Cine

Paradigma de la posmodernidad

Hace 50 años Sergio Leone culminaba con 'El bueno, el feo y el malo' su popular trilogía sobre el western, una terna de cintas muy polémicas en su día pero hoy absolutamente imprescindibles

28.05.2016 | 05:00
El gran cineasta italiano Sergio Leone.

Algo que ver con la muerte es el título de lo que, con toda seguridad, constituye una de las biografías más completas que se hayan publicado en Europa del director, guionista y productor italiano Sergio Leone (Roma,1929/Roma, 1989), reeditada hace algunos años en España por T&B Editores. Escrita por el profesor y crítico británico Christopher Frayling tras décadas consagradas a la investigación sobre la vida y obra de tan atípico cineasta, sus doce capítulos recorren la práctica totalidad de su agitada vida profesional con una valiosa y en muchos casos inédita aportación documental que desvela aspectos muy reveladores en la inclasificable personalidad del autor de Hasta que llegó su hora (C´era una volta il West, 1968), así como algunos datos personales que contribuyen a clarificar determinados interrogantes sobre los orígenes de su peculiar estilo cinematográfico y, last but not least, también aborda su supuesta condición de impostor en un género al fin y al cabo de procedencia exógena como es el western pero que él asumió siempre como una experiencia crucial en su aprendizaje como director.

En sus páginas, Frayling explica además cómo y por qué hacía películas Sergio Leone, pero también revela hasta qué punto las películas lo moldearon, convirtiéndolo, por un lado, en rehén de sus propias obsesiones y, por otro, en uno de los principales estandartes de la posmodernidad en el cine europeo durante los convulsos y desorientados años sesenta. A las pruebas se remite el escritor inglés: «Treinta y cinco años después de su primera aparición, las imágenes de arreglos de cuentas y duelos de Leone figuran todavía en el pan- teón de los grandes clichés visuales. Como Janet Leight en la ducha (Psicosis), Judy Garland en la Carretera de Baldosas Amarillas (El mago de Oz), Humphrey Bogart en el aeropuerto de Casablanca (Casablanca), Marilyn Monroe intentando inútilmente controlar el vuelo de su falda (La tentación vive arriba), Marcello Mastroianni y Anita Ekberg en la Fontana de Trevi (La dolce vita), son instantáneamente reconocibles y pueden registrarse en décimas de segundo en la memoria de cualquier espectador». Y si tales comparaciones son justas y por tanto oportunas, tal y como parece, la sombra de la duda que siempre se ha extendido sobre su figura, especialmente desde el estreno de su famosa trilogía del dólar y la consiguiente invasión de un terreno ajeno por completo a las tradiciones culturales italianas, no hay razón para seguir desconfiando de su integridad como creador. Leone propone una nueva revisión de las señas de identidad de un género cinematográfico transfronterizo, que ha extendido su influencia mucho más allá de los esquemas tradicionales con los que se observan los movimientos pendulares de la cultura a lo largo y lo ancho del mundo.

Por eso, la lectura de este libro se hace imprescindible a la hora de ahondar seriamente en el fenómeno que causó en todo el mundo la alborotada irrupción de Leone en el universo del western, tras su larga experiencia como ayudante de dirección de algunos de los más brillantes iconos del cine trasalpino, como Vittorio de Sica, Carmine Gallone, Mario Camerini, Alessandro Blasetti o Mario Bonnard y tras cumplir su sueño de infancia de levantar a su alrededor su propia Arcadia cinematográfica a imagen y semejanza de la que levantaron, bastantes décadas atrás, los grandes pioneros de Hollywood en su intento por sentar las bases de un nuevo y revolucionario medio de expresión artístico que transformaría, veloz y radicalmente, la extendida certeza de que pertenecemos a un universo social y culturalmente inalterable.

A pesar de que la suya no es lo que se dice una filmografía muy copiosa –sólo rodó siete largometrajes en veintitrés años de carrera–, su nombre será eternamente recordado por ser, entre otras muchas cosas, el director que dio nombre y apellidos a uno de los subgéneros cinematográficos más populares de la década de los sesenta y setenta: el spaghetti western, además del autor de una de las trilogías sobre el género más emblemáticas y taquilleras de la historia del cine, como lo atestiguan las continuas reediciones en DVD y BD que se han venido sucediendo a lo largo de las últimas décadas en nuestro país, especialmente la que acaba de sacar al mercado el sello Divisa en la que se incluyen, entre otras novedades, casi 30 minutos de metraje adicional, inéditos hasta ahora, en la tercera entrega, y un trabajo de restauración de la imagen y el sonido absolutamente inmaculado.

Siempre se hizo patente en este director su manifiesta predilección por las películas del Oeste, antes incluso de iniciar su famosa trilogía con Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964) y de disfrutar del consiguiente respaldo masivo del público. Leone recurre con su sensibilidad manie rista a la recreación de un universo que le proporcionó, desde sus años de infancia, infinidad de satisfacciones bajo la égida de grandes maestros como John Ford, John Sturges, Budd Boetticher, Raoul Walsh, etcétera. Reproducir aquellas gratificantes y gloriosas experiencias fue siempre su principal objetivo como cineasta y a fe que lo consiguió, y con creces.

El autor de Agáchate, maldito (Giù la testa, 1971) era hijo de una actriz de teatro y del popular Roberto Roberti, uno de los pocos cineastas que dirigió a la legendaria Francesca Bertini, y de quien aprendió –según sus propias declaraciones– a proveerse de una «paciencia infinita» en el momento en que se disponía a rodar. Vivió en su más tierna juventud la pesadilla fascista, aunque sus recuerdos de aquel sombrío periodo no fueron tan tristes ni traumáticos como, pongamos por caso, los de su colega y amigo Roman Polanski.

Aunque heredero del estilo pausado y contemplativo del cine clásico nipón, algunos de cuyos epígonos son continuamente homenajeados en su magistral Érase una vez en América (C´era una volta L´America/Once Upon a Time in América, 1984) y autor, a la sazón, de una versión libérrima de la película de Akira Kurosawa Yojimbo (1961), rebautizada con el rotundo título de Por un puñado de dólares, siempre fue un realizador con mirada propia que elaboraba concienzudamente sus películas y las envolvía de un extraño e irresistible magnetismo visual al tiempo que las dotaba de unas bandas sonoras, escritas en su mayor parte por el gran Ennio Morricone, que han hecho historia a lo largo de las cinco últimas décadas gracias, en gran medida, a su excepcional originalidad y a su premeditado alejamiento de las estructuras musicales más tradicionales en el cine que de la década prodigiosa.

Movía la cámara con solemnidad, elegancia y profusión, como si en ella residiera toda la capacidad expresiva del lenguaje fílmico, desafiando en algunos casos la mismísima ley de la gravedad en su empeño por provocar en el ánimo del espectador una sensación de absoluto desconcierto mediante el empleo indiscriminado de largos y enfatizados planos secuencia, primeros planos de un impacto brutal y panorámicas que cortan la respiración. Era un enemigo indesmayable del mercenarismo que practicaban muchos compañeros de generación pues estaba plenamente persuadido de que, en cualquier caso, el cine debe hacerse siempre desde una posición de absoluta independencia, sin servidumbres de ningún género y con un verdadero espíritu innovador, aunque se haga desde parámetros manifiestamente comerciales.

En su juventud fue ayudante de dirección en más de cincuenta filmes de figuras de la talla de Alessandro Blassetti, Carmine Gallone, Vittorio de Sica, William Wyler, Mervyn Le Roy, Robert Wise, Robert Aldrich, Fred Zinnemann o Raoul Walsh, etapa ésta que le proporcionaría la suficiente munición para afrontar airosamente su debút profesional en 1960 con El coloso de Rodas (Il Colosso di Rodi), una coproducción entre Italia, Francia y España de enorme repercusión taquillera que aportó inventiva y vigor a un género tan intelectualmente devaluado por aquel entonces como el peplum. Además de un encomiable artesano que amaba con delirio el cine clásico hollywoodiense, supo rodearse a menudo de los colaboradores para hacer un cine a la medida de sus obsesiones, un cine donde se advirtiera con ostentosa obviedad su controvertida noción de la puesta en escena.

En su mítica y polémica trilogía, sin ir más lejos, donde, bajo títulos de inequívoca resonancia pulp, como La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965), El bueno, el feo y el malo (Il buono, il bruto, il cattivo, 1966) o la ya citada Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964), despliega su personalísima concepción de la iconosfera tradicional del western, Leone compone un universo estético guiado por su propia inclinación a la desmesura y al ejercicio formalista que, de alguna manera, le inspiran los propios estereotipos del género que más frecuentó. Pero sus audacias, aplaudidas por el público y por los sectores menos ortodoxos de la crítica, terminaron resultándole muy caras pues, al mismo tiempo que gozaban del reconocimiento entusiasta de millones de admiradores, recibían las más airadas, implacables e injustas críticas de quienes no le perdonaron nunca haber profanado un género integrado en ADN del cine.

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