El poeta y el cine

Federico García Lorca bajo los focos

'La novia', de Paula Ortiz, devuelve a la actualidad las adaptaciones al cine de su obra. El filme, que parte con doce nominaciones a los Goya, nos sirve como excusa para analizar las relaciones entre el poeta y el séptimo arte

30.01.2016 | 02:08
El poeta granadino Federico García Lorca.

­El genio de Federico García Lorca, de cuya muerte se conmemorará este año el ochenta aniversario, sobrepasó con creces las fronteras de la poesía, se adentró en el teatro, en la plástica, en la música y, ya fallecido, su impronta también quedó reflejada en el ámbito del audiovisual. De haber vivido más tiempo, probablemente hubiera sido el propio Lorca, de la mano de Buñuel, quien hubiera acometido estas incursiones en el cine, tal como se desprende de la lectura de Mi último suspiro (Plaza y Janes Editores), el excelente libro de memorias que publicó el realizador aragonés dos años antes de su fallecimiento. Pero no pudo ser, y otros retomaron este legado, que suponía casi una cuenta pendiente en la cultura hispana. De hecho, el autor de Bodas de sangre manifestó en diversas ocasiones su intención de dirigir una película, de ahí el interés que siempre ha despertado entre críticos e investigadores la influencia que su obra ha tenido en cinematografías tan dispares como la española, la mexicana, la argentina, la egipcia o la marroquí y el poder de sugestión que ésta sigue ejerciendo entre numerosos cineastas internacionales.

De García Lorca se ha escrito, como de casi todos los intelectuales de su generación, que siempre se sintió profundamente fascinado por el cine y, sobre todo, por las virtualidades poéticas que ofrecía el lenguaje de la imagen a cualquier creador que, como Federico, se acercaba a él, como a casi todas las cosas, con una pulsión creativa desbordante. Es bien sabido, por sus reiteradas afirmaciones acerca del tema, que en algunos momentos de su vida demostró su deseo de dirigir películas con la misma libertad y devoción con que escribía sus poemas o componía sus dramas. De hecho, su frenética actividad intelectual le llevó en más de una ocasión a anotar explosivos apuntes de guiones donde fluía la llama del genio visual que, desgraciadamente, y por los motivos políticos que todos conocen, jamás alcanzó a desarrollar, cientos de imágenes de una portentosa originalidad que, de haber dispuesto del vehículo apropiado y del momento oportuno para su cristalización, hoy formarían parte, con toda probabilidad, del cuadro de honor del mejor cine experimental de todos los tiempos. No nos cabe la menor duda.

Así pues, no sería del todo justo pasar de largo la escueta pero importante vertiente cinematográfica que presenta la vida y la obra del poeta de Fuente Vaqueros, una vida cargada de emoción y hondura que, aunque sólo duró 38 años, generó suficientes pistas como para detectar en Lorca una inclinación inequívoca hacia un arte que empezaría a descubrir –de la mano de su fiel amigo Luis Buñuel– en las memorables sesiones del cine-club de la Residencia de Estudiantes de Madrid –según algunas fuentes este cine-club no perteneció jamás a esa institución sino a la revista La Gaceta Literaria– y por el que no dudaría en seguir apostando hasta su trágica muerte en 1936.

Sea como fuere, admitamos que, por desgracia, de la obra cinematográfica del poeta, o sea, de la que hubiese convertido al autor de Yerma en todo un cineasta, sólo existen escasos textos escritos, algunas anotaciones, un puñado de artículos y media docena de ideas que nos acercan al posible perfil estilístico que hubiera adoptado si, en vez de caer abatido por las balas fascistas aquella aciaga madrugada de un mes de agosto, su estrella hubiera seguido brillando con libertad en el firmamento artístico español. El resto, en resumidas cuentas, no son más que meras conjeturas acerca de una trayectoria artística que, desafortunadamente, nunca logró fraguar, como muchos de sus admiradores hubiésemos deseado.

Lo que sí cuajó, y no dejará de hacerlo mientras el espíritu lorquiano siga vivo, es una larga y variopinta relación de títulos que, de un modo u otro, han intentado aproximarse desde la pantalla al mundo descarnado del magistral dramaturgo granadino. Tanto desde la perspectiva del documental como desde el de la ficción, la obra de García Lorca cuenta ya con un copioso número de adaptaciones que abarca la practica totalidad de sus trabajos escénicos, biografías dispares o intentos, en su mayoría vanos, de visualizar lo invisualizable: su poesía. Y aunque no todo lo que reluce en ellas es oro, hay algunas que, por el rigor dramático con el que han sido elaboradas y por el profundo respeto que a cada momento muestran por su autor, llenarían de gozo al propio Federico.

Entre los testimonios fílmicos de Lorca todos los historiadores coinciden en destacar como el más significativo, debido especialmente a las circunstancias históricas en que fue realizado, A Federico García Lorca, un cortometraje de 11 minutos de duración dirigido en 1937 por Justo Labal para la productora republicana Ediciones antifascistas, en la que se intentan escenificar los romances La casada infiel y Prendimiento de Antoñito el Camborio mediante un pretencioso estilo visual que muestra una pálida imagen de la realidad artística del malogrado escritor. Aunque bien intencionada, la película, según todas las fuentes consultadas, mostraba constantemente su incapacidad para ofrecer algo más que una ilustración fría y desaliñada de los modelos literarios en los que se inspiraba.

Un año más tarde, el cineasta argentino Edmundo Guibourg, con un presupuesto mucho más holgado que Labal, adapta para la pantalla Bodas de sangre, con Margarita Xirgu, Amelia de la Torre y Ana Diosdado, primero de los varios intentos del cine de penetrar en las entrañas del teatro lorquiano y, sin duda, el mejor homenaje de la Argentina de aquellos tiempos a la figura del poeta asesinado. Naturalmente, el filme jamás fue estrenado en España, pero sirvió, sin embargo, de punto de arranque para la larga nómina de adaptaciones que seguirían perpetuando la memoria del insigne escritor granadino.

En 1965, la Escuela Oficial de Cinematografía, órgano provisto de una relativa libertad de acción en el ámbito de la Administración franquista, se convertía en la productora del primer trabajo de Antonio Artero, una versión libre de Doña Rosita la soltera que puso de los nervios a más de un censor de la época por su audacia (sic) en mostrar la crudeza moral de sus personajes. Protagonizada por Ana María Morales y Francisco Amorós, Doña Rosita la soltera permanece aún hoy en el olvido, a pesar de tratarse, según sus conocedores, de uno de los ejercicios de carrera más brillantes en la larga vida de aquella histórica institución. También desconocido, pero por otros motivos, es Deep Song, Black Sound (1968), un documental de la BBC dirigido por el británico Peter Luke donde, para ilustrar la vida y la muerte de Lorca, se incluyen diferentes escenificaciones de sus poemas, prosas y obras teatrales.

Ese mismo año, TVE consagraba un episodio de su famoso programa La víspera de nuestro tiempo a glosar la Granada que vivió el poeta durante los últimos años de su vida. La Granada de García Lorca, que recibió algunos premios en importantes festivales del ramo, tenía al fallecido escritor y cineasta madrileño Jesús Fernández Santos como director y a Angelino Fons como realizador, mientras Nuria Espert y Rafael de Penagos prestaban sus privilegiadas voces como narradores y recitadores en un trabajo cinematográfico al que alguien no dudó en calificar en su día como «uno de los testimonios visuales más ajustados al espíritu del poeta».

El capítulo documental se enriquecería más tarde con El barranco de Viznar (1976) y Lorca y La Barraca (1977), dos mediometrajes dirigidos, respectivamente, por José Antonio Zorrilla y Miguel Alcobendas donde también se recogen algunos de los aspectos más sobresalientes de la vida del escritor. Lo mismo sucede con Lorca: muerte en Granada, una producción de la RAI dirigida por Alessandro Cane y con Roberto Bissaco como protagonista que incide, una vez más, en los siniestros episodios que condujeron a la muerte de Lorca. Pero sería un director español, Jaime Chavarri, quien en 1977, inspirándose en la Oda a Walt Whitman, del libro Poeta en Nueva York, logra construir el primer filme netamente lorquiano, el primer filme que supo conectar inteligentemente con su original literario: A un dios desconocido. Sin apenas línea argumental, la película, que protagoniza con su habitual solvencia el actor argentino Héctor Alterio, recorre un mundo sembrado de emociones visto a través de los vagos recuerdos de su desdichado protagonista. La época en la que se produjo, dominada aún por la presión de los censores, no fue óbice, sin embargo, para que se convirtiera en uno de los trabajos cinematográficos más inquietantes y aplaudidos de la década en el ámbito del cine nacional.

1977 también fue el año de la producción de Bodas de sangre, un excelente remake del filme de Guibourg, dirigido por el marroquí Souhel Ben Barka y con la inimitable actriz griega Irene Papas como cabeza de reparto, que no ha recibido más que aplausos desde su estreno en el festival de Cannes hace casi 40 años. Aunque estrenada sin demasiada convicción por sus distribuidores, la película tuvo un estimable éxito de público en España y alcanzó en algunos sectores la categoría de filme de culto, lo cual no impidió que, cuatro años después, Emiliano Piedra, eufórico por la acogida crítica que obtuvo Campanadas a medianoche (1965), un monumental fresco shakespeariano dirigido por el gran Orson Welles, le confiara a Carlos Saura otra versión del mítico drama, pero esta vez en clave de ballet español, con Antonio Gades y Cristina Hoyos como oficiantes mayores del espectáculo y con el espléndido oficio del director de fotografía Teo Escamilla. El resultado naturalmente fue un majestuoso filme musical que cautivó por igual a todos los espectadores y sin ceder por ello un ápice en su empeño por magnificar el genio de Lorca.


Inspirada asimismo en Bodas de sangre, Nanas de espinas es la filmación íntegra del espectáculo homónimo que en los años 80 causó verdadero furor en los escenarios de la España posfranquista. De muy escasa difusión, la película, a la que algunos tienen por modelo de transcripción visual de un drama, mostraba una visión excesivamente convencional del universo lorquiano, tópica, mimética y tremebunda. Similares resultados tuvo la producción de TVE El balcón abierto (1984), del recientemente fallecido director y realizador catalán Jaime Camino, una especie de mosaico de acontecimientos vividos por el poeta en el que la realidad y la ficción se confunden continuamente en un intento de atrapar la esencia de una realidad mucho más fugitiva de lo que algunos ingenuos cineastas pensaron antes de emprender su búsqueda.

Algunas películas de corte más o menos documental, como la italiana Federico García Lorca (1976), de Roberto Otero; la española Quimera (1976), de Esteban Gallego o la teleserie de TVE Lorca, memorias de un poeta (1986), de Juan Caño, fueron otros intentos, baldíos, sin duda, de encontrar el correlato fílmico de una obra literaria tan bella como difícilmente traducible a otro lenguaje que no sea el de las palabras. El propio Juan Antonio Bardem, que en 1987 tuvo en sus manos un volumen presupuestario que superaba al de todas las series producidas por TVE hasta el momento, tampoco pudo obsequiarnos con el retrato «definitivo» del personaje. A través de cinco capítulos de 55 minutos cada uno y otro final de 85, el autor de Calle Mayor (1956) presenta la biografía de Lorca con más lujo formal que originalidad en su enfoque.

Con guión suyo y de Antonio Larreta, Mario Camus estrena con éxito en 1987 una original adaptación de La casa de Bernarda Alba, interpretada por Irene Gutiérrez Caba, Enriqueta Carballeira, Ana Belén y Victoria Peña. El cineasta santanderino, cuya inclinación por las adaptaciones literarias es sobradamente conocida, partió en aquella ocasión desde cero para explorar este drama tenso, agónico y claustrofóbico que tantos directores han anhelado siempre adaptar. Sin la menor tradición iconográfica, con precedentes cinematográficos más bien escasos, y sin otra referencia que su propio y muy prestigiado instinto narrativo, Camus logró un nuevo e interesante acercamiento a la obra de Lorca desde la posición del observador que intenta distanciarse lo suficiente del drama como para poder esquivar a cada momento la tentación de simplificarlo.

A similares elogios se hizo también acreedor el cineasta granadino Miguel Hermoso en el año 2003 tras su inspirada adaptación de la novela de Fernando Marías La luz prodigiosa donde, a partir de una trama centrada en la excéntrica hipótesis de que García Lorca sólo resultó mal herido de su fusilamiento y que, horas después del luctuoso hecho, fue recogido por un pastor de la zona y mantenido oculto durante décadas, evoca la figura del poeta con un profundo respeto y una manifiesta admiración, a pesar de su alucinante base argumental. Hermoso, con la invaluable colaboración de Nino Manfredi y Alfredo Landa, consigue contagiar al público de su irreprimible pasión por el escritor asesinado, mostrándonos una fábula que, con toda seguridad, hubiera compartido con fruición y gratitud el propio Federico.

No es precisamente el caso del realizador de origen hispano Marcos Zurinaga quien, a sueldo de Andy García, rodó en 1996 Muerte en Granada, una desafortunada coproducción entre Puerto Rico y España sobre las enigmáticas circunstancias que rodearon la muerte del escritor, que fue virtualmente despedazada por la crítica. Efectivamente, tras su visionado, la desaparición de Lorca continúa siendo un misterio insondable, un turbio y esquinado asunto sobre el que han corrido ríos de tinta y ante el cual investigadores solventes, como el insigne hispanista Ian Gibson, han logrado aportar algunas evidencias lo suficientemente reveladoras para confiar en que algún día se podrá descifrar toda la verdad y podamos, al fin, descubrir la auténtica identidad de todos los responsables de aquel trágico e infame magnicidio.

El catálogo de filmes inspirados en la obra el poeta se cierra, por ahora, con La novia, segundo largometraje de la joven cineasta Paula Ortiz. Se trata de una nueva adaptación de Bodas de sangre, estrenada en la pasada edición del Festival de San Sebastián y que parte ya como una de las favoritas en la quiniela de los Goya, que se entregarán el próximo 6 de febrero. Se trata, probablemente, de uno de los ejercicios de escritura fílmica más brillantes, imaginativos y originales que se han visto en el cine español durante los últimos años, una pieza única que nadie se explica cómo no fue incluido en la sección competitiva del certamen donostiarra. El respeto cuasi reverencial al texto del poeta, no impide que la directora afronte el difícil reto de la adaptación mediante un dispositivo formal tan audaz y sutil como profundamente efectivo.

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