Política de gestos

03.07.2008 | 00:00

Fernando
Jáuregui

Ignoro, esta es la verdad, si Miguel Sebastián ejerce una mayor influencia sobre Zapatero que Pedro Solbes. No sé quién de los dos es el verdadero profesor del ´jefe´ en las lides económicas, que tantas veces consisten, como decía sabiamente Galbraith, en poder explicar con brillantez por qué te equivocaste en tus predicciones.
Me inclino a pensar, no obstante, que el ministro de Industria pesa más que el vicepresidente en las decisiones presidenciales, o al menos en el discurso presidencial, porque es un discurso de gestos, que busca el efecto mediático. Tal vez porque Sebastián es un convencido, como buen teórico (y sin duda tiene algo de razón), de que la economía es un estado de espíritu más que una ciencia (in)exacta. Y entonces lo que hay que hacer es generar confianza en consumidores e inversores para que la rueda no se pare, lastrada por un alarmismo excesivo.
Algunas de las medidas enunciadas por Zapatero responden, sin duda, a este afán de insuflar a la opinión pública la idea de que las cosas tienen una solución relativamente sencilla. Es lo que Sebastián trata de conseguir con propuestas algo más pedestres, o simples, diciéndonos que enchufemos la lavadora por las noches, que dejemos de ponernos corbata para generar menos calor y, por tanto, disminuir el volumen del aire acondicionado y que, en general, ahorremos en la factura de la luz, que, por cierto, él acaba de subirnos.
Conste que no me parece mal esa campaña contra el despilfarro, ya iniciada por algunas compañías eléctricas. Lo que sí me parece esta campaña es insuficiente, como insuficiente es congelar el sueldo de los funcionarios mientras se multiplican los departamentos ministeriales dudosamente útiles (pienso no sólo en el de Igualdad, sino también en el de Innovación, tan auspiciado por el propio titular de Industria). Pueden ser medidas ejemplares, de acuerdo; pero no pasan de constituir algo así como el chocolate del loro.
Celebro, en fin, que al menos en Industria tengamos a alguien tan incorregiblemente optimista como el propio inquilino de La Moncloa (quizá por eso se lleven tan bien). Alguien que, como podría haber hecho el propio presidente, afirma cosas parecidas a que "si Nadal da la sorpresa en Wimbledon, puede fortalecer la imagen de España en el exterior". Lo dicho: menudo ahorro en funcionarios... de la carrera diplomática. Viva la política de gestos.

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