Washington informa

La tesitura de Hamza Kashgari

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RICHARD COHEN No pierda de vista a Hamza Kashgari. Es el excolumnista del rotativo saudí Al-Bilad de 23 años de edad que cometió la temeridad extrema de tuitear una conversación ficticia mantenida con el Profeta Mahoma. Prácticamente al momento, corría para salvar su vida embarcando en un avión en Jeddah y esperando alcanzar Nueva Zelanda. En Malasia, donde al parecer pretendía hacer trasbordo, estuvo confinado hasta que llegó un avión privado procedente de Arabia Saudí. Ahora está otra vez en su país, encarcelado y enfrentando probablemente la pena capital.

Yo tengo cierta debilidad por los colegas columnistas que se meten en problemas, sobre todo cuando la cuestión es lo que nosotros en América llamamos libertad de expresión. Pero también tengo cierta debilidad por Arabia Saudí. Cuando estuve allí, fui tratado con gran cortesía y hospitalidad y, como cualquier romántico adoctrinado en pases de la película «Lawrence de Arabia», me emociona el considerable encanto del desierto. He tenido múltiples experiencias raras en mi carrera, pero una de ellas claro es echar un vistazo alrededor en unas gradas de un estadio a las afueras de Riad y reparar en que mi anfitrión era uno de los varios miles de caballeros vestidos de forma idéntica con ropa blanca y cabeza también cubierta de la misma forma idéntica. Cuando mi anfitrión dijo «Sígame», yo me agarré a su ropa y no me solté.

Antes o después, sin embargo, Arabia Saudí va a tener que elegir el siglo en el que se encuentra. No puede luchar por el mundo de tecnologías punta del mañana y al mismo tiempo limitar la libre expresión y tener a unos medievales dictando las normas. Kashgari vendría a ser una especie de capullo por la forma en que buscó las cosquillas a las autoridades religiosas –y elegir como escala un país musulmán como Malasia tampoco es que fuera brillante– pero nada de lo que cometió recuerda remotamente a un delito que se castigue con la pena máxima. En casi cualquier otro país habría sido ignorado, o se le habría invitado a un programa radiofónico de entrevistas.

En su nuevo libro «Arabia Saudí despunta: el incierto futuro de un aliado estadounidense», mi antiguo colega del Washington Post Thomas W. Lippman escribe que Arabia Saudí puede elegir convertirse en otra Noruega, un país rico en crudo que transforma un recurso natural abundante en una economía de la información. Esto es lo que dice querer hacer Arabia Saudí. Sus páginas web rebosan información económica, oportunidades de inversión y grandes avances a los que ha contribuido el reino en prácticamente todo. Todo esto es cierto, en cierto sentido.
Pero el escándalo Kashgari pone de relieve una vulnerabilidad saudí que es simplemente repugnante. Las decapitaciones no tienen nada de romántico, y no hay nada romántico en el fanatismo religioso. El reino en la práctica se fundó a través del maridaje entre la Casa de Saud y los fanáticos y radicales Ijwán, un feroz ejército tribal beduino. La alianza permitió que la familia bin Saud se hiciera con el control de gran parte de la Península Arábiga. Desde entonces viene siendo una monarquía absolutista y extremadamente conservadora. Su religión estatal es la severa rama del islam wahabí.

La historia y la cultura de Arabia Saudí son extraordinarias –y por esa razón lo es, también, el papel que juega el país en el seno del islam. Es guardián de la Meca y de Medina, ciudades de enorme importancia religiosa, y si la familia real es objeto de cualquier presión por motivos religiosos, desde luego no lo es por ser intolerante, sino por no ser lo bastante intolerante. Es un sitio muy extraño.

Soy consciente del papel del monarca como custodio de los lugares santos, y soy consciente de la necesidad política por su parte de aplacar al estamento religioso poderoso y totalmente medieval del país. Pero Arabia Saudí no puede seguir a las órdenes de una institución religiosa extremadamente reaccionaria que en cierto sentido es igual de poderosa que la familia real. Es difícil atraer –o conservar– el talento de primera clase en lo que, después de todo, es un sitio muy raro. Las mujeres no pueden conducir, y el reparo que se ponga, si se considera herejía, puede acabar en un castigo draconiano.

Francamente, el progreso económico de Arabia Saudí no me concierne ahora –y tampoco el complejo papel u obligaciones del monarca. Mi relativismo cultural no llega tan lejos. No alcanza para condonar la ejecución de cualquiera a cuenta de un tuiteo suelto, aunque estúpido.

Hay en juego una vida. Pregunté a la embajada saudí en Washington por la situación y el paradero de Kashgari, y fui informado de que tenía que remitir la petición por escrito –en un correo electrónico. Fue la pasada semana y no he tenido noticias desde entonces. Así que no pierda de vista a Hamza Kashgari– futuro de Arabia Saudí en cierto sentido, ser humano aterrorizado en todos los sentidos, simplemente.

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