante es crear un sello y destacarte. La línea editorial que tenemos nosotros es muy concreta, un poco especial. Sí que intentamos hacer libros para el público en general, pero hay muchos clásicos».

La labor de Moll, como todas las tradicionalmente comprometidas en la elaboración de los libros, se ve sobrecogida en los últimos años por las incertidumbres en torno a la continuidad del formato de papel, frente a la pujanza del ebook. «No se sabe muy bien qué va a pasar. Está claro que el libro electrónico va a ser el futuro, pero creemos que habrá un hueco para el papel. Igual no con tiradas tan grandes como había antes. Los bestseller se harán en electrónico, pero habrá hueco para este tipo de edición más original», explica. Ese nicho acogerá la edición que mima y privilegia al libro como objeto: «Todos los que hemos crecido con los libros de papel seguiremos ahí. Son muchos siglos, hay toda una historia. Se irá a menos, combinado con el electrónico, pero siempre quedará el fetichismo del libro físico». Será el bibliófilo ese bastión último contra la expansión del libro electrónico, la trinchera que quedará al formato de papel. Un personaje que Pepe Moll conoce bien. «El amante del libro es una cosa seria. Hay gente me llega a preguntar si el guante que aparece sobre el césped en una cubierta es una mano cortada».

Una salvaguarda para un oficio que ha atravesado con éxito las diferentes etapas de la industrialización, aunque hoy siga siendo tan poco conocido como en sus inicios. Como dice Pepe Moll, «parece que el libro se hace solo. No se conoce mucho esta labor».

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