Los políticos en cuestión

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Damián Caneda El hecho incuestionable de que los políticos son percibidos como la tercera preocupación de los españoles es, aparte de triste, un problema. Ya no es una encuesta aislada quien lo afirma, sino una serie del Centro de Investigaciones Sociológicas.
La reiteración de casos de corrupción y la mediocridad con la que se percibe a los políticos son las grandes causas de rechazo, entendiendo por mediocridad las peleas internas, las mentiras, la mala educación o la falta de formación.
Esto es así, y tenemos que conseguir cambiarlo, porque los políticos son muy importantes para la evolución de un país. Los últimos años de la boyante economía brasileña o de la decadente e insegura Venezuela, algo tiene que ver con la talla de Lula o Chávez. Nunca hay que olvidar como un país como Argentina pasó de ser rico y prestigiado a tercer mundo y desprestigiado, por la «ardua» labor de una clase política.
La clave está en el funcionamiento de los partidos y peso de la publicidad en unas elecciones, por un lado, y quizás la lentitud de la justicia y levedad de penas en casos de corrupción por otro.
El aparato del partido elige y hace conocido a quien quiere. El ser sumiso y pelota es un alto valor. La falta de escrúpulos también.
En España estamos sufriendo la gestión de un presidente que nunca debió serlo. ZP es un producto de marketing cuyos elementos fueron una carita de bueno, mucha publicidad, intoxicación y mentiras hacia el adversario, utilizar a los famosos… y de ahí a la Moncloa.
La improvisación y el capricho han marcado seis años que nos han llevado a tener la peor educación de Europa, el más alto nivel de paro, el mayor déficit y el prestigio por los suelos.
Y no es por ser socialista, que Chile es un ejemplo de seriedad en zona geográfica adversa, y ha tenido una magnífica presidenta socialista. Es el populismo implantado con medidas frívolas que han afectado a todo el esqueleto social. Es estúpido echar por tierra la modélica transición española, como lo es la provocación del Estatut, o las guerras contra la Iglesia o por el agua. Ese afán que le viene por el complejo de «nuevo rico», de pasar a la historia como el continuador de la segunda República, haciendo una abstracción de la realidad y reinventándosela, está haciendo mucho daño y necesitaremos un tiempo para recuperarnos.
Sin duda tenemos que resolver lo de la clase política, y con urgencia. Pero entre tanto midamos bien a quien se elige.

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