Cantante y compositor

"La música me ayudó a vencer una timidez problemática a los 14 años"

Nacho Vegas (Gijón, 1974) era de los pequeños del Xixón Sound y es de los que más han sobrevivido dentro de la música

30.10.2016 | 16:07
Una imagen de archivo del cantante y compositor asturiano.

Alimentado en la adolescencia por el rock anti- Thatcher británico, empezó a tocar en los grupos indie Eliminator Jr., luego en Manta Ray y a partir del siglo XXI es cantautor - Desde 2004 vive de la música, con una carrera estable en la que hubo picos de presencia pública muy alta - De algo de ese tiempo quiere redimirse. Durante unos años fue adicto a la heroína y desengancharse de ella le condujo a otras toxicodependencias.

Nacho Vegas busca las palabras dentro de sí despacio, con algún silencio, parece que para contestar algo que sea verdad y merezca la pena. Es educado, quiere ser natural, tiene sentido del humor y su manera esquiva de mirar sigue teniendo que ver con la timidez, a la que vence con desgarradoras confesiones, como la de El ángel Simón, la canción que dedicó a su padre, de quien habla aquí, y cuyo videoclip se puede ver en internet. Fue de los pequeños del Xixón Sound, tocó en Eliminator Jr. y en Manta Ray y con el siglo XXI se hizo cantautor. Desde 2004 vive de la música y su carrera ha tenido picos importantes. Está acabando gira con su grupo, «una tribu, con la costumbre algo insalubre de salir de noche». Le gusta eso, porque conoce gente y busca en ellos nuevas miradas y perspectivas, pero salvo accidente ya no cierra los bares, lucha por autodisciplinarse para su trabajo de autoeditor, prepara repertorio nuevo y va a sacar un libro de poemas y relatos.

¿A qué se dedicaban sus padres?
Mi padre, Simón González, era perito industrial en Ensidesa. Fue del PC, pasó al PSP, que se integró en el PSOE y fue director regional de Trabajo, a las órdenes de Paz Fernández Felgueroso. Le tocaron el naval, el conflicto con las trabajadoras de Ike, salió escaldado a los cuatro años y no quiso saber más. Tiene que ser jodido venir del antifranquismo y reprimir a trabajadores, pero eso fueron los ochenta.

¿Su madre?
Cristina Vegas era maestra y lo dejó cuando nací yo. Éramos tres en casa; cuatro, porque mi padre era un guaje también. Era la que estaba con nosotros, reñía y daba besos. Puso una bisutería que no fue bien, volvió a casa, trabajó en el comedor de un colegio, se acaba de jubilar y está feliz. Siempre fue del PSOE. Al principio admiré a mi padre, figura de autoridad, después me di cuenta de que la admirable era mi madre, que sigue sufriendo y pendiente de nosotros.

¿Cómo era su padre?
Como yo era el único de los hermanos al que le gustaba el fútbol, me llevaba al Molinón y nos levantamos a las cuatro de la mañana para ver el partido España-EE UU en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles. Se convirtió en un progre de libro: le gustó el poder, fue clintoniano y felipista. Mi hermano Xabel, muy radical, le llamaba «fascista» cuando discutían de política. Murió a los 48 años, cuando yo tenía 19.

¿Cómo lo vivió?
Más que triste fue raro. Nunca había vivido una muerte cercana y apareció de golpe. Te haces muchas preguntas y sabes que van a quedar sin respuesta. Me sirvió mucho un libro, Retrato de un hombre invisible, que cuenta las reflexiones de Paul Auster a la muerte de su padre. Leí bastante sobre relaciones paternofiliales. Cuatro o cinco años después escribí El ángel Simón con la perspectiva, la serenidad y la ira que da el paso del tiempo, necesarias para mí, para descargar sentimientos. Aprendí entonces a no escribir en caliente. Las canciones son miradas que tienen que hacerse con distancia. Mis hermanos y yo nos queremos pero no somos muy confidentes, hubo algunos gestos bonitos cuando murió mi padre pero no hablamos de ello. Mis hermanos me agradecieron la canción y me lo hicieron notar. Hay cosas que sólo puedes hablar con alguien que haya pasado por lo mismo, y, si no, lo pones en una canción.

¿Qué tal con sus hermanos?
Me fijaba en Santi, un año y medio mayor que yo, al que rompí la Historia del rock de El País en un enfado. Empezó siendo rockabilly y acabó siendo psychobilly. Mi hermano Xabel, tres años y medio más pequeño, era muy espabilado y aprendí mucho de él. Empecé a tocar en grupos a los 16 años y Xabel a los 14 era un batería cojonudo y estaba en Griesca y Liberación.

¿Qué pasó con la música en casa?
No sé. Mis padres no tenían más que La Mandrágora y en los viajes en coche sonaban Brincos y Beatles. Había un plato roto y, como indirecta, compré varios vinilos y mi padre compró equipo nuevo. Había una guitarra española que no sé qué hacía en casa y fue muy importante para mí hasta que mi hermano pequeño me la rompió en un enfado. A los 11 o 12 años veía en la tele Plastic y Tocata, lo grababa en el vídeo, imitaba las posturas pero, como no sabía afinar, sonaba fatal. Carlos, que toca en la orquesta Asia, dos cursos mayor en el instituto, me enseñó unos acordes.

¿Qué chaval era usted?
Muy tímido, de una manera problemática. Me sentía incómodo con la gente, no hablaba. En clase estudiaba bien y me elegían delegado porque no caía mal a nadie. La música me ayudó a vencer la timidez porque tuve el atrevimiento de ir a Radio Crash, de la que me habló mi hermano Santi porque ponían los discos que me gustaban.

¿Por ejemplo?
Caravan of love, de los Housemartins. Empecé a escuchar dos programas. El carro del camaleón, que llevaban Maika y su hermana Marta, y El rock de la langosta, de David y Tito, que luego formaron Penelope Trip. Llamé al programa de Maika porque regalaban las letras de Housemartins y me invitó a ir al programa. Me presenté en la emisora, calle Honesto Batalón, Cimadevilla, dije que tenía 15 años porque me daba vergüenza confesar mis 14 y entré en el círculo de la gente y la música que me gustaba. Allí conocí a Rafael del Pozo, que estaba formando Eliminator Jr. y me vendió mi primera guitarra eléctrica por 10.000 pesetas porque él había comprado otra más chula.

Entró en Eliminator Jr.
Los fines de semana íbamos a ensayar cerca de Vega. Había que coger un autobús, atravesar un prado y llegar a casa del tío del cantante, Javi Carrio, un chaval estupendo que murió unos años después en el Cerro. Estábamos encantados. Descubrí que en lugar de ir al salón de recreativos –pinballs y Stars invaders– podías hacer ruido, tocar, aprender unos de otros y hacer juntos algo que nos emocionara. Por la semana, después del instituto, grababa mis primeras canciones, propias y versiones. Tenía ideas bastante vergonzosas, pero la primera canción que hice la grabé en Cajas de música difíciles de parar, mi segundo disco.

Cantaban en inglés.
Por el virus de la anglofilia que sufrió el indie, reacción al pop-rock español de los ochenta. Parecía que sonaba mejor. Nunca estuve de acuerdo, pero mis letras en castellano eran malas y no me atrevía a presentarlas al grupo. No digo que fuera un paladín del castellano pero no me sentía cómodo en inglés. Los Planetas, el grupo independiente más importante de aquella generación, ya cantaba en castellano. Poco a poco todos acabamos cantando en castellano o en asturiano. A diferencia de la escena de los ochenta, no hubo millones ni nos hicimos ricos y famosos y no nos creímos nada.

Empezó Filología.
Cometí un error. Elegí Filología Inglesa y, en segundo curso, me cambié porque me di cuenta de que me interesaba la Hispánica y la Lingüística. Me iba matriculando de dos cursos y dejando asignaturas. Las terceras matrículas eran carísimas, vivía solo, empezaron las primeras giras y dejé la Universidad. Me quedan cuatro asignaturas.

¿Le interesaba la poesía?
Dos momentos me llevan a la poesía. Cuando Cova de Silva me regaló un libro de poemas de Raymond Carver y cuando, en segundo de carrera, un profesor de Teoría Poética nos pasó un montón de folios con una antología poética que había hecho para los que no nos habíamos acercado a la poesía. Había Pessoa, Kavafis, Pizarnik, Leopoldo María Panero, nombres que luego fueron muy importantes para mí.

Usted se fue pronto de casa.
Antes de la burbuja inmobiliaria teníamos un pisín en la calle Ave María, en Cimadevilla, por 30.000 pesetas, con una chica, que era mi pareja, y una amiga, Cova. El Conseyu de la Mocedá daba ayudas a los jóvenes y pagaba la mitad. Por 5.000 pesetas podía vivir independiente y además ponía copas en el bar La Plaza, que había puesto Nacho, de Manta Ray. No hay otra explicación.

Terminó Eliminator Jr. y llegó Manta Ray, uno de los grupos más valorados de la época.
A finales de 1995, Rockdelux y Mondo Sonoro destacaron el primer elepé de Manta Ray como uno de los mejores del año y empezaron a llamarnos para tocar fuera de Asturias e hicimos la primera gira.

Pero dejó el grupo.
Por pequeñas diferencias y porque me apetecía empezar en solitario. De 1999 a 2001 volví a poner copas en Efectos Navales, un bar de Fomento que montaron unos amigos, y luego estuve en otro de Capua, Impact. Entraba a las nueve de la noche, salía a las diez de la mañana y me dieron 5.000 pesetas. Los dejé colgados por la maqueta del primer disco.

No parecía ir en ascenso.
No tenía un duro, hacía trabajos esporádicos, pero cuando te dedicas a este oficio haces las cosas porque crees que tienes que hacerlas. La esencia de la música popular siempre me sirvió para seguir adelante. La música popular no nació al ser grabada y caer en manos de las compañías discográficas y su mercado del éxito, que tiene que ver con comidas, copas, cocaína y sobres con dinero. Durante miles de años el movimiento de las canciones era más horizontal y puro.

¿Cómo era?
Antes se oía una canción y se modificaba de forma natural. Ahora para cambiar un verso tienes que pedir permisos burocráticos. La autoría y el culto a la personalidad están sobrevalorados.

¿No está perdida esa cultura anterior?
No. Fue así hasta hace poco. Bob Dylan se basaba en los discos de Harry Smith, que compilaban la música tradicional americana. Me interesa lo que hizo Violeta Parra con la música chilena y Chabuca Granda con la andina.

¿Cuándo empezó a vivir de la música?
Mi primer disco en solitario, de 2001, tuvo buena crítica. Hice giras con el grupo que eran un desastre económico, pero me solté más a hacer conciertos en solitario. En 2003 hubo un pico del indie y de la escena independiente de Gijón y luego fue decayendo. Tuve un momento tormentoso con mi banda. A partir de 2004 empecé a vivir de la música y hasta ahora.

La mayor parte de su vida de ingresos musicales coincide con la crisis actual, que se suma a la discográfica.
Ahora tengo una oficina con Marisa, una compañera, y Tomás, socio, desde la que aprovechamos para rehacer nuestra forma de trabajar. Hubo subida de IVA, pero también los promotores aprovecharon para especular con el precio de las entradas. La precariedad entre los músicos aumentó con la crisis, pero desde el 15-M hay una unión estatal de sindicatos de músicos peleando.

¿Fueron duros los años hasta que llegó su momento?
No, era joven y podía vivir con poco dinero. Lo más duro vino cuando empiezas a vivir de la música y empiezan a tratarte de manera diferente. Te crees más de lo que eres y te vuelves un poco gilipollas.

¿Cuándo fue?
A los 28 ó 30 años. Duró poco porque tenía alrededor amigos que me daban collejas cuando me las tenían que dar.

¿En qué consiste la dureza?
Tiene que ver con tocar, estar en la noche.

Por la noche sabía andar.
Sí. No sé... Estaba todo mezclado. Te hacen más caso del que deberían... Pero no tenía 20 años ni había tanto dinero como para perder la cabeza. Lo recuerdo siempre porque quiero redimirme de aquello. Se disparó mi dimensión pública, hice un disco con Bunbury, tenía una relación en Madrid. Aunque nunca dejé de vivir aquí, me alejé de Gijón.

¿Cómo se dio cuenta de lo que le pasaba?
Al volver a estar más tiempo en Gijón, cuando rompí la relación que tenía en Madrid. Cuando volvía tenía un complejo, pensaba que los cantautores como Alfredo González y Pablo Moro me tendrían tirria porque había tenido más éxito. Al relacionarme con ellos, como con La Caja de Músicos y La Vida Alegre, me di cuenta de lo que teníamos en común. Aquello coincidió con el 15-M y también me afectó.

¿Cómo?
Pasamos de un paradigma en el que el valor era el individualismo a otro del pensamiento colectivo. Salieron a la calle conversaciones que antes no había. Se hablaba de política de manera muy natural, en un bar del Cerillero y en el Alimerka, entre jóvenes y mayores... El 15-M me influyó de manera particular, pero los que hacemos música tenemos que ser muy permeables.

¿Cómo?
Pasamos de un paradigma en el que el valor era el individualismo a otro del pensamiento colectivo. Salieron a la calle conversaciones que antes no había. Se hablaba de política de manera muy natural, en un bar del Cerillero y en el Alimerka, entre jóvenes y mayores... El 15-M me influyó de manera particular, pero los que hacemos música tenemos que ser muy permeables.

¿Qué tal cree que le trató la vida hasta ahora?
En la profesión bien, tuve suerte. En el resto... No sé, todo el mundo se da sus hostias.

¿Cuál es la suya gorda?
La heroína gobernó mi vida mucho más de lo que tendría que haberlo hecho... No ahora, de los 28 a los 38.

En su época la heroína no era una droga popular. ¿Cómo llegó a ella?
Es verdad. A los veintipico eran las pastillas, el éxtasis, la cocaína. Me gustaban la droga y la probé, de manera recreativa, porque era la de la cultura del rock y esos mitos. Luego descubres que no la usas para pasarlo bien sino para dejar de estar mal.

¿Mal por la propia heroína o por otras cosas?
Por otras cosas. Al mono se le da mucha importancia. Consumí heroína con mucha gente que la tomaba como droga recreativa y me daba envidia porque la disfrutaban y la dejaban, pero yo, cuando quedaba a solas, la consumía casi a diario y dejaba que me marcara las pautas horarias.

¿La usaba para trabajar?
No sirve para trabajar. Quita la tristeza y el dolor, pero también las emociones fuertes, intensas, que dan luego para las canciones. Te amuerma.

¿Es usted muy doliente?
Una de las primeras veces que la consumí me la vendió un yonqui veterano que le dijo al que venía conmigo: «Para ti, bien, pero tu amigo que tenga cuidado con esto». La heroína puede ponerte a vomitar la primera vez y que la rechaces para siempre, pero hay algo de carácter que hace que digas: «Ésta es mi droga». Creo que los que nos enganchamos a la heroína somos más cobardes, tenemos más miedo al dolor y las ansiedades diarias que provoca vivir en este mundo.

¿Por qué dice que el síndrome de abstinencia está sobrevalorado?
Lo peor de dejar las drogas no es físico. Les afeo a los médicos que se centran mucho en el mono, pero hay muchas pastillas para pasarlo y son tres días como de gripe ansiosa, sudando y hecho una mierda. Pero cuando te desenganchas entras en depresión y tienes muchas ganas de volver a consumir. El alcohol es un depresor y también una solución rápida. Como dicen los camellos «drogadicto mal curado, alcohólico asegurado».

¿Cómo aguanta?
Me desenganché de la heroína, pero me costó más hacerlo de la metadona, con la que estuve cuatro años. Cuando lo logré, el alcohol se convirtió en un compañero desde las nueve de la mañana y fue casi más difícil que la heroína. Pasa con estas cosas que suplen las carencias.

¿Sabe cuál es su carencia?
De afecto, supongo. Éste es un mundo hostil para quererse y tener relaciones afectivas. Pero esto no es una excusa.

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