A fondo

"La educación sin las humanidades pierde mucho en su labor contra la desigualdad"

Entrevista al catedrático de Filosofía de la Universidad Complutense y escritor José Luis Pardo

02.12.2015 | 01:13
José Luis Pardo.

El pensador madrileño analiza la porosa y a menudo incorregible relación del arte con la política y advierte de las consecuencias de la pérdida de autonomía de la cultura. Carga, además, duramente contra las reformas educativas y el aislamiento de disciplinas como la filosofía.

Catedrático de la Complutense y autor de títulos como 'Nunca fue tan hermosa la basura' (Galaxia Gutenberg), José Luis Pardo parece, en España, una criatura de un siglo todavía por pulir o, incluso, inventar: Premio Nacional de Ensayo en 2005, introductor de la obra de Deleuze, el conocido filósofo conecta con esa época, no necesariamente en línea recta, en la que nuestro sistema, deshilachado e impreciso, producía de vez en cuando islotes de contribución para el pensamiento europeo. Se fue Trías, pero quedan algunos. Hay esperanza. Ayer participó en La Térmica en el ciclo Aula de Pensamiento Político que dirige el politólogo y articulista Manuel Arias Maldonado.

Después de las vanguardias y de las convulsiones del pasado siglo, ¿se puede pensar todavía en un discurso artístico que no sea político?
Depende de lo que se entienda por política; si es en sentido laxo, por supuesto que no, pero si se pretende que la política sea una manera de transformar la sociedad, está claro que el artista contemporáneo está en una posición de partida muy incómoda. Y lo está porque las vanguardias, que son los clásicos en los que se mira, fracasaron en su intento de disolver la distancia entre arte y sociedad, obra y vida, dejando la producción contemporánea en un lugar que no se corresponde del todo con el de otra época pero que está a la espera de un futuro que no acaba de llegar.

Sin embargo, tampoco hay asidero, al menos de partida, para la lógica del arte por el arte. Ahí intervienen muchas variables, pero quizá todas son la misma: el mercado manda.
El mercado se ha apoderado del artista justamente porque el artista ha renunciado a la autonomía del arte, a que la cultura disponga de criterios independientes y diferenciados a la hora de valorarse a sí misma y a que la pervivencia de una obra no dependa de otros sistemas como la religión, la economía o la política. En cierta medida, es el propio artista el que busca constantemente una legitimación y justifica y desmenuza su obra en términos de conexión con la política o con una determinada situación social. Antes esto era impensable; poner el arte al servicio de una causa política era considerado, y justificadamente además, como poco menos que estalinista.

El debate cultural, sobre todo, en lo que atañe al Gobierno, ha estado centrado esta legislatura en la polémica en torno a la subida del IVA. ¿No hay ya otro punto de conexión que no sea la fiscalidad?
Volvemos a lo mismo. En el momento en el que el valor económico se convierte en el único patrón de medida el diálogo entre el ministerio (de Cultura) y los artistas se reduce a la mercantilización. Estamos hablando, en origen, de todo lo contrario, porque se trata de una institución creada en la Francia de Malraux con un propósito, que, por una parte, era divulgativo, y, por otra, tenía que ver con la protección. Los franceses entendieron que el arte constituye un patrimonio y que, por tanto, debía permanecer fuera de la lógica mercantil, para garantizar que no fuera fácilmente erosionado, enajenado o destruido. Pero no estamos, en definitiva, en el mismo punto.

A muchos artistas se les reprocha, especialmente en España, su deliberada adscripción política. ¿Hasta qué punto les condiciona? ¿Su obra es producto de su voto?
En la medida en la que el arte pierde la capacidad de valorar sus propios productos es muy fácil relegarlo todo a la política o la economía. La autonomía se sostiene en un entramado enorme que implica que haya universidad, salas de exposición, museos. Y su destrucción también empieza por ahí. En cualquier caso, la independencia del artista no es que no se meta en política; si la voz de los artistas se ha escuchado alguna vez en la historia, como en el caso de Zola y su famoso puñetazo, es porque gozaban de un gran reconocimiento y su opinión era muy respetada. Ahora pasa al revés: primero buscan la influencia política y luego, si acaso, se ponen a ver si sale un poco de arte.

El futuro, en lo institucional, no resulta precisamente esperanzador. Las humanidades cada vez tienen un peso más irrelevante en los planes de estudio.
Los cambios que se han dado en el sistema educativo son muy dañinos. Y me refiero con eso tanto a los recortes como a las reformas que se han ido aplicando para adaptar el modelo a nuevas exigencias. Se han reducido horas de enseñanza en materias imprescindibles y se ha empobrecido la calidad de esa misma enseñanza en beneficio de contenidos superfluos. Y eso es grave, porque la enseñanza es una institución básica para mantener el proyecto de freno a la desigualdad social. No quiero decir que los cambios son irreversibles, pero va a costar enderezar la dirección.

La administración arguye la necesidad de configurar un sistema más dinámico y cercano a la realidad económica y laboral.
Eso es muy legítimo, pero no podemos ignorar de dónde venimos. Antes las sociedades estaban plenamente adaptadas al mercado laboral. De hecho, en la medida en la que la gente alcanzaba la madurez física se ponía a trabajar. Fue la Ilustración la que inventó la tregua que representa en la vida adulta el periodo de formación. Y lo hizo con el objetivo de favorecer la igualdad a través del conocimiento. Si eso se trocea y fragmenta, la sociedad pierde la capacidad de comprenderse a sí misma, que es de lo que tratan las humanidades. A lo mejor la sociedad no se gusta a sí misma y por eso no quiere comprenderse.

¿La tendencia proseguirá? Lo pregunto, principalmente, por el arrinconamiento de la filosofía.
Por suerte o por desgracia, las necesidades a las que dan respuesta disciplinas como la filosofía persistirán. Lo que ocurre es que todo parece indicar que lo harán en el dominio de lo privado. Las instituciones públicas se van a desentender. Y eso pone en peligro, incido, la función de la lucha contra la desigualdad social que tenían las instituciones educativas.

El mundo parece cada vez más enredado en el pensamiento inmediato y los saberes técnicos. ¿La filosofía es una ciencia en extinción?
La filosofía nunca ha sido una pieza pacífica en el sistema educativo. Siempre ha tenido mala prensa, no es un saber aprovechable a corto plazo, que vive entre el mundo y la academia. Estoy convencido, no obstante, de que mientras exista la especie humana habrá música y filosofía. Y, en lo que respecta a los filósofos, implica enseñar y escribir. Sí es cierto que hay un acoso en el sistema educativo y que publicar es complicado. El mundo del libro está mal y de Platón sólo se puede hablar si es para curar la depresión.

La vida en 140 caracteres y en horario de máximo audiencia. ¿Vamos camino de la banalidad?
Lo que estamos es más cerca del descaro. Nunca la gente ha leído a Proust masivamente, pero antes se sentía vergüenza por no hacerlo. Ahora hay un discurso que, con las nuevas tecnologías, legitima la lectura inmediata y trivial.

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